EL GENOCIDIO AFRICANO Y LA AUSENCIA DE APLICACIÓN
DE LOS DERECHOS HUMANOS
Fidel Campo Sánchez
No queremos pensar que el
hombre es malo por naturaleza. Ni que nace bueno y la sociedad lo corrompe,
tesis del egoísta Rousseau en "El buen salvaje". Ni que la envidia es
la causa primera que mueve al ser humano, como infirió el sacerdote Gracián en "El arte de la prudencia". Ni, como
escribió Marvin Harris en su "Antropología General", que el instinto
agita la razón hasta convertir en campo de guerra cada espacio donde un grupo
social comparte los alimentos. Sin televisión, aislado en el hermoso y
despoblado paraíso natural, espiritual y cultural de Lamasón,
quien escribe no piensa que el hombre sea malo, egoísta y envidioso por
naturaleza, ni que si no daña es porque no puede. Al contrario, cree que el ser
humano es capaz de lo mejor, de dar la vida por los demás, solidarizarse con
los necesitados, comprometerse con la justicia, cooperar al hermanamiento
universal allende culturas, clases sociales, poder económico, raza o religión.
Sentimientos de paz, amor y fraternidad, sin embargo, estremecidos con el
terrorismo, el odio entre los hermanos semitas judíos y palestinos, la cruel
dictadura comunista en China o el genocidio del Congo, con los de Ruanda y
Darfur en Sudán olvidado por Occidente.
Según los datos del Vaticano, Amnistía Internacional y Naciones Unidas, y sin
contar los desastres humanitarios de Ruanda, Darfur y otros rincones del
continente negro, los conflictos en la República Democrática
del Congo (antiguo Zaire) elevan las víctimas a casi ocho millones entre los
años 1996 y 2008. La Primera
y la Segunda Guerra
del Congo y el Gobierno de transición suponen doce años de asesinatos
colectivos (el último, hace pocos días, casi cuatrocientas personas quemadas
vivas dentro de la iglesia donde rezaban), éxodos masivos (del máximo riesgo
según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados UNHCR),
violaciones de mujeres y niñas con objetivos racistas, torturas y mutilaciones
a los prisioneros, uso de niños soldados y la destrucción sistemática de
escuelas, hospitales, iglesias y redes de comunicación y energía.
Genocidio en el que los culpables son los mercenarios y sicarios del Frente de
Nacionalistas Integracionistas, Milicias de las Fuerzas Democráticas de
Liberación de Ruanda, Unión de Patriotas Congoleños, Reagrupamiento Congoleño
para la Democracia,
tropas irregulares de Uganda y de Ruanda y otras facciones cuyos pomposos
títulos camuflan a los Señores de la
Guerra al servicio de las multinacionales europeas y
norteamericanas (sobre todo bajo el mandato de Clinton) y de la dictadura
comunista en China empeñada en desestabilizar la zona de los Grandes Lagos. Y
genocidio (en su acepción jurídica internacional de actos cometidos para destruir
parcial o totalmente a un grupo racial, étnico, cultural o religioso) que si en
Ruanda estalló por el odio étnico entre tutsis y hutus,
en el actual Zaire deviene, junto al rencor racial entre hutus,
tutsis, bantús y otras tribus, por una segunda causa:
los beneficios de las multinacionales y potencias del Primer Mundo.
Así, el drama del Congo radica en el control de la producción mineral de oro,
diamantes, cobre, thonio, niobio,
cobalto y estaño y, en especial, de coltan
(abreviatura de colombio-tantalio), utilizado éste en
las ingenierías informática, telefónica y electrónica, y en las industrias
nuclear, química, aerospacial y armamentística, ya que el antiguo Zaire posee
el 80% de las reservas de coltan de la tierra. Como
la agencia de noticias del Vaticano, Zenit, publicó hace unas semanas, "la
crisis humanitaria más olvidada en nuestro planeta es la del Congo" la
cual, citando al jesuita Ferdinand Muhigirwa, no
desea Occidente que finalice, al contrario, busca su prolongación en el tiempo
y en el espacio porque "si la comunidad internacional lo quisiera, la
guerra en la
República Democrática del Congo acabaría en pocos días".
Genocidio cuyo origen "son los minerales de los que se benefician las
empresas mineras y los países extranjeros", poniendo como metáfora cómo
"el teléfono celular (compuesto, como los ordenadores, con coltan) es el ataúd del Congo".
Genocidio del antiguo Zaire denunciado por la Iglesia católica por sus
misioneros, quienes desafían la muerte (más de doscientos sacerdotes y religiosas
heridos de gravedad, torturados o asesinados por los mercenarios) cuando los
demás cooperantes marchan, cesa la protección occidental y ellos se niegan a
abandonar las misiones, hospitales, escuelas e iglesias para defender a
mujeres, niños, enfermos y ancianos del pillaje de los mercenarios
militarizados, siendo, en palabras del teólogo de la liberación Jon Sobrino,
"hasta la muerte testimonios del amor y la paz en África". Genocidio
del Congo combatido, además de por la Iglesia católica, por Amnistía Internacional, el
Tribunal Internacional sobre la
Infancia, el Tribunal Internacional de Rwanda, el Tribunal de
la Haya, el Alto
Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas UNHCR, el Internacional Rescue Committee y numerosos
particulares, a los que con humildad se suman estas líneas con la convicción de
que con la ayuda de todos cada vez que se responda al móvil en sus fibras de coltan no suene la voz de los desheredados de África.
¡Señor, Señor! ¿para cuándo la sociedad que se dice democrática y de los
Derechos Humanos pondrá fin a tanta barbaridad?