Estado
de Alarma
Hermano
menor del estado de Excepción y del Estado de Sitio
Pablo Lópiz
Cantó *
[El
Estado de Alarma, hermano menor del Estado de Excepción y del Estado de Sitio,
ha sido decretado por el gobierno español el 4 de diciembre de 2010. Gracias a
él han quedado bajo poder militar ciertos territorios y más de dos mil
ciudadanos hasta hace unos días civiles. La medida,
por más constitucional que se diga, no por ello deja de poner en marcha un
mecanismo fascista que supone un salto en la modalidad del ejercicio político.
Decía Foucault que el fascismo no es un elemento externo a las democracias
occidentales, sino precisamente una virtualidad permanente, estructural,
intrínseca a nuestro sistema que se puede poner de manifiesto a la menor
ocasión. Esa ocasión ya ha tenido lugar… ¿Saben que los controladores franceses
y portugueses se solidarizaron con los españoles, no dejando surcar su espacio
aéreo a ningún avión procedente del territorio español mientras el paro durara?
¿Saben que el sindicato de pilotos se solidarizó con el de los controladores
aéreos? ¿Saben que otros muchos sindicatos y colectivos europeos e
iberoamericanos del ámbito de la aeronáutica han estado al lado de los
controladores aéreos españoles y se han avergonzado de la respuesta brutal del
Estado Español? Y luego tenemos que escuchar a los estúpidos políticos y a los despreciables
empresarios del turismo hablando del deterioro de la marca-españa.
España es una mierda,...]
Odio escribir sobre los políticos que
dicen representarnos, traidores inmundos de la especie humana. Sin embargo, lo
real-despreciable se impone en estas horas aciagas. Leo a amigos que aún
escriben y se preocupan por la música y por la literatura, por la poesía o la
filosofía, por esos espacios extraños, diferidos, en definitiva, respecto de lo
real-inevitable. A mí me obsesiona ahora el gesto aquel de René Char, quien se negase a escribir mientras durase el
nazismo. La escritura, dijo, no es suficiente.
Sé de la importancia del estilo, del rigor que exige la escritura, de la
necesidad de revocar las formas del decir instituido. Sin embargo, hay días en
que se impone el hablar claro, el abandono respecto de los juegos retóricos y
las teorías. Cioran habla de cómo una noche de
insomnio es capaz de destruir el más estable de los sistemas metafísicos. Yo
vivo desde hace unos días algo semejante a una larga
noche insomne, obsesionado por no cerrar los ojos ante lo que acontece, al
terror que ya es y que se avecina.
El Estado de Alarma, hermano menor del Estado de Excepción y del Estado de
Sitio, ha sido decretado por el gobierno español el 4 de diciembre de 2010.
Gracias a él han quedado bajo poder militar ciertos territorios y más de dos
mil ciudadanos hasta hace unos días civiles. La
medida, por más constitucional que se diga, no por ello deja de poner en marcha
un mecanismo fascista que supone un salto en la modalidad del ejercicio
político. Decía Foucault que el fascismo no es un elemento externo a las
democracias occidentales, sino precisamente una virtualidad permanente,
estructural, intrínseca a nuestro sistema que se puede poner de manifiesto a la
menor ocasión. Esa ocasión ya ha tenido lugar.
He visto en el televisor cómo hordas exaltadas pedían la cabeza de otros
ciudadanos y gritaban en favor del despido libre. Al grupo Love
of lesbian en concierto
arremeter, entre canción y canción, contra los trabajadores. En la panadería a
gente que pedía cárcel para aquellos a quienes
consideraban responsables de haberles hecho perder un vuelo y unas vacaciones.
He tenido que contemplar cómo personas a las que consideraba amigos e incluso
compañeros de lucha se batían en contra de trabajadores asediados. Lo había
leído en Deleuze y Guattari, y en Reich. El problema
del fascismo es un problema de deseo. Son las masas las que desean el fascismo.
Y no sólo para los demás, también para sí mismas.
Los militares han entrado en la gestión política del Estado y de los asuntos
que sólo atañen a los ciudadanos. Resolverán el problema, no tengáis la menor
duda. Ya veremos quién los echa luego. Muchos de vosotros lo habéis fomentado.
Vuestras críticas a los controladores aéreos no han sido sino la excusa que el
gobierno ha necesitado para dar su golpe de mano. La pregunta la hizo un chaval
de apenas dieciséis años en pleno Renacimiento. Spinoza no hizo sino
reformularla: ¿por qué lucháis por vuestra servidumbre como si se tratase de
vuestra salvación?
Decía Goethe, ya cercano a la muerte, que llevaba ochenta años intentando
aprender a leer y que aún no lo había conseguido. Aprender a leer es una tarea
que abarca toda la vida. Se lo digo a mis alumnos cada comienzo de curso, que
saber lo que pone en un anuncio de coca-cola no es saber leer y que el sistema
escolar no les prepara sino en el analfabetismo. Ahora observo sus
consecuencias. El gobierno decreta el Estado de Alarma al margen de la ley que
lo regula. Apenas es necesario saber juntar las letras para darse cuenta de que
el sentido de la ley que define los casos que permiten la declaración de este
Estado no se cumple. Sin embargo, los parlamentarios no parecen haberlo
percibido. La mayor parte de la ciudadanía no parece haberlo percibido. Nadie
parece saber leer.
