Reunión del G8, nuevo fracaso

 

Justo Fernández Rodríguez

 

En los últimos años, para sustituir o agilizar las funciones de la ONU, se han venido creando algunos organismos, G-7, G-8 o G-20,  con intereses económicos concretos, que pretenden resolver problemas globales, por medio de costosas reuniones, en las que, frecuentemente, se edulcoran los problemas y se dilatan las soluciones globales, utilizando toda clase de subterfugios para salvaguardar los intereses de los países más ricos e industrializados. Se denomina G-7 a un grupo de países industrializados, con peso político y militar notorio (Alemania, Canadá, EE.UU., Francia, Italia, Japón y Reino Unido). El G-8, organismo informal pero exclusivo, lo componen los mismos países con el añadido de Rusia. El G-20 lo conforman los  ocho países más desarrollados, once países industrializados de todos los continentes y la Unión Europea como bloque.

En el G-8, acusado de representar los intereses de una élite de naciones, en detrimento de las necesidades del resto del mundo, la presidencia es rotativa, pero EE.UU. se considera el miembro dominante del grupo, por ser la nación con mayor poder económico y político. En el G-8 no tienen representación los países con economías emergentes como China o India. Tampoco hay miembros del continente africano o de América Latina. Y mientras organismos internacionales y expertos aventuran una mejora de la situación, dentro de la gravedad de la crisis, una vez más, la reunión del G-8, en teoría destinada a aportar soluciones a la crisis financiero-económica, activar la lucha contra el cambio climático y la reducción del peligro nuclear, resultó un fiasco. Buenas palabras, pero pocas medidas concretas. Por estas causas, las reuniones del G-8 ha provocado disturbios que, en alguna ocasión, han contribuido a ocultar los resultados logrados. En 2001, en Italia, más de doscientas mil personas participaron en las manifestaciones. Los enfrentamientos con la policía causaron un muerto, decenas de heridos y cientos de detenidos.


La reunión del G-8 no consiguió progresar en lo que constituye la mayor preocupación de los ciudadanos de todo el mundo: la crisis económica. Aunque se reconocen signos de mejora de la crisis, “siguen existiendo riesgos significativos para la estabilidad financiera y económica”. Ratifican las decisiones tomadas hace tres meses en Londres, hasta la próxima reunión, en el mes de septiembre, en Pittsburg. Ante el cambio climático, la amenaza más costosa y grave que enfrenta la humanidad, causado principalmente por las emisiones en la atmósfera de los países del G-8, que emiten el 40% del CO2 a pesar de representar sólo el 13% de la población mundial, los representantes de Alemania, Canadá, EE.UU., Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia no han referenciado el recorte de gases que debe producirse en 2050. Las grandes organizaciones ecologistas han calificado como un fracaso el resultado de la cumbre, apoyando reducir a la mitad las emisiones de CO2  para 2050. Greenpeace considera que la reunión ha sido “fracaso completo y una total irresponsabilidad. No se ha avanzado nada. El G-8 ha evadido su responsabilidad de adoptar objetivos claros en el mediano plazo; el objetivo de 2050 es lo que se había acordado en Heiligendamm. El panorama para 2050 será una pesadilla, a menos que el mundo abandone el carbón y el petróleo y comience una revolución energética basada en la eficiencia, el ahorro y las energías renovables”.


El último día de la cumbre del G-8, en un desayuno de trabajo, los líderes de los países más desarrollados, reunidos con dirigentes de Angola, Argelia, Egipto, Etiopía, Libia, Nigeria y Sudáfrica, anunciaron un plan para estimular la inversión agrícola y ayudar a las naciones pobres a combatir la inseguridad alimentaria. Se comprometieron a aportar miles de millones de dólares, en tres años, para garantizar el abastecimiento de alimentos en el mundo. El documento dice: “Seguimos profundamente preocupados por la seguridad alimentaria mundial, el impacto de la crisis financiera y económica y la subida de los precios de los alimentos el año pasado, que afecta a los países menos capaces de afrontar el agravamiento del hambre y de la pobreza”. Sin embargo, El presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola advertía que “seguridad alimentaria no es sólo ayuda alimentaria, sino dotar a los pueblos de capacidad para producir comida de manera local y tener acceso a los mercados locales”. Una prueba de lo que, realmente, queda de estas reuniones lo expresaban las organizaciones de ayuda humanitaria y los dirigentes africanos, exigiendo que se cumplan las promesas de ayuda que hicieron en la cumbre de Escocia, hace cuatro años. En aquella reunión, los líderes del G-8 prometieron conceder 50.000 millones de dólares a los países pobres para el año 2010. A cuatro años de esa cumbre, esas organizaciones de ayuda humanitaria advierten que están muy lejos de cumplir esas metas.  Según las Naciones Unidas, el número de personas que pasan hambre severa supera los mil millones. Un 10% más que hace un año.


Tampoco los sindicatos se han mostrado optimistas con respecto al resultado de la cumbre del G-8. La declaración económica, “Un liderazgo responsable para un futuro sostenible”, cubre una amplia variedad de cuestiones, pero sin establecer prioridades, ni plazos, respecto a las medidas que deberían adoptarse para salir de la crisis. La Confederación Sindical Internacional (CSI) ha manifestado su preocupación: “En tanto que el trabajo decente no se considere un objetivo central en la toma de decisiones económicas, persistirán la causas que ocasionaron la actual crisis, y una posible recuperación se verá permanentemente amenazada”. Los días 24 y 25 de septiembre, en Pittsburg (Pennsylvania), se reunirá de nuevo el G-20. El presidente Barack Obama ha invitado a José Luis Rodríguez Zapatero, y, según la vicepresidenta Fernández de la Vega, estaremos en la cumbre del G-20 “por nuestro propio peso económico y la aportación que España esta haciendo en las cumbres internacionales”. ¿Será un nuevo fracaso internacional?