La Gomera y El Hierro

 

Juan Manuel García Ramos

 

En la historia del Atlántico, que las Canarias en su conjunto han contribuido a escribir desde el mismo nacimiento del concepto oceánico, hay islas que han aportado fechas y siglos decisivos, más allá de cualquier clase de chauvinismo.


Hoy, 6 de septiembre de 2009, se cumplen quinientos diecisiete años desde que Cristóbal Colón partiera desde el puerto de San Sebastián de La Gomera hacia su aventura occidental. Ahí comenzó de verdad su empresa de descubrimiento, pues las Canarias eran ya un territorio conocido para el Viejo Mundo, aunque durante algún tiempo los nuevos escenarios americanos fueron confundidos con nuestros suelos insulares.


El investigador británico Felipe Fernández-Armesto, en su imprescindible libro Colón (1992), nos dice que después del Primer Viaje del almirante genovés, sus descubrimientos fueron considerados en legajos de Castilla e Italia como "Nuevas Islas Canarias", tal era la confusión geográfica de la época. En cualquiera de los casos, y como nos ha gustado decir y escribir siempre, la Historia de la Humanidad, observada desde Europa, está escrita en dos tomos. El primero se extiende desde las civilizaciones originarias hasta el 12 de octubre de 1492. El segundo empieza el día 13 de ese mismo mes y año y llega a nuestros días.

Como ha planteado el antropólogo Claude Lévi-Strauss, para que se diera algo parecido a lo que significó el Descubrimiento de América tendría que revelarse hoy un nuevo planeta habitado de seres pensantes como los pobladores terrenales. Y ese paso decisivo del género humano comenzó realmente en una rada humilde, pero resguardada de temporales y tiempos sures, como fue la de La Gomera de 1492, descrita con precisión por nuestro historiador Antonio Tejera Gaspar en su madurado libro Los cuatro viajes de Colón y las Islas Canarias (1492-1502), donde deja también establecido con objetividad el protagonismo de Gran Canaria en las escalas de la empresa colombina. No terminaremos los canarios de darle la importancia debida a los acontecimientos de los que fuimos protagonistas en la cronología de ese primer abismamiento de Colón en un mar fantasmal que terminó por descuadrar la gran historia de los pueblos del mundo.


Volvamos la vista hacia otro lugar y otro tiempo histórico. Nos referimos a la isla de El Hierro y a su condición de meridiano cero de la esfera terrestre desde Ptolomeo, el astrónomo, geógrafo y matemático egipcio del siglo II de la era cristiana, hasta la convocatoria parisina de cosmógrafos protagonizada por el cardenal Richelieu el 25 de abril de 1634, donde se empezaron a poner las primeras trabas a la referencia herreña debido a intereses políticos inocultables que desembocarían en el reconocimiento de Greenwich en el siglo XIX como meridiano neutral entre las potencias imperiales.


Unas declaraciones de Elfidio Alonso a Francisco Padrón, durante un reportaje de Canal 7 del Atlántico sobre la última Bajada de la Virgen de los Reyes herreña, me hicieron volver días atrás a una lectura no concluida de la ambiciosa novela de Umberto Eco: La isla del día de antes (1994). Como todas las indagaciones narrativas del gran semiólogo italiano, La isla del día de antes es una puesta en escena de erudición del siglo XVII europeo, una novela densa, desmesurada y difícil de penetrar en sus quinientas ochenta y dos páginas en edición de bolsillo.


La historia de Roberto de la Griva, un joven piamontés obligado por el cardenal Mazarino, ya a las órdenes del otro cardenal ilustre, Richelieu, a marchar al Océano Pacífico a descubrir el antimeridiano, o sea, el meridiano ciento ochenta, donde supuestamente se encontrarían las Islas Salomón, ricas en oro y otros atractivos, es la excusa que encuentra Eco para darnos un fresco de la Europa de las naciones en lucha por el dominio de los mares australes y por las riquezas aún por descubrir en esos ámbitos exóticos.


La novela de Eco tiene una importancia razonable en la bibliografía narrativa del profesor y teórico italiano, pero para el lector canario ofrece datos muy jugosos sobre lo que significó la referencia de la Punta de la Orchilla para las navegaciones transoceánicas durante muchos siglos.


En una de los pasajes de La isla del día de antes se argumenta la idoneidad del espacio herreño en estos términos: "Quedaba por definir cuál era el Primer Meridiano. Y el padre Caspar -el religioso que el joven De la Griva encuentra a bordo de la nave Daphne, anclada a una milla de la isla que da título a la novela- reconocía que el de la Isla del Hierro era aún el mejor candidato, visto que, Roberto lo había sabido ya por el doctor Byrd -un agente del almirantazgo inglés en busca también del mencionado meridiano ciento ochenta-, allá la aguja de marear no hace desviaciones, y esa línea pasa por ese punto cercanísimo al Polo, donde más altas son las montañas de hierro. Lo que es, sin duda, signo de estabilidad".


La novela de Umberto Eco esta plagada de citas sobre la realidad herreña de aquellos siglos preenciclopédicos, donde los saberes científicos se matrimoniaban con las creencias religiosas para no desmentirlas definitivamente: "¿Por qué razón dar por buena la tradición de la Isla del Hierro? Se ha de partir del principio de que el padre Caspar habla del Primer Meridiano como de una línea fija establecida por decreto divino desde los días de la Creación". La novela otorga una trascendencia a ese punto fijo de nuestra isla más occidental que nosotros no hemos sabido tampoco rentabilizar como merece.


Quizá falte un gran monumento en esa zona de la isla de El Hierro que recuerde a sus visitantes la alta significación del lugar y una publicación que recoja los muchos testimonios literarios e históricos que mereció el protagonismo cosmográfico de esa referencia ptolemaica, vigente hasta ayer mismo para todos los navegantes del planeta.


Acaso estoy todavía impresionado por la demostración de conocimientos de todo orden expuestos por Umberto Eco en su fábula de Roberto de la Griva, pero al mismo tiempo apenado por la poca seriedad con que nos tomamos asuntos que podrían ser muy rentables para la explotación de un turismo cultural

de nuestras islas atlánticas.


Tenía razón Elfidio Alonso en las palabras pronunciadas ante el micrófono de su compañero de programa, Francisco Padrón, cuando nos alentó a todos los canarios a recorrer algunas novelas de nuestro tiempo donde las Canarias son reconocidas como fundadoras de esa Atlanticidad desbordante de la que tanto dependemos y a la que tanto hemos aportado. Sin chauvinismos gratuitos; con los datos por delante.