Ideologías
Juan Manuel
García Ramos
Decía alguien que la proclamación de la
muerte de las ideologías es por sí misma una ideología, y una ideología
bastante sospechosa.
Me han asombrado, de manera especial, las últimas declaraciones del enfant terrible del actual socialismo
francés, Manuel Valls, alcalde de Evry, parlamentario
y dirigente del PSF.
Sostiene Valls que pensar hoy en otro tipo de sociedad que no sea la capitalista
carece de sentido, pues tras la caída del muro de Berlín y el desprestigio
definitivo del modelo comunista, la izquierda europea se quedó sin discurso
frente a la economía liberal.
Según Valls, su partido tiene que transformarse en algo ajeno al socialismo,
aunque conservando las preocupaciones por las desigualdades sociales y la fe en
el Estado para corregirlas.
¿Habla con sinceridad ideológica Valls, o, simplemente, está proponiendo una
sesión de cosmética y de marketing para su desorientada organización
política?
¿No está empezando a suceder en el Partido Socialista Francés lo que ya tuvo
lugar en Italia tras la caída de Bettino Craxi y la ruina moral del Partido Socialista Italiano?
Francia siempre ha sido un país exportador de intelectualismos, desde su
Revolución de 1789, inspirada por
¿Ahora exporta nihilismo socialista a través de uno de sus dirigentes políticos
más aguerridos y futuro rival del pragmático Sarkozy?
Con sus declaraciones, Manuel Valls le ha dado la razón a la tesis ya algo
extinguida de Francis Fukuyama, quien nos advirtió en 1989 del final no sólo de
la historia, sino, o más bien, del final de la rivalidad entre el socialismo y
el capitalismo. El paso del tiempo le ha venido a dar la razón al teórico
estadounidense.
Las palabras de Manuel Valls sobre el futuro del socialismo francés vienen a
demostrarnos que, al menos en el mundo occidental al que pertenecemos, no hay
más cera que la que arde y las estatalizaciones
económicas y los partidos únicos de los viejos regímenes comunistas se han
convertido en la bicha de la historia más reciente. Aunque algunas repúblicas
hispanoamericanas estén contemplando esas viejas maneras de poder totalitario
como modelos de conducirse en pleno siglo XXI. El
ejemplo de Hugo Chávez y de algunos jefes de Estado seguidores del presidente
venezolano, nos ha retrotraído a aquella fe en lo colectivo que abrazaron los
regímenes soviéticos de la primera hora del siglo XX
con todo el cinismo del que fueron capaces.
El socialismo occidental ha acabado por acusar también la debacle del viejo
comunismo, pero, como sostiene Valls, todavía puede distinguirse de la derecha
europea por su sensibilidad ante las desigualdades sociales y su fe en el
Estado para corregir esas desigualdades. Al menos, eso es lo que creen ellos.
En
Pero no es el caso. Es todo lo contrario. Las últimas cifras de la contabilidad
estatal española durante el primer semestre de 2009, de la contaduría del
Gobierno de Zapatero, nos hablan de números rojos de 38.607 millones de euros,
de casi el 3,70% del Producto Interior Bruto, todo ello debido a que a lo largo
de ese medio año se dieron unos ingresos de unos 47.233 millones de euros
frente a unos pagos de 85.840 millones de euros. No hablemos de la merma temeraria,
durante el mismo semestre, del superávit de
Miradas así las cosas, ya ni siquiera estaríamos hablando de sensibilidades
sociales por parte de un partido político como el PSOE, sino del ejercicio de
la simple y torpe demagogia de poder. De una demagogia sin límites, cuya
actuación de remate sería la tan cacareada nueva financiación autonómica, con
trato a Cataluña como nacionalidad de élite frente a los restantes dieciséis
territorios autónomos del Estado.
Yo a esto no le veo ni pies ni cabeza y mi sentido de la economía me dice que
el Estado español no puede seguir en este rumbo por mucho tiempo. La salida de
Pedro Solbes del Gobierno de Zapatero fue la última
oportunidad perdida para entrar en razones, en cierta lógica de gobernabilidad
económica. La nave de las cuentas del Estado ha vagado, desde ese momento, en
una zozobra permanente, en un barloventeo imparable. Los resultados de ese
principio de naufragio acaban de facilitárnoslos los medios de comunicación
esta semana. Los números rojos de
Con la tesorería que contemplamos, el socialismo español en el poder no puede
persistir en su política pirotécnica, porque nos abocará a todos al fracaso más
estrepitoso. Un buen día faltará el dinero para las nóminas de los funcionarios
y para el pago de las pensiones y entonces estaremos a las puertas de la
próxima Revolución Francesa. No se puede hacer vida de rico cuando el dinero no
existe, y ésa es la vida que ha querido hacer el Ejecutivo de Zapatero durante
su mandato y pico. Una sostenida huida hacia delante de la que ya se espantan
hasta sus allegados: Solbes, el primero, Almunia
advirtiendo desde su comisaría europea, Felipe González, Alfonso Guerra...
Ya no estamos hablando de socialismo, ni siquiera de viejo o nuevo socialismo,
estamos hablando de chafalmejismo, de disparates, del
escapo hoy y ya veré mañana.
A Zapatero se le ha puesto cara de "yo no fui", y mi teoría es que
cualquier noche de estas avisa a su familia, prepara sus maletas, apaga las
luces de
Por si fuera poco, la crisis económica europea y extraeuropea, en el exterior,
y el renacimiento de una ETA agónica y cada vez más errática, en el interior,
añaden más caos al caos preexistente.
El poder hay que ejercerlo a partir del conocimiento de la realidad cambiante.
Pero cuando esa realidad presenta aristas tan punzantes, el poder entra en una
suerte de mal de sambito y las ideologías que lo respaldaban desembocan en la
alcantarilla de turno. Poco a poco la historia se lleva por delante muchas de
las creaciones del hombre, incluso las creaciones políticas llamadas ideologías.