El espejo de Guinea

 

Juan Manuel García Ramos

 

Hablar de Guinea Ecuatorial estos días puede meternos en un debate sobre algo que planteó la revista estadounidense Newsweek, en su número correspondiente a este mes de junio, en torno a restos coloniales de viejos imperios europeos, entre ellos el español. En ese paquete metía la publicación norteamericana a territorios tan diversos como Canarias, Baleares, Azores, Puerto Rico, Martinica, Groenlandia... ¿Qué buscaba Newsweek removiendo esos asuntos?

 

Es comparable el proceso histórico experimentado por Guinea Ecuatorial, la ex colonia española en el África negra, con el proceso histórico vivido por Canarias? Guinea Ecuatorial fue sucesivamente dominio portugués, español y británico hasta convertirse por último en colonia española y para luego organizarse como Provincias del Golfo de Guinea en 1956, Provincias de Ultramar en 1959, Comunidad Autónoma de Guinea Ecuatorial en 1963-64 y, por fin, República de Guinea Ecuatorial en 1968, tras alcanzar la independencia de España por imperativo de distintas resoluciones de Naciones Unidas.


Canarias fue colonia española desde el siglo XV bajo la fórmula de islas de señorío y de realengo hasta 1812, provincia única desde 1833, dos provincias desde 1927 y Comunidad Autónoma desde 1982.


Está claro que España tuvo muchas dudas a la hora de denominar a sus territorios coloniales y hasta de distribuir y agrupar sus posesiones, y con Guinea sucedió algo sorprendente: a partir de 1778 formó parte del virreinato del Río de la Plata hasta la desaparición de ese distrito político y administrativo en 1810, pues Guinea Ecuatorial había sido objeto de trueque entre España y Portugal, país este último al que en compensación los españoles le entregaron el territorio de Colonia del Sacramento en Uruguay.


Estos días atrás he estado hablando con distintos especialistas sobre la realidad de Guinea Ecuatorial y sobre el fracaso de su independencia en 1968, tras la que se han sucedido los periodos dictatoriales de Francisco Macías y de su sobrino Teodoro Obiang, algo parecido a lo que ocurrió con algunas posesiones españolas en América, emancipadas con improvisación a partir de 1810 y convertidas luego, y algunas casi hasta nuestros días, en pasto de ambiciones personales y de casta.


Guinea Ecuatorial también es un producto del capricho europeo de dividir el África postcolonial con escuadra y cartabón, pues dentro de lo que hoy es ese república se alojan etnias muy diferentes, con lenguas vernáculas a veces ininteligibles entre sí, y que no se corresponden con los límites territoriales que determinarían un estado político coherente. Así nos lo aclaró Nayra Pérez Hernández en su tesis doctoral sobre la literatura narrativa ecuatoguineana de los años ochenta del siglo XX. También discutimos sobre los distintos gentilicios que se le aplican a los habitantes de esa República de Guinea Ecuatorial: guineanos, ecuatoguineanos, guineoecuatorianos...


Justo Bolekia Boleká, catedrático de Filología Francesa de la Universidad de Salamanca y activo militante de Demócratas por el Cambio para Guinea Ecuatorial, coalición de formaciones políticas opuesta al régimen de Obiang, me comenta en un almuerzo cordial cómo en los años sesenta del siglo XX España tuvo posibilidades de pactar una segregación inteligente de Guinea, lo que le hubiera reportado una presencia comercial, diplomática y cultural en esa zona del África Occidental de dimensiones muy ventajosas. Países fronterizos de Guinea, como Camerún y Gabón, y otros como Nigeria, acudían a la ex colonia española a comprar productos para su desarrollo agrícola e industrial. La maquinaria española y las estrategias empresariales eran muy estimadas. España pudo penetrar en esos territorios con gran facilidad y con una rentabilidad económica y cultural que hoy la hubiera equiparado a lo que ha supuesto la francofonía en la zona.


Guinea Ecuatorial también nos ha servido estos días para hablar de literatura y de cómo la literatura puede convertirse en el instrumento más eficaz para descubrirnos los elementos culturales e históricos en general que llegan a conformar la identidad de un pueblo. Identidad: esa expresión tan denostada por algunos y tan escurridiza cuando queremos explicar su significado.


Yo me he quedado siempre con la definición del crítico uruguayo Ángel Rama: la identidad no es meramente la copia del pasado; la identidad no es la continuación de las soluciones dadas antes de nosotros. La identidad es nuestra respuesta, nuestra invención original, nuestra creación ante la presión externa. Los pueblos acumulan experiencias colectivas comunes que los definen ante otros pueblos, sean esas experiencias gratas o ingratas. La literatura que hoy se hace en Guinea Ecuatorial escrita en español puede considerarse parte de ese hispanismo atlántico al que nos hemos referido tantas veces. El Atlántico como comarca cultural donde residen distintas tradiciones escritas cada una en su lengua, pero con rasgos que nos animan a relacionarlas y a descubrir coincidencias en sus planteamientos.


Según el nigeriano Chinua Achebe, una de las obsesiones del escritor africano es lograr a toda costa la universalidad de sus quehaceres literarios, algo que prevalece como prejuicio postcolonial, pues cuando se habla de universalidad se vincula este mérito sólo a productos procedentes de Europa o de Estados Unidos, a escritores occidentales. Los otros, los escritores pertenecientes a la periferia de esas geografías metropolitanas deben esforzarse continuamente por alcanzar esa categoría de "universales". Como ha precisado Achebe: "Me gustaría que la palabra ’universal’ fuese desterrada por completo de las discusiones sobre literatura africana hasta que deje de ser utilizada como sinónimo de mentalidad europea provinciana, estrecha de miras y oportunista, hasta que el horizonte de los que la utilizan se amplíe para incluir el mundo en su totalidad".


Hablar de Guinea Ecuatorial estos días puede meternos en un debate sobre algo que planteó la revista estadounidense Newsweek, en su número correspondiente a este mes de junio, en torno a restos coloniales de viejos imperios europeos, entre ellos el español. En ese paquete metía la publicación norteamericana a territorios tan diversos como Canarias, Baleares, Azores, Puerto Rico, Martinica, Groenlandia... ¿Qué buscaba Newsweek removiendo esos asuntos?


Lo curioso es que esta misma semana Dinamarca ha anunciado que el nuevo Estatuto de Autonomía de Groenlandia sienta las bases para una futura independencia de esa segunda mayor isla del mundo situada entre el Océano Glacial Ártico y el Atlántico.


Las independencias precipitadas y sin cobertura popular desatan los apetitos de muchos poderes anexionistas y neoimperiales distribuidos por todo el planeta, incluso por este lado del Atlántico. Por eso, revisar la historia siempre es provechoso, incluso la historia de lo acaecido en el Golfo de Guinea hace ya algunos decenios.