FÚTBOL,
BANDERAS Y BANDERÍAS
Francisco Javier González
Evidentemente que esta marea encarnada -que no tiene nada de
roja- será, como todo lo efímero, flor de un día, pero el Estado -y su gobierno
de un rojo desteñido a un apacible rosa- han aprovechado al máximo los
innegables triunfos deportivos en fútbol, tenis, baloncesto o ciclismo para
exacerbar un alicaído e inexistente “espíritu nacional” por el que suspira no
solo una derecha ultramontana y reaccionaria sino una cierta izquierda
centralista y miope, pero no es menos evidente que el nacionalismo aquí, en
Canarias, con nuestro propio sentido nacional y de clase fuertemente
mediatizado por la dependencia colonial de siglos, nos costará un gran esfuerzo
didáctico recuperar el daño que la propaganda agresiva de la que ellos mismos
denominan como “la Marca España” causa en un pueblo que no ha superado su
alienación y su acusado síndrome de colonizado.
De pequeño me gustaba el
fútbol. Un fútbol que aún tenía sabor inglés con el uso de vocablos británicos
acanariados como “fao”, “corner” y “orsay” o el ya
españolizado “penalti”. Tenerife contaba entonces con varios clubs. Los que
mejor recuerdo eran el de mi ciudad, el “Real Hespérides”, los de Santa Cruz,
“Price”, “Toscal”, “Iberia” y el “C.D. Tenerife”,
además del “Puerto Cruz”, mientras que en Gran Canaria competían otra serie de
ellos de los que los más conocidos a nivel del archipiélago eran el “Atlético”,
el “Arenas” y, sobre todo, el “Marino” y el “Victoria”. El piberío lagunero
conocía al portero Cándido y a los
Florencio, Agustinada, Anita, el Piña, y a Melquiades
Álvarez -que años después sería primero profesor y luego compañero mío en el
Claustro del Instituto de Canarias, hoy “Cabrera Pinto”- o a D. Jacinto Arzola, entrenador y jugador, y también luego estimado
profesor y compañero que tuvo el dudoso privilegio de compartir con mi tío Luis
el hotel gratuito que durante años les financió el fascismo en los Salones de
Fyffes. Conocíamos también a otros anteriores como D. Victoriano Ríos (padre),
practicante que agujereó traseros y eliminó callos de la mitad de los laguneros.
Los equipos canarios
entonces no jugaban en ninguna de las categorías o competiciones españolas,
salvo la llamada “Copa de España” (antes y después “Copa del Rey”) que jugaba
el campeón de la copa de Canarias resultante del cruce de los primeros de las
ligas de Tenerife y Gran Canaria. Esos mis recuerdos de entonces van ligados a
domingos en el césped del Campo de la Manzanilla, con los ánimos del mayor
entusiasta aficionado al Hespérides y ferviente adorador de Baco, “Panchito”,
con sus “¡Arriba Hesperidito que tú serás campeón!
que el público coreaba cantando “Como Dios pintó a Perico” sin que nunca
supiera quien fue el tal perico, y a los domingos del Campo del Peñón, de
reseca tierra polvorienta, donde jugaba el Portuense que se remataba con paseos
por la Ranilla hasta la Plaza de Charco a coger la guagua.
Precisamente en esos
años finales de los 40 los equipos de Gran Canaria, con idea de competir en la
Liga Española de fútbol, deciden unir sus fuerzas y constituir la Unión
Deportiva Las Palmas. Siguiendo su ejemplo se realizan reuniones entre todos
los equipos de Tenerife para constituir la Unión Deportiva Tenerife, pero el
representante del C.D.Tenerife, -creo que se llamaba Arocena- se negó a la unión. Es más, logró con amenazas que
algunos de los jugadores de otros clubs se negaran a participar en el proyecto
que, finalmente, cuajó con todo el resto y así Price, Toscal,
Iberia, Puerto Cruz (Portuense) y Hespérides formaron la Unión Deportiva
Tenerife que, para su ingreso en la 2ª División de la Liga, tenía que
eliminarse con un equipo español después de quedar campeón de Tenerife. Para
los jugadores cotidianos de pelotas de trapo que éramos los críos de mi barrio,
comprendido entre el Campo de la
Manzanilla y la Plaza del Cristo -entonces explanada de tierra con el proyecto
de “Templete” central que el Orfeón La Paz comenzara con la República Española y
que murió inacabado- aquello era un acontecimiento sin parangón, porque la
vivienda de los jugadores de la U.D.Tenerife que
venían tanto de Gran Canaria como del interior de la isla, entonces escasa de
comunicaciones, estaba en su centro, casi al lado de mi casa, en la calle Juan
de Vera, entre la venta de Dª Adela y el guachinche
de D. Pancho “Carasable”, y cuando salían a los
entrenamientos se establecía toda una procesión de acompañamiento de críos
entre los 8 (entre los que me contaba) y los 14 años hasta el Campo donde,
sentados en las gradas de cemento, admirábamos las evoluciones de nuestros
balompédicos héroes.
