Estados Unidos del gran poder

 

Ramón Moreno Castilla

 

Este título, que puede parecer engañoso, no es, en absoluto, una alegoría al cristianismo del presidente George W. Bush, ni una exaltación de la doctrina de la Casa Blanca mezcla de religión y política, que preside las acciones del gobierno norteamericano. No, me refiero al gran poder efectivo, al poder omnímodo que utiliza Estados Unidos para conseguir sus fines, al margen de toda legalidad y sin el menor escrúpulo.

 

Como señalaba en mi artículo anterior ‑El mundo que quiere EEUU‑, existen tres características que definen el nuevo paradigma (el anterior era la guerra total al comunismo) que Washington trata de imponer al mundo: el creciente unilateralismo, la subversión profunda de las normas internacionales y la militarización sistemática de los conflictos.

 

Si bien la segunda guerra mundial le dio a Estados Unidos una ventaja considerable en la escena internacional, su victoria frente al socialismo real le confirió a su liderazgo una legitimidad aún mayor. Ello ha significado una tímida resistencia de los países más desarrollados; y no es casualidad, que la inversa, el único país aliado que todavía se atreve a enfrentarse a Washington, Francia en este caso, haya decidido, a partir de la posguerra, dotarse de los medios para defenderse sola de cualquier agresión externa. Ningún ámbito de la vida internacional escapa al unilateralismo de EEUU.

 

Habiendo participado originariamente en los principales convenios que permiten bloquear o vigilar el armamento de los miembros de la comunidad internacional, Washington rehusa ahora, en materia de armas químicas y biológicas someterse a los mecanismos de control previstos en el protocolo de 1995, en el marco del Convenio de 1971.

 

Este rechazo lo ha llevado incluso a pedir la disolución de la comisión que desde 1995 se encarga de elaborar los mecanismos de control. Asimismo, en 1999 el Senado excluyó toda ratificación del tratado de limitación de armas nucleares; condenando ahora a Corea del Norte por su programa nuclear. Estados Unidos desafía también a la justicia internacional, toda vez que esta no se somete estrictamente a los intereses estadounidenses. Los tribunales para la ex Yugoslavia o para Ruanda le parecían aceptables, pues sus competencias estaban muy circunscritas y podían contribuir a la eliminación de regímenes hostiles.

 

Estadounidenses y británicos desean incluso crear ahora un tribunal contra Irak. Pero no ocurre lo mismo con la Corte Penal Internacional (CPI), prevista en el acuerdo de Roma de 1998, ya que esta Corte le parece a EEUU demasiado autónoma, puesto que pretende juzgar a todos los criminales de guerra, aunque sus múltiples cláusulas limitan ya su capacidad de intervención y de juicio. Pero el gobierno norteamericano no pudo impedir que la Corte obtuviera las sesenta firmas necesarias en abril de 2002 y, luego, que entrara oficialmente en funciones en julio; ni que el pasado 11 de marzo se constituyera definitivamente en La Haya.

 

En un solemne acto presidido por el Secretario General de la ONU, Kofi Arman, los 18 jueces que forman el Alto Tribunal, tomaron posesión, en una jornada marcada por las protestas contra Estados Unidos, que, al igual que países como Rusia, China, India y el mismo Irak no han ratificado sus estatutos. Estados Unido, amenazando con retirarse de todas las campañas de mantenimiento de la paz de la ONU, logró una decisión del Consejo de Seguridad del 13 de julio de 2002, que garantiza la impunidad de sus soldados ante la CPI. Y aún, fue más lejos, ejerció intensas presiones sobre los Estados Europeos ‑especialmente los candidatos a la OTAN‑ para que firmaran con EEUU acuerdos bilaterales de no extradición hacia la CPI.

 

En agosto de 2002 Rumania cedió, aunque criticada por la Unión Europea. Pero finalmente la U.E. también aceptó la redacción de un texto (posición común adoptada el 30‑9‑2002 por los ministros de relaciones exteriores) que precisa las condiciones en las cuales sus miembros podrían firmar con Washington acuerdos bilaterales que otorguen inmunidad a los estadounidenses. Acuerdos que Estados Unidos ya ha firmado con 24 países.

 

¿Y qué pasó con el protocolo de Kyoto? Este protocolo, que fue firmado por la administración Clinton, el Gobierno Bush decidió no someterlo al Congreso y a pesar de las presiones de la UE, en julio de 2001 Estados Unidos seguía oponiéndose categóricamente al plan de GB en pos de una energía más limpia. La economía, lo social y los derechos de las personas sufren este desprecio sistemático de EEUU hacia los foros internacionales.

 

Las leyes estadounidenses de extraterritorialidad ‑la Helms Burton para Cuba y la D'Amato para Libia e Irán sancionan en América del Norte a las compañías extranjeras que mantienen relaciones con esos países. En mayo de 2002 Estados Unidos, violando las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), decidió aumentar las tarifas aduaneras para proteger su producción de acero, y el Gobierno federal también aumenta sus ayudas a la agricultura.

 

Washington no ha ratificado nunca los documentos de la ONU; ni el Convenio sobre los derechos del niño (1989), ni el Acuerdo sobre los derechos económicos, sociales y culturales (1966), ni el Convenio sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres (1979), ni tampoco el Protocolo de 1989 que completa el acuerdo dirigido a prohibir la ejecución de menores, que todavía se practica en algunos Estados de la Unión, lo mismo que en Arabia Saudí, Irán, Nigeria y la República del Congo.

 

Estados Unidos, que fue en 1945 el principal promotor del derecho internacional, ahora, la Administración Bush deja de tomar en cuenta sus principios fundamentales. El principio de no injerencia y la no recurrencia a la fuerza que todavía sustentan el orden internacional, no son respetados por EEUU cuando esos principios van en contra de sus intereses.

 

rmorenocastilla@hotmail.com

 

Canarias, 03-05-2003