Euroabstencionismo
Juan
Manuel García Ramos
El euroabstencionismo
no debe de ser sino la tendencia de muchos ciudadanos europeos a demostrar en
las urnas un sentimiento más profundo: el euroescepticismo.
El euroabstencionismo es la constatación material del
euroescepticismo. Es decir, la gente está
desentendida de todo el proceso de construcción europea, desde el embrionario
Tratado Constitutivo de
El todavía eurodiputado canario Fernando Fernández llegó a reconocer en una
tertulia de Canal 7 del Atlántico, de la que también formamos parte, que para
él el Parlamento Europeo era una especie de limbo, y, en verdad, las tareas de
esa gran asamblea del Viejo Continente unido trascienden muy poco a la
ciudadanía. No digo que ese Parlamento Europeo sea un cementerio de elefantes,
donde van a abrevar políticos de los veintisiete países miembros, ya para
formarse frente a otros retos posteriores más ambiciosos en sus respectivos
territorios de procedencia, ya para alcanzar ciertos retiros muy bien
retribuidos por los servicios prestados. Pero sus gestiones, cuando existen,
quedan muy lejos del conocimiento de sus electores, inducidos cada cinco años
por los partidos políticos de turno a depositar unas papeletas en urnas que
parecen destinadas a elegir marcianos.
En España, la complicidad del PSOE y del PP para
mantener una circunscripción electoral única termina por beneficiar a esos dos
grandes partidos frente a otras opciones minoritarias. Ya denuncié aquí hace
algunos meses que tanto PSOE como PP tienen en sus
manos modificar la legislación electoral vigente que fija el método de
presentación de listas, pero ni uno ni otro han movido un solo dedo para
acercar la realidad autonómica del Estado español a la realidad electoral
europea. ¿A qué nos referimos?
Nos referimos, ni más ni menos, a que hoy día son muchos los países europeos
que, obedeciendo el mandato del Consejo de
Es decir, con una circunscripción única para todo el Estado español la tarta
queda repartida entre el PSOE y el PP, y la
posibilidad para otros partidos de implantación no estatal queda convertida en
más que remota, cuando no en una gesta más que complicada, a veces insuperable.
No digamos nada luego de la atención que los medios de comunicación estatales
prestan a esas aspiraciones minoritarias al margen de los grandes PSOE y PP: reducidos a la nada, ninguneados, jibarizados
por las grandes maquinarias mediáticas.
Estas reglas de juego electoral europeo, impuestas con regocijo por PSOE y PP, lesionan a todos los partidos nacionalistas
peninsulares, hasta a partidos nacionalistas tan poderosos como PNV o CIU, y no digamos nada de los partidos nacionalistas
canarios, cuyos enfrentamientos seculares los convierten en organizaciones
liliputienses a la hora de enfrentarse a unas elecciones como las del 7 de
junio próximo.
A pesar del acuerdo electoral alcanzado por Coalición Canaria con PNV, CiU y otras fuerzas minoritarias baleares,
andaluzas y valencianas, encuadradas todas en Coalición Europea, las
probabilidades de alcanzar suficiente representación en el Parlamento Europeo
son limitadas y harto laboriosas.
Claudina Morales, la presidenta de Coalición Canaria, se ha sacrificado en ese
empeño y los nacionalistas canarios debiéramos apoyarla con todas nuestras
fuerzas aunque sepamos de antemano que la aspiración de la candidata a sentarse
en un escaño de Estrasburgo está muy lejos de ser un hecho cierto.
Bien mirado, el pueblo canario como sujeto político mantiene dos contratos con
dos estructuras como el Estado español y
A Europa nos vincula el Reglamento 1911/1991, que nos acomodó definitivamente
en
Sigo convencido de la vocación atlántica de Canarias y de su tradicional
diálogo comercial y cultural con