Fracasos
Juan Manuel
García Ramos
Qué hay detrás de las frías estadísticas de desempleo,
qué hay detrás de los imparables ERE, qué hay detrás de cada hombre y de cada
mujer desplazados de pronto de sus puestos de trabajo?
Sufrimiento. Y mucho más.
Confieso que, en este mundo tan confuso, hay noticias que todavía me impactan,
y estos días todos hemos podido enterarnos de lo que pasa en France Télécom, la compañía pública de telecomunicaciones de
Francia hasta 1998, año en que dejó de ser un monopolio y comenzó su proceso de
privatización.
Desde febrero de 2008 hasta hace una semana, veintitrés empleados de France Télécom se suicidaron y una cifra algo menor se dio de
tentativas de suicidio. Entre estas últimas, las protagonizadas el 9 de este
septiembre por un operario de cuarenta y nueve años en una oficina de Troyes,
al este de París, que se clavó un cuchillo en su estómago durante una reunión
en la que le fue comunicado su traslado; y el 14 de este mismo mes, también en
París, la tentativa de una empleada del departamento de atención al cliente que
se enteró de que iba a ser destinada a otras oficinas y se tragó un frasco de
barbitúricos.
Entre los suicidios efectivos, el último, hasta ahora, lo consumó, el 11 del
mismo septiembre que corre, una empleada a la que se le notificó que iba a
cambiar de jefe y de cometido, lanzándose desde un cuarto piso para ir a estrellarse
a la acera. Apenas sobrevivió unas horas.
Un septiembre muy negro, demasiado negro, para un país como Francia, y para una
empresa como France Télécom, que en el año 2008 tuvo
unos beneficios de cuatro mil millones de euros y que no ha parado de reestructurarse
desde 1998, llegando a deshacerse en ese lapso de unos setenta mil
trabajadores. La ley de la selva empresarial. La ley de la supervivencia
empresarial.
En el entretanto, la plantilla de trabajadores de France Télécom
ha de aceptar mudanzas de sus puestos de trabajo habituales y destinos a
cincuenta o a cien kilómetros del anteriormente desempeñado o prejubilaciones
indeseadas, y sus cargos medios y altos han de prepararse para cambiar de
responsabilidad y de sede cada tres años, pues la empresa evita así que se
encariñen con sus subordinados y se opongan a las reducciones de personal o a
los desplazamientos geográficos.
El caso France Télécom ha tenido que ser enfrentado
por el mismo presidente Nicolas Sarkozy
y por sus ministros de Economía y Trabajo, pero quizá lo que sucede hoy en esa
multinacional de las telecomunicaciones gala, no sea sino un ejemplo más,
desaforado sin duda, de lo que se avecina en un primer mundo acostumbrado a
unos estándares de vida de los que se ve poco a poco desposeído.
Estamos algo cansados de repetir que los hombres y las mujeres se mueven en
este mundo, y lo soportan, por unas motivaciones muy concretas: la de amar y
ser amado, y la de sentirse útiles en la sociedad a la que pertenecen. La
frustración laboral nos lleva por delante, hunde al carácter más fuerte,
termina con el que queda de nosotros. El fracaso se apodera de nuestras mentes
e impide cualquier otra actividad que nos propongamos. El fracaso es
paralizante, humilla conciencias, inhibe líbidos,
rompe convivencias familiares, aísla psicológicamente, deshumaniza.
Los veintitrés suicidios y los otros muchos intentos de quitarse de en medio de
France Télécom son una prueba de lo que sucede cuando
desposeemos a una persona de su puesto de trabajo habitual y la desarraigamos.
Remontar un fracaso es un proceso muy difícil y conlleva un esfuerzo de
autoestima gradual e inquebrantable.
Y algunas sociedades de hoy tienen el fracaso metido en sus vientres.
El semanario estadounidense Time, en uno de sus números de julio de
este año, denunciaba que la contracción económica que sufre España ha dado
lugar a una promoción de jóvenes incluida en lo que se denomina la
"generación decepcionada". No son solo los jóvenes rebotados por el
sistema educativo, sino también aquellos otros con formación que se ven
excluidos del mercado de trabajo.
En
Cuando la ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, ha opinado sobre lo que sucede en France Télécom con los frecuentes suicidios y mediosuicidios,
ha dicho que se trata de casos personales donde se perciben sensaciones de
soledad y de desconcierto. Palabras acertadas para un diagnóstico de
actualidad. Lo que acecha a todos esos empleados franceses en situación de
ansiedad y lo que acecha a tantos jóvenes, españoles y canarios, es la
desconfianza en la eficacia del esfuerzo. El esfuerzo no recompensado.
Tanto los empleados franceses, como nuestros jóvenes siguen impregnados del
espíritu de aprendizaje, en el que concursan la confianza en los conocimientos
adquiridos o en las tareas encomendadas, y la seguridad de nuestras posiciones
profesionales. También de nuestras posiciones afectivas: la importancia de los
entornos familiares y de convivencia.
Por eso es tan primordial preservar de fracasos o minifracasos
al niño que está formándose en la escuela. En esos años blindamos en nuestros
cerebros la capacidad de adaptarnos a las circunstancias, la capacidad de
luchar contra las circunstancias, sean favorables o adversas. Hablamos con
cierta frivolidad del "fracaso escolar", refiriéndonos a meras
estadísticas de etapas de educación infantil, primaria y media, sin darnos
cuenta de que en los niños o en los jóvenes que empiezan a tener problemas en
sus respectivos rendimientos se está definiendo el individuo adulto del mañana.
Está ya en marcha el proceso de afirmación personal: "Yo puedo hacer esto,
yo quiero hacer esto y lo voy a hacer". Ahí empieza la aventura de la
construcción de nuestra personalidad. En esos primeros ensayos de la escuela
primaria o en el instituto de secundaria, están ya sentados los hombres y las
mujeres del mañana destinados a ser útiles a la sociedad a la que pertenecen.
En esas noticias que he leído sobre el autoapuñalamiento
de un empleado de France Télécom, en medio de una
reunión de su empresa en la localidad de Troyes, al saber que iba a ser
trasladado de su habitual puesto de trabajo, la brutal acción ha sido
calificada de harakiri, esa manera ceremoniosa de darse muerte los
samuráis antes de ver su vida deshonrada por algún error ante su sociedad.
Los occidentales somos menos rituales que los orientales, pero lo que está
sucediendo en esta parte del planeta tiene mucho que ver con un desconcierto
generalizado de nuestra población desocupada o empleada precariamente.
No solo se dan muerte los trabajadores, se está dando muerte toda una sociedad
del bienestar que se ve traicionada por el curso de los acontecimientos. No nos
sirven los viejos modelos productivos, y en este cambio de piel del sistema
algunos se están dejando la vida y la salud. Por ahora, no hay remedios a la
vista. Dios les dé paciencia a todos ellos.