Obama, la esperanza negra
Justo
Fernández Rodríguez
George W. Bush inició su mandato después
de una manipulada victoria sobre Al Gore, que consiguió un mayor número de
votos populares. Resultó sonrojante el polémico
recuento de los votos, que dio el triunfo a Bush en Florida, cuyo gobernador
era su propio hermano Jeb. Ocho años después,
abandona la presidencia con una bajísima popularidad y la consideración de ser
el peor presidente de la historia de EE.UU., dejando una herencia política,
económica y social desastrosa. Pretendió terminar el trabajo de su padre en
Irak y Afganistán, con la excusa de las armas de destrucción masiva y el
terrorismo. Los neocons le impusieron una
política fiscal al servicio de los más poderosos y el desmantelamiento de la protección
social, en perjuicio de las clases más desfavorecidas. El escándalo de la
especulación, origen de la crisis financiera, no sólo ha significado el
empobrecimiento de la mayoría de los estadounidenses, sino que ha originado la
peor crisis económica que se recuerda en todo el mundo.
Salvo su cómplice en la invasión ilegal de Irak, José María Aznar, y algunos
dirigentes del Partido Popular, que reclaman el reconocimiento a su gestión,
George Bush abandona la presidencia en medio de una gran rechifla mundial y la
esperanza de un cambio radical en la política estadounidense, que parece
encarnar Barack Obama.
Los dirigentes de Israel, protegidos de Bush en todas sus agresiones a los
indefensos palestinos, quisieron aprovechar sus últimos días de presidencia
para lanzar una ofensiva militar, con todo su poderío aéreo y terrestre, contra
Gaza, que sirviera de advertencia a Obama sobre su
negativa a resolver el problema palestino por métodos pacíficos. La matanza de
civiles, 1.300, incluidos más de 300 niños, 4.000 casas destruidas y decenas de
miles de desplazados, fue suspendida horas antes de la toma de posesión de Obama como presidente de los EE.UU.
En un fracasado intento de desviar la atención de la plasmación efectiva del
triunfo electoral de Obama, el principal cómplice de
Bush en su políticas antisociales y sangrientas aventuras bélicas, José María
Aznar, y
La espectacular y, quizás, excesiva puesta en escena de la investidura del
nuevo presidente de los EE.UU., generó grandes esperanzas en una buena parte
del mundo, pero también grandes dudas sobre su capacidad o libertad para
afrontar los desafíos y peligros que le acechan. Un país implicado en dos
guerras, Irak y Afganistán; un conflicto de difícil solución en Oriente Medio;
el replanteamiento de unas relaciones más justas y cercanas con Latinoamérica,
sin olvidar la necesidad de abandonar la suicida política de Bush ante el
cambio climático y una de las más graves crisis económicas que se recuerdan.
Alrededor de dos millones de personas, soportando temperaturas bajo cero,
aclamaron repetidamente a Obama, que, junto a su
esposa, desafiando la sacrosanta seguridad, se bajaron del automóvil blindado y
recorrieron a pie la mayor parte del recorrido, por la avenida de Pennsilvania, lo que no ocurría desde la toma de posesión
de Jimmy Carter.
Nunca un presidente de los EE.UU. creó tan grandes expectativas, aunque son
muchos los escépticos y más los que esperan o desean su fracaso. Cristian Brose, ex consejero de Colin Powell y Condolezza
Rice, cree que "mucho de lo que veremos en el primer mandato de Obama, en cuanto a los desafíos más grandes como
Afganistán, Irak, el conflicto palestino-israelí, Corea del Norte y aun con
India y China, serán de continuidad con el segundo mandato de Bush; la ventaja
de Obama es que, al ser extremadamente popular, puede
vender las mismas políticas de Bush con una mayor recepción".
El discurso no defraudó las expectativas creadas. Primero, hizo alusión a la
"irresponsabilidad de algunos" y resaltó la necesidad de recuperación
del papel del Estado como regulador de la economía, que debe poner coto al
riesgo de un libre mercado cuyo único objetivo sea la obtención de escandalosos
beneficios a costa de la mayoría de ciudadanos. Rechazó la falsa alternativa de
Bush entre ideales y seguridad, condenando los procedimientos ilegales en la
represión del terrorismo. Con expresiva sinceridad, descalificó la doctrina neocon que impregnaba toda la política
socioeconómica de Bush: "Hemos venido a proclamar el fin de las quejas
mezquinas y las falsas promesas, de las recriminaciones y los dogmas caducos
que, durante demasiado tiempo, han estrangulado nuestra política". No dudó
en plantear su criterio sobre si "el mercado es una fuerza del bien o del
mal. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival, pero
esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia, el mercado puede
descontrolarse y que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si
favorece sólo a los ricos".
Comprometió su esfuerzo a la restauración de la esperanza, la fuerza de la
unidad, la iniciativa individual y la intervención del Estado para superar la
crisis económica. Reconoció que "hay un debilitamiento de la confianza a
lo largo de nuestra tierra; un temor persistente a que el declive de América es
inevitable". Es necesario "restablecer la confianza vital entre el
pueblo norteamericano y su Gobierno". Precisó la necesidad de iniciar una
nueva "era de la responsabilidad", reiterando su "compromiso
inequívoco con el Estado de Derecho" y reconociendo que, "EE.UU. no
puede ir solo por el mundo, desechando el multilateralismo". "Hemos elegido
la esperanza sobre el temor, la igualdad antes que el conflicto y la
discordia", dijo. "La transparencia y el imperio de las leyes serán
las piedras de toque de esta presidencia", prometió.
Mandatarios de una gran parte del mundo no han dudado en manifestar su
esperanza de que Obama puede
significar un cambio que se traduzca en una mejora de la situación económica y
política mundial. Algo ha cambiado ya. Como un primer paso para el cumplimiento
de su promesa de clausurar el centro de tortura de Guantánamo, el mismo día de
su elección pidió la suspensión, durante cuatro meses, de la actuación de los
tribunales militares, como principio de su clausura en un año. Ha prometido un
acceso mayor a los documentos oficiales. "Un documento no se mantendrá en
secreto, simplemente, porque yo lo quiera". Ahora, falta abordar la crisis
financiera y económica. Habrá que darle un plazo prudente, pero no indefinido.