Una españolidad inducida

 

Ramón Moreno Castilla

Antes que nada quiero decir que si por haber tenido la percepción de "predicar en el desierto" -dada la descorazonadora pasividad de este pueblo- he permanecido en silencio en todo este tiempo (mi último artículo se publicó en octubre del año pasado[1], mi incontinencia verbal, unida al irrefrenable deseo de desterrar cualquier pensamiento en el sentido de que me hayan callado, hacen que retome, otra vez, mi colaboración en el periódico digital El Guanche que me permite seguir engrosando su lista de colaboradores; deferencia que agradezco públicamente una vez más.

Dicho lo cual, entro ya en materia formulando una pregunta ciertamente capciosa: ¿la explosión de españolidad vivida el pasado domingo en todo el Archipiélago por el logro de la selección española de fútbol, proclamándose brillantemente campeona del mundo en Sudáfrica, obedeció a un "sentimiento patriótico" arraigado en el pueblo canario, o ha sido consecuencia de la inclusión en el combinado español de los paisanos Pedro y Silva? [2a] [2b]

Dando por sentado que este asunto requiere un estudio sociológico en profundidad que desvele las razones y las causas de tanto "fervor patrio", lo que por otra parte, tiene bastante enjundia, desde mi punto de vista, la cuestión está meridianamente clara. El complejo de inferioridad y la absoluta falta de autoestima (elementos consustanciales con el "síndrome del colonizado", patología que padece este pueblo) unidos a la incontenible necesidad de aparentar y sentirse importante, hacen que los canarios asuman un rol ficticio y asimilen conductas y comportamientos externos que para nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia, considerando como propios los éxitos ajenos. ¡Un mimetismo tan absurdo como propio de descerebrados! Es como si este pueblo, a falta de referentes, se agarrara ahora al fútbol como a un clavo ardiendo; tal es el grado de descomposición que sufre nuestra sociedad y la sistemática laminación de nuestras señas de identidad.

A todo ello habría que añadir (y lo digo sin ninguna animadversión) el devastador lumpen que nos rodea, producto de la avalancha de foráneos que se nos ha venido encima, peninsulares incluidos. En este contexto de marginalidad identitaria, los llamados eufemísticamente peninsulares (la península Ibérica comprende tres Estados, a saber: Portugal, España y Andorra) actúan como verdaderos colonos, y son los colaboradores necesarios para perpetuar esa "españolidad inducida"; y que, además, constituyen perfectas correas de transmisión de las tesis y consignas españolistas convenientemente impartidas desde la metrópoli.

No es, pues, un sentimiento banal la enorme frustración que experimentamos los auténticos nacionalistas canarios (nacionalismo viene de nación) al haber contemplado en los telediarios la multitudinaria manifestación cívica celebrada en Barcelona el sábado anterior a la gran final de Johannesburgo, donde la inmensa mayoría del pueblo catalán, perfectamente unido y cohesionado, salió pacíficamente a las calles de la ciudad condal en protesta por la sentencia del Tribunal Constitucional español contraria al texto del Estatuto que había aprobado el Parlamento catalán por mayoría absoluta, y que sería posteriormente refrendado por las Cortes españolas. ¿En qué quedamos?

Es evidente que la confrontación "nacionalismo español" vs. "nacionalismo periférico" es una constante, y sigue latente pese al llamado Estado de las Autonomías. Una lectura en clave político-jurídica de la sentencia del TC español nos lleva a interpretar la misma desde la yuxtaposición de poderes; donde el poder Ejecutivo interviene en los órganos del poder Judicial (los distintos partidos políticos tienen sus cuotas de magistrados afines), y éste menoscaba al poder legislativo, en lo que podría constituir una flagrante injerencia en la decisión soberana del Parlamento de uno de los llamados graciosamente "territorios históricos".

Pero no nos confundamos. En primer lugar hay que constatar, y decirlo claramente, que en España no existe ni por asomo la verdadera y efectiva separación de poderes que propugnara Montesquieu y que, en pura praxis, es obligada en todo Estado de Derecho que se precie; y en segundo lugar, la génesis de este rocambolesco embrollo político-jurídico habría que buscarla antes, en la artificiosa cohesión territorial de España como tal; y después, en la Constitución española de 1978, en la que los ponentes constitucionales acuñaron, sin el menor rubor, el término "nacionalidad" que constituye, como ya he repetido en numerosas ocasiones, una perversión jurídica y una aberración semántica del concepto de nación. De ahí que el Tribunal Constitucional español invoque esa mal traída Carta Magna para afirmar que: "La Constitución no conoce otra Nación que la española"; añadiendo que: "El pueblo español es depositario único de la soberanía nacional".

En cualquier caso, el triunfo histórico -e histérico- de la selección española de fútbol que, pese al varapalo del Alto Tribunal al Estatuto catalán, fue conseguido gracias a los goles de los jugadores del Barça, paradójicamente, le ha venido muy bien al Ejecutivo de Rodríguez Zapatero (y al que hubiese estado gobernando) para distraer la atención de los ciudadanos ante los verdaderos y graves problemas que padece España; y, por extensión e imposición, este territorio de ultramar llamado Canarias. Ya lo advertía en un artículo anterior, a propósito de la gravísima crisis económica y financiera: "O Canarias se sacude cuanto antes el opresor yugo colonial, constituyéndose en un Estado Archipelágico libre y soberano, o España nos arrastrará al abismo".

Total que con esto del Mundial de Sudáfrica he podido observar, con gran estupor, que las masivas y tumultuosas celebraciones por el éxito de "La Roja" han producido toda una "explosión atómica" del fundamentalista nacionalismo español, cuyos efectos colaterales han propiciado que los canarios se hayan vuelto "locos por España". Yo espero y deseo fervientemente que esa paranoia sea tan solo una locura transitoria.

rmorenocastilla@hotmail.com

[1]Una fuerte apuesta de futuro

[2a]Pedro Rodríguez Ledesma

[2b]David Silva

 

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Con la firma de: Ramón Moreno Castilla