Hablando de cultura
Altakay
Ayt Daute
España, aún siendo la octava potencia
mundial de este mundo a medio globalizar, contiene en sus listas un número
considerable de analfabetos. Pero no me refiero a los analfabetos que no sepan
leer y escribir (aunque también los hay) sino a los “analfabetos culturales”,
personas que, aun gozando de los medios necesarios para cultivar el huerto de
materia gris donde son almacenados los conocimientos, no los cultivan.
Increíble manera de romper el karma de otros países donde sus habitantes
matarían por poder estudiar en un sistema educativo público y de calidad, como
muy a grosso modo es el nuestro.
Este analfabetismo cultural atrae males
mayores, donde se puede destacar la equivocación en tanto a la razón, la
educación moral poco menos que insuficiente o los maldecidos por todos los
gobiernos españoles, los fracasos escolares.
Para reconocer este mal cultural hay que
reconocer varios factores: el primero de todos es la falta de conocimientos, es
decir, si alguien da el honor al señor Antonio Gala (con todos mis respetos al
literato) de escribir el Quijote, es que no anda muy puesto en la materia
literaria. Otro factor es el “pasotismo ilustrado” del analfabeto, principal
causa de la incultura, donde se demuestra que en la vida diaria española es más
importante el reconocimiento social por gozar de un buen coche o una buena
fachada corporal que por la conversación que se pueda mantener con el admirado.
El tercer y último factor es el poco interés de superación personal: todo aquel
con afán de saltar obstáculos en forma de página, además de saltarlos, se
sentirá realizado, entre otras cosas, por haber sido capaz de saltarlos.
Expuesto el problema y las causas del mismo,
no hay paso más que ofrecer una solución, una, porque no hay más: lectura,
lectura y más lectura. Alguien no está preparado para abrir las alas de la
conversación sin haberlas cubierto de las plumas de la sabiduría de los clásicos
escritores y de la historia, ciencia siempre latente. Si se intentase abrir
esas alas sin más de un cero en conocimientos, desaparecerían de un plumazo,
pero nos queda la esperanza de que sean como las alas de un fénix: que renazcan
de sus propias cenizas.