por Agustín Millares Cantero
El pueblo canario no tiene un camino que conduce
a una estrella, diría yo parafraseando negativamente y en clave insular el título
de la más famosa escultura del artista español Alberto Sánchez (1895-1962). Ni
la tiene ni la ha tenido durante la mayor parte de su atormentada historia, que
tan a menudo falsean los mercachifles del saber.
Pensar otra cosa sería un alarde de incuria intelectual y de optimismo
embaucador. Hay múltiples causas que nos explican esta ausencia de horizontes
luminosos. Veamos algunas de las principales.
1) El poder avasallador de sistemas económicos que aunaron la feudalidad y el capitalismo
(inclusive con aportaciones transitorias de la esclavitud), capaces de
ejercer una explotación inmisericorde por medio de la aparcería y del trabajo
asalariado, haciendo víctima a una población eminentemente rural hasta fechas
cercanas y cuya impronta aún subsiste en los últimos tiempos, marcados por una
urbanización salvaje.
2) La dominación casi omnímoda de
oligarquías caciquiles (ayer agrarias y hoy
“turísticas”), con afanes depredadores en sus territorios respectivos y
recursos clientelares de probada eficacia.
3) El sistemático saqueo de nuestros recursos naturales por los agentes del colonialismo y del imperialismo de las potencias de turno,
proceso que dio origen a la propia conquista de Canarias y continúa vigente en
sus expresiones sustanciales, aunque hayan variado las formas en que se
practica.
4) Las apoyaturas
burocráticas de los
aparatos del Estado español a los intereses de las clases dominantes
indígenas y de sus patronos foráneos, siempre laborando más por
acción que por omisión.
5) Los controles
sociales para disciplinar a las masas en regímenes absolutistas, liberales
o autoritarios (inscritos o no en las dinámicas de los fascismos
históricos o de sus versiones “neos”), ya por la fuerza bruta o la manipulación
de las conciencias enajenadas.
6) El fomento
de las luchas intestinas a cargo de unas clases dirigentes proclives
hacia los apetitos hegemónicos sobre el Archipiélago o un grupo de islas,
arbitrando métodos propios de un centralismo interior, de índole global o
parcial, que les garantizaran mayores privilegios y prebendas.
7) Los recursos a la emigración como válvula de ajuste en etapas críticas (pues "las gentes
que emigran no pelean"), acudiendo a la reacción racista y xenófoba
cuando nos hemos transformado en tierra de inmigrantes.
8) La ignorancia
programada desde las
instituciones oficiales en un país de analfabetos, donde los absolutos
de antaño se han convertido en los funcionales y/o tecnológicos de ahora.
8) El oscurantismo
fanático de la religión católica y sus prédicas de sumisión
y mansedumbre al orden establecido, mediando por norma la colaboración
de
8) El imperio
de la corrupción en la práctica totalidad de las instancias públicas, sostenido por
las complicidades entre los beneficiarios directos de las estructuras opresoras
y sus devotos paniaguados de cualquier pelaje y condición.
Es obvio que esta relación no agota todos los factores que han
promovido, y todavía impulsan, las calamidades para la inmensa mayoría de los
isleños. Se trata de un mero apunte en términos históricos, quizás útil apenas
como aportación a la hora de reabrir los debates
que hace décadas cerraron en falso las izquierdas por estas latitudes.
A juicio de algunos independentistas revolucionarios (porque existe una
“independencia” reaccionaria de cuño neocolonial, evidenciada recientemente por
las campañas “soberanistas” del órgano in
pectore del insularismo tinerfeño más ramplón), toda la problemática
canaria se reduce a parámetros que, a simple vista, parecen muy sencillos,
aunque en el fondo escondan cuestiones de enorme calado.
El gran escritor que es Víctor Ramírez, sin duda su intelectual
orgánico de más talla y el referente obligado de semejante tendencia, lo ha
expuesto en reiteradas ocasiones con meridiana nitidez. La “patología” de
“nuestra enfermedad” procede del colonialismo y “el agente patógeno” no es otro
que España, entendida ésta “como estructura de poder colonial”. Así lo
planteó valientemente en su discurso de ingreso en
Faltando monografías políticas que desarrollen algunas de las claves
apuntadas a lo largo de
La publicación de tales artículos en Diario de Las Palmas,
Si durante la segunda restauración han podido leerse cosas de
mayor voltaje, no es por la suma tolerancia de la nueva Borbonia -como certeramente denomina Víctor Ramírez a la actual España-, sino
porque las movilizaciones populares han ganado espacios de libertad y las
fuerzas represivas carecen de tanta capacidad de interferencia.
