Hipótesis de crisis
Juan
Jesús Bermúdez
El diario The Washington
Post, recientemente, analizaba la evolución del empleo en los Estados Unidos,
desde la década de los cuarenta del siglo pasado. Según la publicación, la
primera década del Siglo XXI se estaba saldando, por
primera vez en ese periodo, con un crecimiento neto cero en la generación de
nuevo empleo, tal que durante los últimos años de este comienzo de siglo se
había destruido todo el empleo que se generó en los primeros años del mismo.
Mientras esto ocurre en la primera economía del Mundo
y en buena parte de las del Viejo continente, China e India baten récord de
ventas de vehículos, con índices que han superado los dos dígitos,
incrementando su parque de vehículos por varios enteros en la última década. La
globalización está multiplicando (quizás no seamos muy conscientes de hasta qué
punto) la demanda de recursos y la creación de mercados en todos los
continentes, con la excepción de África que, sin embargo, ha agudizado su
condición de exportadora de materias primas, no solo a Europa y Estados Unidos,
sino ahora también al gigante asiático.
El anuncio reciente por parte de la Agencia de energía
de los EE.UU. de la visualización de un techo temprano de producción de
petróleo en los países de fuera de la Organización de Países exportadores de
petróleo (OPEP) nos hace, aún más, dependientes del crudo de los países del
medio oriente, así como del petróleo y gas rusos, un combustible que será más
caro, porque las reservas que permiten expandir o mantener el volumen de
producción actual se encuentran en lugares aún más alejados que los yacimientos
actuales en explotación, y porque se han incorporado al concurso por los mismos
nuevos países, que también pugnan ya de forma evidente por el crudo de la OPEP.
En un Planeta que cada año incrementa su población en
más de setenta millones de habitantes, están servidas las tensiones por los
recursos, cualquier sector al que éstos pertenezcan, más aún si el modelo a
imitar consiste en el del consumo acelerado de bienes y servicios, y en la
identificación del bienestar y la seguridad con rentas per
capita que siempre tienen que crecer. Los inversores son muy conscientes de
este “nuevo” panorama, y así se refleja en sus boletines de oportunidades de
negocio.
Es preciso no olvidar que, salvo que el Mundo entre en
una depresión generalizada de sus economías, algo quizás menos plausible ante
la multipolaridad económica hoy realmente
existente, la pugna por las materias primas acudirá de nuevo a nuestras
portadas con cada saneamiento financiero que intente corregir ese vicio de la
búsqueda competitiva del valor añadido que parece ser nuestro sino económico. No
se trata tan solo de escaseces en términos absolutos, que haberlas haylas, sino de límites a la insaciable emulación del
intrépido american way
of life que hemos
convertido en santo grial de nuestras aspiraciones vitales.
Por eso conviene hilvanar elementos para otra
hipótesis de crisis que no sea exclusivamente la que atribuye este panorama a
la falta de crédito y tropelías de los cuellos blancos en los parquets bursátiles: quizás eso nos prepare mejor para el
futuro. Tenemos un problema de crecimiento económico, entre otros motivos -razón
que estará más presente en los próximos años- porque cada vez más quieren lo
que cada vez serán menos recursos accesibles (numerosos analistas vinculan esta
reciente crisis con la crisis del petróleo de esos años); y tenemos todavía
otro problema aún mayor: que la cohesión social, entendida como la integración
en el modelo económico de cada vez más habitantes, se estremece con evidente
facilidad cuando, en nuestro modelo económico, no se aumentan los valores
absolutos de producción y consumo, tal es la confianza ciega que teníamos en la
“estabilidad” del crecimiento económico. La crisis, por lo tanto, sería
recurrente en las próximas décadas al ser más complejo mantener el crecimiento
“habitual”, lo que no debiera restar esperanzas para el futuro, de forma
contraria a los que difunden evanescentes mensajes de que únicamente el retorno
al feliz camino de la aceleración exponencial del uso de recursos finitos
generará empleo y “alegría”, algo que contribuye a generar expectativas que
tendrán difícil encaje en los límites planetarios, dando como resultado la
frustración generacional. Quizás sea mejor convivir con esas fronteras, y
procurar acompasar nuestro ritmo económico a esta realidad física, que
pretender emular viejas tradiciones burbujeantes con saldos finales de dudoso
éxito social. En ese sentido, las recetas, nada sencillas por otro lado, deben
pivotar sobre otros parámetros que promuevan valores quizás hoy olvidados, que
primen la cooperación sobre la manida competitividad; el reparto sobre la
división cada vez más desigual de la tarta; la austeridad consciente sobre la
irresponsable carrera hacia los estrangulamientos de modelos imposibles; el
tranquilo optimismo frente a la infantil glotonería como reclamo publicitario
para ser felices.