No hace falta haber leído a Marx, pero es conveniente para entender qué diablos
es una huelga, cosa que (a veces creo que deliro) todos parecen haber olvidado.
La huelga no es una cuestión de derecho, ni se juega al nivel del derecho. El
derecho pertenece a eso que solía llamarse superestructura. La huelga supone
una intervención en la infraestructura. Así que eso del derecho de huelga es
una estupidez supina. Y el asunto de los servicios mínimos no es más que un
modo de desactivar el arma fundamental de los trabajadores frente a las
presiones del capital, su potencia de fuga. Así que hablemos de lo que debiera
ser obvio, de eso que Vaneigem llamaba banalidades de
base. La huelga es un mecanismo que se sitúa en la dimensión descodificada de
la lucha de clases, o, si gusta más la jerga nietzscheana, en el espacio
inmanente de las fuerzas en conflicto. La huelga supone, llana y simplemente,
la supresión de la relación entre explotadores y explotados, y, por tanto, la
supresión de la producción de plusvalía que esa relación supone: la
auto-supresión del trabajador en tanto que tal. Toda huelga es, necesariamente,
eso que ahora llaman huelga salvaje: ruptura de la relación-capital, invención
del comunismo. Así que déjense de gilipolleces con la
historia esa de que una huelga salvaje es inaceptable y otras chorradas por el
estilo. Si les parece inaceptable una huelga salvaje, al menos ya saben una
cosa, saben de qué lado están, del lado de los explotadores, del lado del
capital y de sus empresas. Sepan también que no me tendrán como amigo.
Pero los controladores aéreos ni siquiera han hecho una huelga, sino que se han
acogido a su derecho a la salud. Freud hablaba del malestar de la cultura. La
actualidad intensifica de manera exponencial dicho malestar. Gobierna, nos
gobierna a través de él. Hoy que se abandona a miles de personas al paro sin
subsidios al tiempo que se las responsabiliza de su situación, hoy que se hunde
a la población en la precariedad extrema y se la somete al máximo estrés, hoy
que para sobrevivir hemos de comer ansiolíticos, somníferos y antidepresivos en
cantidades masivas, obligados como estamos a poner nuestra vida entera a
trabajar para poder permanecer conectados a un sistema que nos expulsa sin
descanso; los controladores aéreos están, sin embargo, impedidos por ley a
consumir cualquier tipo de tranquilizante so pena de quedar temporalmente
inhabilitados en sus funciones. Al mismo tiempo, el gobierno decreta una ley,
otra más, que no es sólo un ataque a sus condiciones de trabajo y de vida, sino
un ataque a su dignidad como colectivo y a su integridad como individuos. Hacen
uso entonces de su derecho a la salud, en concreto a la salud mental, minada
tras meses de ataques injustificados por parte de la empresa y del gobierno.
Eso pasa a ser considerado delito de sedición. Pero su malestar es el nuestro,
el de todos. Su epidemia de ansiedad nada tiene de sorprendente. Es la misma
que sufrimos todos los demás: enfermedades del vacío las llaman. La cuestión es
si vamos a seguir sometiéndonos a sus terapias químicas o vamos de una maldita
vez a reventar.
A lo largo del 2009 en France Télécom se inicia una
ola de suicidios debido a las condiciones draconianas a las que la empresa
somete a sus trabajadores. Si mis cálculos no fallan, han sido reconocidos por
la empresa 48 suicidios en dos años. Es una opción, la última. En las cárceles
se llevan practicando los suicidios y las auto-mutilaciones
como formas de resistencia desde hace años. Hay, en los últimos años, una
epidemia de gente que, frente a situaciones irresolubles, se quema a lo bonzo.
Cuando es la propia vida la que juega en contra de uno mismo y ya no hay
afuera, ¿cuál es la solución? ¿Permanecer en el sufrimiento o saltar al
precipicio? Los controladores aéreos, creo que muy oportunamente, no han
decidido suicidarse: ante una situación vital insostenible, vejados por
insultos constantes, persecución de sus hijos en las escuelas, ataques de
conocidos y desconocidos, etc., han decidido abandonar sus vidas, sus trabajos,
su empresa. El Estado, apoyado por una población fascista, ha sacado al
ejército, ha sacado las pistolas y las cárceles. Ha desactivado los únicos
mecanismos que tenían, la huelga y el derecho a dejar el puesto de trabajo.
Pero aún no han acabado con lo que les mantiene a flote como gremio y como individuos,
su unidad como colectivo. Sin embargo, no otro es el objetivo último del Estado
en su tarea de destrucción total: arrasar lo común, aislar en una soledad
irrevocable, sin apoyo alguno.
