La especulación y
degradación se cierne otra vez
sobre la montaña sagrada
de Tindaya



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Imaginen una montaña
que resalta pretenciosa sobre un enorme llano, que se distingue de las demás
por su forma, por su color, porque en ella rebotan las luces de bienvenida del
sol y las devuelve, día tras día, al océano.
Imagínense que su
belleza ya nos cautivara tanto, hace siglos, que un pueblo la eligió para
convertirla en el tránsito entre lo terrenal y lo inexplicable.
Imaginen que en sus
rocas les grabaran cientos de pies cuando el arte no se comercializaba, cuando
el arte no perseguía posterioridad sino respuestas, cuando el arte ni siquiera
era.
Imaginen que su magia
fuera de boca a oído, como un susurro que evitara molestar a las brujas que
protegen sus perfiles y sus sueños.
Imaginen tanta potencia
seductora que hasta los tecnócratas le concedieron resguardo y decretaron siete
leyes ¡siete! para que el futuro siempre supiese que hay lugares más allá de
la materia. Lugares que nos sitúan en nuestro sitio justo: un suspiro en la
existencia.
Imaginen que toda su
osadía, todo su pecado, es haber nacido demasiado bella y que su piedra brille
tanto como el mármol.
Y ahora elíjala usted,
artista sublime, para trascender lo efímero, para perpetuar su nombre, para
introducirla en su catálogo, para construir su mausoleo. Y ahora entréguela
usted -político sin escrúpulos, especulador sin corazón- y conviértala en
mercancía.
Y ahora todos juntos
-catedráticos con precio, amantes del dinero- taladren en la mitad de su ladera
un enorme túnel de
Y a la entrada del
parque temático coloquen un cartel que nos recuerde que una vez existió una
montaña a la que reverenciamos y a la que llamamos Tindaya.
Jesús
Giráldez Macía
La intuición de Eduardo Chillida
Renace el proyecto de Chillida