Hubo quien señaló que Víctor perdía el tiempo dedicándose a semejantes
menesteres, que nunca debía sacrificar novelas y relatos a esos escritos de
circunstancias llamados al olvido. Afortunadamente rechazó el autor
aquellas recomendaciones, y por ello es posible estimarlo hoy como el
mejor de los seguidores en vida de Secundino Delgado Rodríguez.
Las bregas por la “independencia solidaria” a través de la “conciencia emancipatoria”, las denuncias frente al proxenetismo que
envilece
Los anclajes en Secundino nos sitúan ante lo que representa, a mi
humilde entender, el punto más débil de esta configuración ideológica
nacionalista. No sé por qué maldición bíblica persiste el empeño en fundamentar
ante todo el nacionalismo y la identidad isleña sobre los amazikes precoloniales, de los cuales se nos obliga a ser forzados
descendientes a riesgo de merecer el epíteto de antipatriotas (Lo que no es el
caso de Secundino y de Ramírez, para quienes -como para el dominicano Máximo
Gómez- la única raza es
La plena asimilación de los “guanches” con los maúros o magos no posee
base antropológica rigurosa y supone una dramática expresión de peligroso infantilismo
político. Lo apropiado es reconocer que somos un
pueblo racialmente mestizo (el mismo Nicolás Estévanez se reconocía, como
canario de nacimiento, africano de raza irlandesa) y que del
mestizaje afloró precisamente nuestra personalidad diferenciada.
Es más, los responsables de la opresión que ha sufrido y padece aún
Sí: estoy de acuerdo con Ramírez en que los enemigos por antonomasia del pueblo canario han nacido siempre en estas
Islas, y por las
venas de una gran parte de ellos corren incluso gotas
de sangre amasik.
Un elemental enfoque marxista de la cuestión nacional exige poner en
primer plano la lucha de clases, desechando cualquier escora
afín al populismo. La contradicción principal enfrenta a oprimidos y opresores, no a españolistas
con independentistas. Antes que en Fanon o en Gandhi, tenemos que
sustentarnos en Marx o en Lenin.
Y hasta el liberalismo radical puede servirnos de inspiración en
orden al tratamiento internacionalista. Al decir Benjamín
Franklin que su país
estaba donde reinase la libertad, le respondió Tom
Paine, uno de los
iniciales propulsores del derecho de autodeterminación
de los pueblos, que donde faltaba la libertad tenía el suyo.
La escritura civil de Víctor es rebelde en toda regla, con una “rebeldía
libertaria” que parte de la emancipación del lenguaje colonizado, de la
ruptura con “las palabras impuestas por la oficialidad”. Aquí radica el
primer paso de todo movimiento realmente libertador.
Sea Canarias una colonia en sentido estricto o una nación
oprimida dentro de un Estado plurinacional, su apuesta es válida y
socialmente fecunda, y por ende ajena al “onanismo egocéntrico” practicado
al fin en el mundo de “nuestras sabidurías”.
El narrador entra en batalla desde la literatura contra “la
aculturación alienante” y la desmemoria organizadas -él lo llama Ignorantación- por la metrópolis y los gobiernos autonómicos
-él los llama esbirriles-, sus mejores secuaces, devotos
en el presente de un paninsularismo conservador que usa y abusa del
disfraz nacionalista, en mascarada pedigüeña bajo batuta imperial.
Un proyecto de revolución cultural es requisito previo de toda
andadura que sea en verdad libertadora, lo cual demanda ajustar cuentas con el
quehacer de los colonialistas en las aulas. Docente hasta su jubilación,
Víctor conoce muy bien los efectos castradores de tantos planes “educativos”
(él los llama planes adiestradores), que entre otras recetas aportan la marginación de nuestra propia cultura y el arraigo de pautas serviles.
Ha trabajado en medio de los rentistas del conocimiento, de los burócratas
de la más nefasta de las policías, la que tiene por misión domesticar las
conciencias y reprimirlas si fuera menester.
Por eso él aborrece tanto la enseñanza que sufrimos, mayormente escuela
de autómatas al servicio del que manda, criadero de esbirros adoradores del
euro o del dólar.
A pesar de las puntuales discrepancias, siento una profunda admiración
por este literato insobornable que es fiel a los suyos y a sí mismo desde la
primera hasta la última línea de todos sus textos. Negándose de plano a rendir
sus ideas ante el becerro de oro, ha optado consecuentemente por jugar el papel
de francotirador en unas trincheras abandonadas por numerosos, excesivos
desertores.
La carga de filosofía idealista que soportan su pensamiento y su acción,
nunca será lo suficientemente pesada como para impedirle avanzar. Aunque nos
falte todavía el príncipe colectivo de Gramsci, sabe que no está solo, pero también que no abunda la compañía y que
poco cabe esperar del canariaje.
Pero Víctor es de los isleños que sí tiene un camino que conduce a una estrella,
o por mejor decir, a siete estrellas verdes en la
constelación de