Hacia una adecuada gobernanza territorial
Juan
Jesús Ayala
La gobernanza
territorial es una nueva forma de definir la gobernabilidad del territorio
poniendo en rodaje un modelo operativo que abarca a los actores en sus
distintos niveles tanto supranacional, como nacional, regional y local, en los
procesos de decisión a la hora de hacer política. Con ello lo que se pretende
es que la gobernanza de un territorio organice un
consenso en vías de promover soluciones que sean plenamente satisfactorias para
todos los implicados.
Por otra parte, la gobernanza territorial es una dinámica de integración
territorial progresiva pero al mismo tiempo una planificación fragmentada de
reivindicación del lugar, de la identidad, y, sobre todo, el reforzamiento de
los valores ambientales y paisajísticos. Una adecuada gobernanza
será aquella que dé coherencia a las intervenciones teniendo en cuenta las
diferentes visiones deseadas e implantadas desde el propio territorio.
En los planeamientos
territoriales que afectan a los que en él viven, los ayuntamientos deben tener
en cuenta no sólo a los equipos de arquitectos, diseñadores del planeamiento,
muchas veces desde fotografías aéreas no adaptadas a la realidad del momento, a
las decisiones a tomar por el político y la mirada puesta en el territorio por
la especulación de los promotores, sino que no debe dejarse atrás en manera
alguna y alejados de ese planeamiento al que posee el territorio, por llamarlo
de alguna manera, "al dueño de la finca", al vecino cuya voz tendrá
que estar presente al menos con la misma intensidad de decibelios que los
anteriores, y nunca relegado como un testigo mudo de los acontecimientos.
El resultado que se
obtendría de una adecuada gobernanza sería una mejor
visión territorial plenamente compartida sustentada en la identificación y
valorización de la cohesión de todas las partes. Como dicen los expertos,
"la gobernanza territorial es la condición sine quanon para garantizar un desarrollo territorial más
equilibrado y alcanzar el objetivo a través de la participación".
Para ello se requiere
transparencia en los flujos de información que desde los ayuntamientos lleguen
con nitidez al vecino y estimular si hiciera falta su aprendizaje. Con esto, no
dejamos de insistir, lo que se pretende es trascender las rutinas de las
democracias participativas en busca de una ciudadanía más activa y que con ello
no se dificulte y retrasen los objetivos en la planificación auspiciada por los
ayuntamientos porque una participación pública participativa no alarga el
tiempo en la toma de decisiones, dado que un amplio acuerdo presenta menos
barreras de entrada y por ello se lograrán los efectos perseguidos de forma más
rápida.
La participación
pública es un componente fundamental del concepto de gobernanza
y, además, lo que se propugna es la emergencia de una nueva cultura política
que indique la ampliación del derecho al ciudadano a participar con un nuevo
mecanismo más innovador y eficaz. Sin olvidar que la cultura política la
componen las actitudes, las creencias, emociones y los valores de una sociedad
concreta, siempre en relación con los agentes que sobre ella intervienen.
Una adecuada gobernanza territorial sólo se producirá en el espacio de
la confluencia entre los procedimientos, de arriba a abajo, desde los políticos
empeñados y de abajo a arriba, desde la población. Todo el afán debe aparecer
en el mismo proceso, retroalimentándose pero también controlándose mutuamente,
definiendo lo negativo y positivo, censurando e impidiendo resoluciones
descabelladas, hasta suicidas, para el paisaje, la cultura e identidad de un
determinado territorio
Este control mutuo
inherente a una adecuada gobernanza resultado de una
amplia participación es un modelo alternativo al reglamentista y hasta punitivo
que tan pocos resultado ha venido dando. Con él se conseguiría el objetivo fundamental
para lograr una adecuada gobernanza territorial y
teniendo en cuenta que el hombre que habita ese territorio es la especie
fundamental a proteger y que en modo alguno debe ser situado el último de la
fila como un simple convidado de piedra.
En definitiva, el
futuro de los pueblos debe ser el que sus ciudadanos quieran, con todas las
dificultades que esto pueda encerrar. Empecinarse en todo lo contrario es ir
contra corriente, bien con un aplauso medianamente compartido o ante una
negativa totalmente reprobadora.