DON
FÉLIX SANTIAGO Y DOÑA GUADALUPE
Padre
Báez *
No creo, le
pase a Don Félix Santiago lo de Chicho -este chiste,
me lo contó Don Antonio Cubillo- que, dice: había un lapidario, esculpiendo las
lápidas con epitafios para distintos difuntos ilustres, y que se le acercó uno
de campo, y le preguntó qué hacía; al contarle que a distintas personalidades,
ya fallecidas, en reconocimiento a sus obras y méritos, le ponía en las lápidas
esas frases, que resumían sus vidas, con pensamientos y palabras bonitas, y así
le contó, que una era de un gran médico, que había salvado muchas vidas, y le
leyó la del mismo; que la de aquél otro, le dijo era la de un gran arquitecto
que había construido muchas casas, para bien de la sociedad; que aquella
tercera era la de un gran escritor, que había escrito muchos libros para bien
de la cultura; y así continuó, con algunas más, hasta que el tal del campo, le
preguntó y pidió si le podía hacer la suya, ¡vamos la de él!, a lo que el
lapidario le contestó que para eso había antes que morir, pero que, bueno, se
la tendría preparada, a falta de que le dijera qué había hecho a favor de la
humanidad, y le fue preguntando si había hecho alguna casa, si se había casado,
si había escrito algún libro, si tenía hijos, y a todo esto, el bueno y simple
del hombre este del campo, le iba diciendo con asombro, que no, no. Entonces el
lapidario le pregunta por el nombre, que cómo se llamaba, y le contestó,
que Chicho, ¡me llamo Chicho!,
le dijo; se queda pensativo el lapidario y al momento dice: ¡ya lo tengo!
Dígame, qué me va a poner, le dice el del campo, y le contesta el lapidario: “Aquí
yace Chicho, del coño su madre, al nicho”; es
decir, no había hecho nada en su vida.
No se podrá
decir lo mismo de Don Félix Santiago, que tampoco seré yo quien mejor resuma su
vida -que Dios guarde muchos años-, o como le dijera Don Aday,
el párroco de La Montaña de Gáldar, lo esperaba para
las de diamante; es decir, que uno sepa, a Don Félix Santiago son muchos los
que le deben la casa, que ha ayudado a la agricultura es público y notorio, que
siempre se le recordará por puentes y túneles, y no es fácil resumir sus muchas
obras; y para un servidor, la mayor de todas, que en época de crisis, de
hambre, de paro, etc., él ha sabido dar y crear trabajo y, por tanto, de comer
a muchas mesas, es decir a muchas familias, sin que por ello se le haya hecho
un reconocimiento público -al menos que uno tenga constancia de ello-; que no
conforme con cuanto de bueno este hombre ha hecho -que no se presentará ante
Dios, cuando lo llame, con las manos vacías-, digo, que con ser mucho y bueno
lo por él hecho o realizado, lo mejor, para un servidor, fue la última lección
que nos dio -junto con su esposa Dña. Guadalupe
Cubas- en el templo de Santiago Apóstol -el mismo que muestra estos días sus
recién descubiertos cimientos-, digo, que la lección última y mejor de Don
Félix Santiago y su esposa, ha sido y es: que después de 50 años de casados han
sabido y han querido mantener su matrimonio como hace medio siglo lo
prometiera, lo cual quiere decir son hombre y mujer de palabra, entre otros
muchos méritos. Por eso, quiso ante un público que abarrotaba el templo, quiso
renovar su boda, y celebró las de oro.
Toda
una lección, para
las nuevas generaciones, y las del presente, que pueden emular y seguir el buen
ejemplo y testimonio de fidelidad y amor, mantenido y enriquecido -pues el amor
no se pierde si se le cuida-, y éste va a más, aún habiendo de por medio
dificultades -como en todo en la vida-. Razón esta, por la que un servidor,
viéndolo como padre de muchos, más allá de sus hijos, le da las gracias y los
felicita a él, tanto como a su señora esposa, que a decir verdad, parecía tan
guapa como hace 50 años atrás, pues más parecía ser la primera boda, antes que
esta segunda o de su renovación. Volvieron a intercambiarse
las alianzas y volvieron a repetir el “sí te quiero”, hasta que la muerte nos
separe. Y los aplausos, juntos con la música del órgano u armonio, llenaron la
Iglesia antes ya citada. Amigos, toda una hermosa lección en
estos tiempos que corren en los que, como dije en esa acción litúrgica, no
juzgo -ni soy quién- a los que han pasado por el trance doloroso de la
separación, pero ahí está el testimonio, y el ejemplo, de un matrimonio que ha
sido fiel a la palabra dada en su día, y se han mantenido unidos hasta el
presente, y han renovado la intención de seguir así, hasta la muerte.
Felicidades pues a Doña Guadalupe Cubas y a Don Félix
Santiago, por tan hermosa lección y por tanto más. Emotivas fueron las palabras
de su nieta e hija, y hermosísima la homilía del sacerdote citado, que los puso
como ejemplo de luz, en un lugar visible desde donde irradian claridad y
destellan amor. Hace 50 años, entraron solos; hoy venían con el fruto de tanto
amor: sus hijos y nietos. Fue el sábado día 5 de Febrero, toda una estampa que
se adelanta al día de los enamorados; ojalá, y sean
muchos los que tomen ejemplo de este ejemplar matrimonio. Y repito,
y son muchos los testigos: Doña Guadalupe estaba radiante; y Don Félix, como no
podía ser menos, igual que hace medio siglo, en un trance similar, un poco
nervioso, pero solo al principio, por la emoción de la efemérides, la música,
su familia, sus amigos (imposible enumerarlos, pues eran tantos y de diversas
profesiones, y cargos)...: pues quede constancia de dicha ceremonia religiosa,
y reitero la felicitación y las gracias a ambos: Guadalupe-Félix;
Félix-Guadalupe: unidos en el amor, en la salud y en la enfermedad, en las
penas y en las alegrías, y así hasta que la muerte los separe.
* Fernando
Báez Santana, Presbítero.