ANTE EL DÍA DE CANARIAS:
¿FIESTA O ENGAÑO?
Julián Ayala Armas
Las antiguas polis griegas solían tener como fundador a
un héroe epónimo, del que se derivaba el nombre de la ciudad. Incluso poblaciones
de particular rango hacían remontar su nacimiento a la acción benefactora de
algún dios. Tal fue Atenas, cuya fundación se atribuía, de ahí su nombre, a
Atenea, la diosa de la sabiduría y de la guerra entronizada en el Partenón, el
templo que ha llegado hasta nosotros como el edificio más singular y
característico del mundo antiguo.
Las celebraciones
en honor de los fundadores epónimos eran los acontecimientos cívicos –trufados
naturalmente de religiosidad– más importantes de la comunidad. En ellas se
inauguraban monumentos, se daban funciones teatrales, se hacían concursos de
canto, se organizaban competiciones deportivas. Los trabajos arqueológicos han sacado a la luz muchos vestigios
de aquellas celebraciones, de ellos quizá el más importante los bajorrelieves del
friso del Partenón donde aparecen los jinetes y canéforas participantes en la
procesión de las fiestas Panateneas, que se celebraban anualmente en Atenas en
honor de su diosa fundadora.
AUNAR CONCIENCIAS Y VOLUNTADES. Un pálido reflejo de aquella época
dorada son las celebraciones del día de la patria, grande o chica, que
proliferan en estos tiempos de decadencia. Al igual que en los antiguos
festejos griegos, el objetivo principal de este tipo de solemnidades es aunar
las conciencias y voluntades de las personas integrantes de la comunidad en un
hecho referencial común, que puede ser una gesta militar o un acontecimiento
político o de cualquier otro signo, que se estima especialmente importante en
la historia y en el desarrollo posterior de la comunidad en cuestión.
El Día de
Canarias, que se celebra el 30 de mayo en conmemoración de la constitución del
primer parlamento autonómico, está enmarcado en este contexto. Sus fastos
tratan de hacer hincapié en lo que supuesta y genéricamente se considera señas
de identidad comunes de los canarios y canarias, que a escala popular se
reconocen y establecen especialmente en el folklore y en los llamados deportes
autóctonos. La conmemoración se presenta, pues, como la fiesta de todos los
canarios, como la celebración de la canariedad, que tiene su materialización
política en la autonomía, por lo que es también la conmemoración jubilosa del
régimen autonómico.
Dejando
aparte que, como nos explica Etienne Balibar, “toda comunidad social,
reproducida mediante el funcionamiento de instituciones, es imaginaria”, pues
reposa sobre la proyección de la existencia individual en un relato colectivo, así como en el reconocimiento de un nombre
común y en las tradiciones vividas como restos de un pasado inmemorial –aunque
se hayan fabricado e inculcado en circunstancias recientes–(1); dejando esto
aparte, repito, ¿es verdaderamente el Día de Canarias, como se nos quiere hacer
creer, un símbolo de la fusión de todos los canarios y canarias en torno a sus
instituciones, costumbres y tradiciones?
LAS INSTITUCIONES NO SON ‘NEUTRALES’. En este sistema basado en/y generador de
la desigualdad entre las gentes, las instituciones
y toda la simbología que acarrean no son “neutrales”. Así, las ideas de nación o
de patria, que se conciben como referencia común a todos los habitantes de un
territorio determinado, pueden tener esta característica referencial sólo en el
plano cultural e ideológico, pero no en el de la realidad económica, social y,
por ende, política.
La nación y
la patria, como todo en este sistema, tienen sus “dueños”, que son los que
acotan sus características, los que las regulan, los que deciden qué camino
deben tomar… Y estos dueños no son otros que los detentadores del poder
económico y político, los que dirigen la comunidad, los que pretenden convertir
en intereses generales sus intereses de casta y a través del inmenso aparato de
persuasión de que disponen intentan convencer
de ello –y lo logran más veces de lo que sería conveniente para la buena salud
social– al resto de los integrantes de la comunidad.