¿Saben que los controladores franceses y portugueses se solidarizaron con los
españoles, no dejando surcar su espacio aéreo a ningún avión procedente del
territorio español mientras el paro durara? ¿Saben que el sindicato de pilotos
se solidarizó con el de los controladores aéreos? ¿Saben que otros muchos
sindicatos y colectivos europeos e iberoamericanos del ámbito de la aeronáutica
han estado al lado de los controladores aéreos españoles y se han avergonzado
de la respuesta brutal del Estado Español? Y luego tenemos que escuchar a los
estúpidos políticos y a los despreciables empresarios del turismo hablando del
deterioro de la marca-españa. España es una mierda, y
no por culpa de los controladores, sino por culpa de estas hienas que nunca
tienen bastante y a cuya cabeza se encuentra el antiguo colaborador del gobierno
de los GAL, el inmundo Rubalcaba, gran ganador de esta debacle política.
¿Saben que el Estado Español, con nuestros impuestos, contrató hace más de un
año a una empresa, en concreto a una consultora americana experta en la
destrucción de sindicatos? Mckinsey, creo recordar
que se llama. Ella ha sido la encargada de planificar lo que desde hace más de
un año los controladores vienen sufriendo. Son los mismos que privatizaron Renfe y otras tantas empresas. Luego el trabajo sucio
consistente en reventar cualquier posibilidad de convenio colectivo ha recaído
en manos de un bufete de abogados experto en estos menesteres y también, por
supuesto, pagado con el dinero de las arcas públicas, con nuestro dinero. Su
nombre es Cusan-abogados, empresa integrada desde hace un par de meses en la
firma internacional KPMG. Son ellos los que han estado llevando en nombre de
AENA y del Estado las reuniones con el sindicato USCA: expertos en técnicas que
permiten reventar física y psíquicamente al más duro de entre los delegados
sindicales. Eso por no hablar de las serias sospechas de que a algunos de los
miembros de la anterior cúpula del sindicato les hayan untado de pasta para
desactivar cualquier posible brote de antagonismo. Pero las bases asamblearias lograron quitarse de encima a esa cúpula y
generar un contexto algo más favorable, gente con menos experiencia pero más
honrada. Ahora el gobierno dice explícitamente que va a descabezar al
sindicato, que va a arrasar con los delegados sindicales, supuestamente protegidos
por ley. Nada dicen al respecto los sindicatos mayoritarios. Ni UGT ni CCOO
tullen ni mullen cuando se está persiguiendo de modo explícito a compañeros, ni
cuando se arrasa con derechos laborales fundamentales. La fiscalía no duda en
participar en la purga. Y, a pesar de todo, la historia no ha terminado. Las
asambleas, aunque ahora desactivadas, pueden volver a brotar. Además, hay otros
conflictos abiertos. Los pobres son más pobres. La rabia de muchos va en
ascenso. Los controladores no están solos. Yo, al menos yo, estoy con ellos.
¿Y vosotros? ¿Vais a permitir que, no ya nuestro gobierno, sino nuestro Estado,
pisotee los derechos civiles más básicos de un
colectivo de trabajadores? La declaración del Estado de Alarma no va dirigida
sólo a los controladores: es un aviso a todos los colectivos, trabajadores o
no. La crisis (eso que llaman crisis y que cada vez se demuestra con más
claridad que no es más que una recomposición del sistema capitalista para
eliminar toda restricción a su proceso de auto-valorización) ha abierto una
caja de Pandora que promete tempestades para todos: desatención de las personas
más necesitadas, jubilaciones imposibles, recortes sociales: eso es sólo el
principio. ¿Qué ocurrirá cuando empiecen, si es que empiezan, las movilizaciones?
¿De verdad creéis que las tasas universitarias sólo subirán en Gran Bretaña?
¿Qué las reformas no van a afectaros? ¿Qué vuestras pequeñas empresas van a
sobrevivir? ¿Qué no vais a tener que hacer concesiones para mantener vuestros
trabajos? Si están siendo capaces de aplastar la lucha de un colectivo que
posee una posición estratégica en el sistema de producción y distribución y que
tienen un grado de sindicación y una disciplina de acción inigualable, ¿qué
diablos pensáis que van a hacer con vosotros, cuya capacidad de intervención en
mínima? ¿Qué vais a hacer? ¿Quemar contenedores? ¿Pegaros con la policía?
¿Agachar la cabeza esperando a que escampe?
Es hora de hablar con los amigos, de crear redes de apoyo mutuo y de
resistencia, de prepararse para lo peor, de inventar nuevas formas de lucha y
de estudiar las antiguas, de aprender a ser tipos duros, de recuperar la
experiencia política que durante los últimos treinta años nos han robado. No
hablo de revolución. No soy un iluso. Hablo de resistencia. Es el tiempo de la
acción común y de la ruptura. La poesía y la filosofía tienen que retornar a su
función olvidada: cambiar la vida.
*
Publicado en pablolopiz.blogspot.com