Por Fructuoso Rodríguez
Me comenta mi amigo Santi, -el de Arafo-, que
cuando hay que llevar a un animal, (ya sea gallina, conejo, cabra, etc.,) al
matadero, lo importante es que mientras haya vivido con nosotros, uno tiene que
haberle dado la mejor calidad posible de vida, haberlo tratado con cariño, bien
alimentado y atendido. Que lo de la cadena alimenticia es sólo circunstancial.
Esa misma
opinión tengo yo de la clase trabajadora.
Como dijo en
su día Jacques Rosseaus, en su libro “el origen de la desigualdad de los
hombres”, “el mal de la humanidad comenzó
el día en que llegó un señor, marcó un territorio como suyo, y los demás se lo
permitieron”.
Desde que la
revolución industrial se consolidó, la clase obrera organizada en sindicatos
logró romper las aparentes barreras de la esclavitud, -que no las reales-, los
trabajadores han -hemos- vivido una especie de mundo imaginario, donde la
realidad ha quedado oculta a los ojos de la mayoría, y hemos creído que el
mundo que se abría ante nuestros ojos era el mundo del bienestar general. Que
se oyesen gritos desgarradores provenientes del mal llamado “tercer mundo”, no
era asunto nuestro; “nosotros no teníamos culpa de haber nacido en el
hemisferio rico del planeta”.
Visto desde
la óptica de mi amigo Santi, estábamos en el momento de la vida placentera, del
pastar “libremente” por el campo, sin percibir los alambres de púas que
delimitan el espacio por donde nos dejan “pastar”.
Durante este
periodo, surgen voces que alertan sobre lo peligroso de la situación, que no
debemos comportarnos como borregos mansos, sino como lobos tribales que se
deben defender ante la amenaza seria del “matadero”. Sin embargo los borregos
están satisfechos con el trato recibido, pueden tener TV a color, viajar y hacer
turismo, coches de gama alta, buenas viviendas, etc. Cierto es que notan la
presencia de los perros de pastoreo, (hay quien los llama sindicalistas), que
corren ladrando a su alrededor delimitando perfectamente los límites de
“convivencia”, pero los borregos se sienten satisfecho con el estilo de vida
permitido y se quedan “pastando” tranquilamente.
Cuando surgen
las voces alertando del peligro de la situación, los borregos los descalifican
llamándolos “radicales”, “inadaptados”, o locos.
Hoy en día,
la crisis nos ha sacado del verde campo, y nos ha colocado en el corral que nos
lleva al matadero; los despidos masivos lejos de remitir aumentan a un ritmo
realmente alarmante. No sabemos en quien confiar, desde luego no en los perros
de pastoreo, pero los borregos contemplan con ojos inexpresivos que el verde
campo, la tarjeta de crédito, las vacaciones anuales, el apartamento en la
playa, etc. etc., se desvanecen.
Los que se
sienten “lobos”, saben que ya no es momento de tratar de salvar a la mayoría,
sino de reagruparse en la manada y estar a la expectativa. Los que delimitaron
el terreno apropiándose de lo que es de todos tienen “nuevos” planes. Los lobos
tienen que tumbárselos, o sucumbir en el intento.