Pues bien, el
Día de Canarias no es ajeno a esta situación. Quienes decidieron la fecha y las
características de la celebración fueron los sectores dominantes en las Islas,
los mismos que durante décadas y hasta la actualidad han preconizado y
ejecutado un modelo económico insostenible, basado en la especulación y la
destrucción del territorio, sin importarles el bienestar ciudadano un ardite
más allá de lo necesario para garantizarse los votos que les permitan seguir en
el candelero, los que, entre otras cosas, han institucionalizado la corrupción,
como método de conducta política y empresarial. La misma institución
parlamentaria, cuyo nacimiento se conmemora, tiene como misión más tangible
dentro del sistema de corrupción institucionalizada revestir de apariencia
legal los desmanes del poder económico y sus testaferros políticos, aprobando
normativas encaminadas a tal fin.
UNA MASCARADA. “Su” Día de Canarias no es, pues, sino
una mascarada, un medio más para integrar en su proyecto a la mayor parte
posible de la población del Archipiélago (con ese objetivo se acuñan slogans
engañosos, ramplones y vacíos, como “el orgullo de ser canario” o “ser canario
es mi razón”). Pretenden aunar las voluntades en la referencia común de la
canariedad. Referencia común que puede que exista, pero que sólo se podrá
desarrollar en un sistema social y económicamente igualitario, que haga posible
una verdadera autodeterminación individual, una plena soberanía popular. Y
desde luego constituye una desviación perversa utilizarla como cortina de humo para
ocultar los intereses contrapuestos de las clases sociales en las islas, que
afloran con especial virulencia en épocas de crisis sistémica como la que
estamos viviendo.
Y es que “ser
canario” –como ser español o ser turco– no es un estadio de la condición humana
en el que se diluyan los intereses de clase, en el se produzca la integración
superadora de las contradicciones sociales. Te exploto durante todo el año, te
pago salarios de subsistencia, te someto a la inseguridad laboral constante, te
pongo en la puta calle apenas se me nubla la perspectiva de negocio, pero, eso
sí, el día de la patria nos reencontramos como hermanos, hijos de la misma
tierra (aunque la tierra de verdad sea más mía que tuya, claro) e integrantes
del mismo pueblo que tiene ante sí un futuro luminoso basado en la
laboriosidad, el espíritu de sacrificio y la entrega generosa que ha sido siempre
nuestro principal patrimonio colectivo, ¡ta-ta-ta-ta-chán! (Aquí entran Los
Sabandeños, cantando aquello de “Canario lucha como lucharon los guanches”. A
Paulino, a Plasencia, a Grisaleña y
hasta a algún presidente de asociación de vecinos, obrerete él, empesebrado por
Coalición Canaria, se les saltan las lágrimas de la emoción).
La patria de los
capitalistas está, pues, donde obtengan más riqueza; la patria de los
trabajadores, donde puedan vivir mejor de su esfuerzo. Los primeros se las han
arreglado para hacer de toda la tierra su campo de actuación, llevando sus
empresas y su dinero allí donde las condiciones son más apropiadas para obtener
ganancias, donde los estados y los gobiernos son más débiles, donde la
democracia brilla por su ausencia, donde los sindicatos carecen de fuerza, donde
las leyes ambientales son más permisivas o simplemente no existen. Es una de
las características principales de lo que se llama la globalización económica,
que mejor podría llamarse la globalización de la explotación. Los segundos, los
asalariados, cuando no pueden vivir en el lugar donde han nacido, tienden a la
emigración por regla general y, en algunos casos, cuando las condiciones lo
permiten (las famosas “condiciones objetivas” de otros tiempos), a la rebelión
que haga posible en su propio país la construcción de la patria nueva que, como
decía Durruti, llevan los obreros en sus corazones.
Ruego a los
bienpensantes que me perdonen este final, pero es difícil no ponerse lírico en
estas circunstancias. Hasta más ver.
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(1) Etienne Balibar: “La forma nación: historia e
ideología”, en E. Balibar e I. Wallerstein: Raza, Nación y Clase. IEPALA, Madrid, 1991.