Hambre en el Paraíso
Wladimiro
Rodríguez Brito
Pocas veces en la historia de la Humanidad los
acontecimientos sociales y económicos se producen a un ritmo tan acelerado como
lo que ocurre en los tiempos actuales, donde la llamada aldea global y el
bienestar para "todos", en la que hemos soñado un supuesto paraíso,
no se da ni en lo global ni en lo local. Las desigualdades no hacen más que
crecer en los últimos años y la circulación de los capitales y las mercancías y
el levantamiento de barreras de protección están creando situaciones
ambientales y sociales preocupantes en todo el planeta.
Por ello, esta semana
pasada, que se celebró el día contra el hambre en el mundo, se ha puesto de
manifiesto que más de 1.500 millones de seres humanos carecen de lo más
elemental. Sin embargo, la supuesta lucha contra el hambre preveía acabar con
la misma antes de 2020. Nada más lejos de la realidad: el número de personas
que sufren las injusticias y las penurias está en aumento y no en retroceso.
Aquellos que desde el
mundo rico soñaban con la abundancia y las montañas de alimentos y, en
consecuencia, pensaban que dejaría de haber hambre en el mundo, en la que el
principal elemento era homogeneizar ideas, pensamientos y, por supuesto,
circulación de personas y mercancías en todo el planeta, ven que cada día están
naciendo nuevas barreras, nuevas murallas, aunque haya reuniones defensoras del
supuesto del libre comercio, como la Ronda de Doha.
Por ello, lo que está
ocurriendo en nuestra Europa en estos últimos días no deja de ser expresivo. El
señor Sarkozy ha propuesto el día 27 del corriente
más de 1.600 millones de euros de ayuda para los agricultores franceses;
situación que también se ha producido en la fabricación de automóviles en
Alemania, España y Francia. Sin embargo, los agricultores españoles han perdido
en los últimos años más de un 30 por ciento de poder adquisitivo y no reciben
ninguna contrapartida en nombre de la supuesta "libre" competencia
que Sarkozy no respeta al norte de los Pirineos.
Esta situación se
agudiza en Canarias, en la que el agro sigue perdiendo efectivos humanos y
recursos económicos. Y aquellos que nos han dicho que el campo iba a mejorar a
base de la agroquímica, genética y mecanización y supuestas ayudas
comunitarias, cada día nos dejan en la estacada al ver que lo que está
ocurriendo en nuestro medio rural es todo lo contrario. Es más, si los sueños
tecnológicos no resuelven los problemas, aún menos lo harán las relaciones
internacionales en las que en estos momentos están ocurriendo situaciones muy
serias en países como China, India, Japón e incluso Estados Unidos, que siguen
aplicando barreras arancelarias y fitosanitarias a la importación de
determinados productos agrarios.
Por otra parte, se
está dando un nuevo colonialismo en nuestras proximidades con la compra de
suelo agrario. Sólo China ha comprado en los últimos años -después de la crisis
de los alimentos del 2006 y 2007-, y según datos de la FAO (Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) más de 2,7 millones de
hectáreas, principalmente en África, siguiendo a continuación con la compra de
suelo agrícola en países como Corea del Sur, Emiratos Árabes, Arabia Saudí,
etc. Como vemos, el tema de la alimentación en el mundo, y en consecuencia, del
suelo como bien estratégico, está siendo en estos momentos una referencia
básica para el futuro de la Humanidad dados los problemas que se están
generando en la producción de alimentos, más allá de los biocombustibles.
Además, la Europa
comunitaria defensora, supuestamente, del libre cambio -como de hecho ocurre
con las propuestas hacia los plátanos-, está en estos momentos defendiendo
aplicar al calzado de piel importado de China y Vietnam un aumento del 10 al 16
por ciento de los aranceles. Es decir, el proteccionismo está surgiendo
precisamente en los países más ricos o en los emergentes como señalamos
anteriormente. Mientras, en nuestro archipiélago, tanto en el Plan Canarias
como en las últimas enmiendas propuestas en Madrid, apenas tienen en cuenta la
defensa, el cuidado y la potenciación del sector primario. Éste no sólo es
clave para producir alimentos, sino también como mantenedor de un paisaje, de
una cultura y que, sobre todo, evite los incendios dada la maleza que cubre la
mayor parte de las tierras abandonadas.
No es entendible que
se pongan importantes recursos públicos al campo o la industria en la Unión
Europea, y aquí no podamos proteger a los ganaderos y agricultores de las Islas
con aportaciones públicas. Y aún lo es menos que nuestros campesinos tengan
menos protección que los lagartos de Salmor o la
paloma rabiche y que se vean atrapados en una
telaraña de leyes, reglamentos y ordenanzas que apenas les permiten desarrollar
su labor. Estas líneas quieren sumarse, una vez más, a la defensa por un cambio
de actitud social, económica y ambiental hacia el agro y, sobre todo, hacia los
hombres y mujeres que continúan en peligro de extinción si no cambian los
actuales parámetros económicos y sociales hacia el campo y su gente.