Peninsulares, sí; godos, ni uno
¿Cuál es la diferencia entre un
peninsular y un godo?
Existe un ligero
matiz, en el que siempre incidimos, entre un editorial y un comentario.
Consideramos que un editorial, como es el caso de hoy martes, contiene más
esencia que un comentario, aunque tanto en uno como en otro arremetemos contra
los agresores del Archipiélago. Agresores que son los metropolitanos, los
dirigentes políticos canariones y los partidos estatales. Como decimos, para
nosotros un editorial contiene más sustancia, más perfume, más profundidad que
un comentario. Habitualmente reservamos los editoriales para los domingos y los
martes de cada semana. En consecuencia, hoy nos toca editorial. Un editorial
-fondo se llamaba antes, porque el editorial es el fondo del pensamiento de un
periódico- que queremos dedicar a un tema no por muchas veces tratado, menos
delicado de abordar. ¿Cuál es la diferencia entre un peninsular y un godo?
Para responder a esta
pregunta desde nuestro punto de vista -repetimos, muchas veces expuesto-
hacemos referencia a una carta que publicamos en nuestra edición de hoy[1]. Una misiva que nos ha dejado asombrados y dolidos
porque procede de un amigo; de una persona a la que apreciamos y que, a su vez,
es apreciada en todo el Archipiélago. Un hombre al que, aun procediendo de
España, nunca hemos considerado un godo sino un peninsular. Una excelente
persona, como decimos, por lo cual su carta nos causa mayor congoja.
Jesús Rodríguez Manzaneque y Angulo, autor de la carta a la que nos
referimos, es todo lo que dice que es. Profesionalmente, un excelente chef de
cocina del hotel Mencey. Precisamente ayer nos visitó
el señor Cañibano, nuevo director de este hotel, que
ha coincidido con el señor Manzaneque, al que admira
como una gran figura. En definitiva, Manzaneque es un
peninsular y nunca será un godo.
Señala Manzaneque en su carta un párrafo específico de uno de
nuestros comentarios: "Los godos desprecian a los isleños porque se creen
superiores. No hay más que ver la actitud de los godos y peninsulares que
soportamos en nuestra propia tierra. ¡Qué ínfulas! Todos vienen presumiendo de
tener villas y cortijos, sin que en realidad tengan donde caerse muertos. ¡Y
encima desprecian al pueblo que les da de comer! Muchos no comieron caliente
hasta que llegaron a Canarias".
Aquí debemos reconocer
un error gramatical que cambia algo las cosas. No quisimos escribir "godos
y peninsulares", sino "godos y no peninsulares". Para nosotros,
y por extensión para todos los canarios, hay una diferencia notable entre un
godo y un peninsular. Y eso lo sabe, o lo debe saber, el señor Manzaneque. Persona, lo decimos una vez más, a la que
apreciamos muchísimo. Por consiguiente, este párrafo que tanto le ha dolido no
está referido al peninsular sino al godo. ¿Cómo es posible que piense que
arremetemos contra usted, señor Manzaneque?
Arremetemos contra los godos por sus aires de superioridad, de sapiencia y de
hablar siseando para demostrar lo que son; para que los isleños sepamos que son
godos y nos sometamos a ellos.
¿Sabía usted, señor Manzaneque, que en el pasado al godo se le conocía como el paisa?
Paisa de paisano, suponemos. Al lado del godo actual, un paisa era un
ángel. Por lo demás, cualquier canario sabe lo que es un godo y un peninsular.
Debido a ello, en los contenedores de basura no se escribe "peninsulares
aquí", sino "godos aquí". Son los godos, y no los peninsulares,
a quienes detestamos. El día que Canarias sea una nación soberana no echaremos
a los godos, pero les pediremos de buenas maneras que se marchen. En cambio,
queremos que los peninsulares que así lo deseen se queden entre nosotros; que
vivan entre nosotros y compartan nuestros anhelos e inquietudes y que, junto
con todos nosotros, trabajen en paz por una sociedad mejor y más próspera. Eso
es lo que hace la gente de bien: acoger a quien llega de fuera, siempre que
desee vivir respetando la idiosincrasia del lugar, sin imposiciones ni
petulancias porque ningún hombre está por encima de otro hombre, ni ninguna
mujer por encima de otra mujer. El colmo de la bellaquería es venir de fuera a
imponernos otra forma de vida. Ya ocurrió hace seis siglos con nuestros
antepasados los guanches, sometidos vilmente por la
fuerza de las armas. No pretenda usted, señor Manzaneque,
que se repita ahora la historia.
Algún día le señalaremos, sotto voce, quienes son aquellos a los que consideramos godos
de la peor calaña. De forma concreta, estamos pensando en cuatro dedicados al
periodismo. A dos de ellos los padecimos en esta Casa. Uno nos resultó un
traidor auténtico, que para infringirnos daño -algo que no consiguió- no dudó
en embaucar a varios compañeros, a los que pronto dejó en la estacada. El otro
logró engañarnos durante más tiempo. Le hacía creer a todo el mundo que era él,
y no el editor/director, quien decidía la línea editorial e informativa de EL
DÍA.
Esos dos godos se
comportaron de forma vergonzosa y nos vimos obligados a lanzarlos. Uno salió de
aquí "enmedallado", como decimos, después
de hacerse pasar por el editor. No obstante, por muchas que fueran las medallas
que consiguió que le impusieran con trampas, jamás pudo ocultar lo que en
realidad era: un absoluto inútil. Un fresco y un suplantador. Si tuviera un
poco de vergüenza, debería devolver las medallas y distinciones que consiguió
sobornando y engañando a políticos y autoridades, y, al final, se entregó
voluntariamente a Las Palmas. Las ideas de las que presumía no eran suyas
-jamás ha tenido idea alguna en su cabeza-, sino de José Rodríguez; la persona
que siempre ha dirigido, única y exclusivamente, la línea editorial de EL DÍA,
con el norte de ser martillo implacable contra políticos indignos. José
Rodríguez es, además, defensor de la soberanía de Canarias. Una aspiración
legítima de este pueblo a la que se oponen esos godos.
De esos cuatro godos
de la prensa quedan otros dos. Uno, maloliente y chantajista, ha conseguido
cierta fortuna con sus malas artes. El cuarto ni siquiera sirve para bellaco,
pues ha dejado arruinada a su empresa. Hace tiempo que quieren quitárselo de
encima, pero no pueden debido a la quiebra sobrevenida como consecuencia de su
larga y penosa gestión. Con todos nuestros respetos, señor Manzaneque,
esos godos están de más en Canarias y en cualquier lugar. No es el caso, lo
repetimos, de los peninsulares bienvenidos como usted.
En Canarias no sobra
nadie que quiera trabajar por estas Islas. Lo decía José Campos González, un
patriota al que entrevistamos en nuestra edición del domingo[2].
El proceso de descolonización de las Islas, según explica, se hará poco a poco.
Canarias para los canarios. Indudablemente, sí. Pero también para quienes
sientan la esencia de este Archipiélago como lo hacen los canarios y que, a la
vez, amen de igual forma a esta tierra. Como conclusión, peninsulares, sí;
todos los que deseen estar con nosotros. Godos, ni uno, aunque a ninguno lo
echaremos por la fuerza. Tan sólo le diremos "mándese a mudar".