El campo pasará factura
Mario
Escuela Henríquez *
Durante décadas a los
agricultores y ganaderos nos han hecho sentir despreciados, humillados y
pisoteados. No me alejo de la realidad si afirmo que, por una gran parte de la
sociedad, a los profesionales del sector primario se nos ha tildado, en no
pocas ocasiones, de maliciosos, elementales, primitivos y básicos.
La llamada sociedad
postmoderna ignora a los productores agrarios, y en todo caso los tolera
benignamente por el simple hecho de ser cuidadores de un paisaje, en el que
después los urbanitas pasan sus ratos de ocio los fines de semana.
La realidad actual es
que la agricultura y ganadería han desaparecido del debate público. Escuchamos
a los políticos y a los gurús mediáticos desgañitarse en los debates de la
economía de futuro, pero ¿alguien les ha oído nombrar alguna vez a la
agricultura como pilar básico en la sociedad actual para producir los alimentos
que consumen cientos de millones de personas? No. El campo ya no existe para
las mentes pensantes. Todos dan por hecho que los productos agrarios sanos y
baratos están ahí y seguirán inundando los mercados. ¡Y se equivocan!
Creo sinceramente que
más pronto que tarde el campo se vengará en forma de escasez de alimentos, lo
que generará metafóricamente una batalla campal con insospechadas consecuencias
en cuanto a incremento de precios se refiere. Los poderes económicos y
políticos no podrán quejarse entonces de agoreros vaticinios como este, puesto
que entre todos estamos incubando y alimentando un monstruo a base de
desprecios e insensateces.
Resulta curioso y muy
sospechoso comprobar lo que hoy en día se denomina cadena de valor. Y es que el
precio final que paga el consumidor debe retribuir a la cadena de
supermercados, al fabricante, al transportista, al almacenista y a la
todopoderosa distribución. ¿Adivinan ustedes cuál es el eslabón que menos
percibe en esta cadena de valores? Efectivamente. El que está al principio. El
productor de la materia prima. Sorprendentemente el más débil en cuanto a estructuras
se refiere a la hora de negociar.
Percibimos por
nuestros productos tan poco que en la mayoría de los casos no cubrimos los
gastos. Y eso la sociedad lo debe saber. Y acaso logramos a través de las
organizaciones profesionales algún acuerdo, nos colocamos en el punto de mira
del controvertido Tribunal de la Incompetencia, perdón, quería decir de la
Competencia, dispuesto a la más mínima a interponernos sanciones económicas que
nos dejan en una situación calamitosa tanto económica como moral.
Al respecto, quiero
decir sin rodeo alguno que la política y las empresas exprimen sin piedad a los
agricultores y ganaderos, y ante eso contemplamos impotentes la progresiva
merma de nuestras economías familiares.
Mientras esto ocurre
en un contexto de mercados salvajes y ultraliberales, aliñado con políticas
agrícolas y ganaderas antisociales, tenemos en contra otro de los factores
básicos para producir como es el agua. Aquí el futuro todavía es más sombrío.
Sin adentrarnos en las
teorías del cambio climático y aún contemplando el mantenimiento del medio tal
y como lo conocemos hoy en día, la cantidad de agua destinada a la agricultura
disminuye año tras año.
En este contexto de
futuro incierto, otro factor importante son las técnicas de cultivo y la
investigación en las variables de la producción, donde aún podríamos fijar
nuestras esperanzas.
Todavía queda mucho
camino por recorrer para incrementar la productividad por fanegada. Pero los
actuales precios basura impiden financiar la innovación. Tan solo si el campo
recuperara ciertos niveles de rentabilidad se podría seguir investigando y
desarrollando técnicas de las que la sociedad en su conjunto se beneficiaría.
Todos los alimentos -y
digo bien, todos- proceden del sector primario. Ni toda la química, ni la
electrónica, ni las nuevas tecnologías del momento juntas han logrado producir
un solo grano para dar de comer al ser humano y a los animales.
Nos estamos olvidando
de algo fundamental, como es el hecho de que tenemos que comer todos los días.
Teniendo en cuenta un argumento tan peregrino, pero tan irrebatible como este,
me atrevo a decir que no nos podemos permitir el lujo de consentir que el campo
se siga muriendo.
Los precios deben ser
justos y en esa cadena de valor debemos ser protagonistas, no mendigando sino
por merecimientos propios, teniendo como mínimo unos precios que cubran los
costes de producción. Para ello, el sector primario debe desempeñar en todos
los planes económicos un papel trascendental.
En Francia, ya se ha
planteado como realidad inmediata, y no está de más empezar a considerar en
nuestro país el sector agroalimentario como estratégico, al igual que lo es el
energético a nivel mundial. Y es ahí donde el Estado y las comunidades
autónomas deben hacer valer su responsabilidad. El ejemplo de China comprando
masivamente tierras a terceros países nos debe hacer pensar. Su estrategia
simple y llanamente es inmunizarse y asegurarse alimentos ante una hipotética
venganza del campo.
¿Y nosotros, qué
estamos haciendo? La respuesta es sencilla. Hasta el momento, nada de nada.
* Secretario
General de Organización - UPA Canarias