Llegó el partido
decisivo en la Manzanilla con el Levante.
Había, al menos, que empatar el partido y ganaba el equipo español por
Hoy el fútbol ha
evolucionado. Como la sociedad. El capitalismo y el poder político van de la
mano para sacar partido de la nueva pseudoreligión
futbolera. Ya no son los “balones de reglamento” que eran obligado
regalo de unos Reyes Magos que han quedado obsoletos. Ahora los niños piden
consolas o ipodes, mientras que los escasos que
siguen pidiendo un balón lo hacen por un Jabulani o,
mejor aún, por la versión dorada del de la final mundial, el “jo’bulani” y una camiseta de “la roja” con una estrellita
de campeona. El poder es otra cosa que los niños. No piden regalos ni de reyes
ni de cumpleaños. Nos han mermado -cuando no eliminado- el pan, pero nos han
incrementado el circo. Los cálculos acercan a los mil millones las personas que
en el planeta estaban pendientes del rodar del dichoso jo’bulani.
En Europa fue un tercio de su población y en España, colonias incluidas, unos
37 millones de espectadores se desgañitaron gritando ¡Goool!
y saltaron al nuevo ritmo del “yo soy español, español, español” aunque a los
dos días salieran a la calle en Barcelona con la estelada pidiendo su independencia,
o en Compostela el 25 daban vivas a Galicia Ceibe o
salían aquí, en la colonia, con la tricolor heptaestrellada
donde unos días antes nos inundaba un mar de camisetas encarnadas y banderas de
la monarquía colonial. Evidentemente que esta marea encarnada -que no tiene
nada de roja- será, como todo lo efímero, flor de un día, pero el Estado -y su
gobierno de un rojo desteñido a un apacible rosa- han aprovechado al máximo los
innegables triunfos deportivos en fútbol, tenis, baloncesto o ciclismo para
exacerbar un alicaído e inexistente “espíritu nacional” por el que suspira no
solo una derecha ultramontana y reaccionaria sino una cierta izquierda
centralista y miope, pero no es menos evidente que el nacionalismo aquí, en
Canarias, con nuestro propio sentido nacional y de clase fuertemente
mediatizado por la dependencia colonial
de siglos, nos costará un gran esfuerzo didáctico recuperar el daño que la
propaganda agresiva de la que ellos mismos denominan como “la Marca España”
causa en un pueblo que no ha superado su alienación y su acusado síndrome de
colonizado. A esa marea sentimental invasora y a sus probables réditos
políticos se ha sumado ¡como no! y con redoblado entusiasmo toda la burguesía
depredadora dependiente. El Gobierno de Canarias (sic) ha concedido a los dos
canarios de la Selección Española la Medalla de Oro de esta tierra. Lógico. También
se la concedió en su día a la Legión Española y por el mismo mérito: el de
reforzar “nuestra” españolidad. El Cabildo tinerfeño nombró a Pedrito-Pedro-D.
Pedro como Hijo Predilecto, algo similar a lo del Ayuntamiento de Galdar con Fernando Guanarteme, y como remate se han traído
a la colonia una réplica -no se si en plástico o cartón piedra- de la Copa del
Mundo, claro está que con el apoyo de entidades bancarias que también usan en
beneficio propio la adoración del nuevo santo grial imperial hispánico. ¡Cosas veredes, amigo Sancho, de este gobierno nacionalero
canario!
Mi idea infantil de la
perversa relación entre poder y fútbol se ha hecho más real. Es más abyecta y
brutal que nunca. De nosotros y de nuestra lucha tenaz dependerá romper esa
relación recuperando para el fútbol lo que es del fútbol, aunque sea de patio
de colegio, y para la política y la nación lo que en realidad nos corresponde:
La independencia nacional y la dignidad social y personal.
Gomera a 30 de julio de
2010