Lo importante es leer
Juan
Jesús Ayala
Si se pretende
estructurar la personalidad y dotarla de juicio propio no podemos eludir que
uno de los caminos que hay que recorrer como fundamental para conseguir esa
meta es la lectura y, sobre todo, el libro.
El libro es necesario.
Sin su disciplina, sin su ruptura con la rutina y sin su diaria presencia
revoloteando en los vericuetos del cerebro seremos inoperantes, estaremos
insonorizados y deambulando como seres tristemente apagados en una vida sórdida
y plena de penumbra.
Del libro se habla
pero no lo suficiente, y de él lo importante es que se lea y se piense. Y no
sólo se comente. Un libro que resbala, que no se trata y se conduce hacia la
reflexión y meditación es inservible. Se aleja de su imprescindible cometido
cual es prestar un servicio a la inteligencia para que ésta no se anquilose,
continúe siendo juvenil, airosa, suspicaz e interesada por todo aquello que el
mundo nos ofrece. Y no sólo desde la crudeza de una realidad lacerante, sino
también desde la tibieza de la fantasía.
La fantasía a veces es
más necesaria que la crueldad del día a día; la fantasía escapa del mito y nos
traduce cuestiones insospechadas y que por medio de su mano llegamos a
descifrar.
¿Leemos lo suficiente?
¿Cuál es la cantidad necesaria para que, a través de la lectura, se pueda tener
una cosmovisión de las cuestiones y situarse en un plano halagador consigo
mismo dado que la lectura forma y ennoblece la mente? ¿Es lo mismo leer
cualquier libro, sea de ensayo, filosofía, literatura o las banalidades que por
ahí circulan bajo el nombre de este o aquel subterfugio?
Creo que todo es
literatura. Desde el lenguaje hermenéutico de la filosofía se puede llegar a la
placidez como cualquier obra literaria llana y sin circunloquios despistantes e indescifrables; así como desde los renglones
ordenados y justos del ensayo se llega también a la redondez de las letras
capaces de dar luz y sosiego y hasta despertar la inquietud del mismo que los
escribe.
Por tanto, cualquier
libro que se acerque a nuestras manos, hasta los malditos, tienen abierta la
espita del asombro, la inquietud de brincar por encima de las rutinas
establecidas y la magia de insospechadas aventuras y devaneos mentales.
Lo importante es leer.
Que el libro no permanezca de adorno en anaqueles y bibliotecas y se
desempolve, que se vuelvan sus páginas hacia atrás una y mil veces, que se
repiensen sus postulados, y si no queremos dañar nuestras miserias no importa,
con él también se tiene el recurso de transitar por la fabulación, por lo
fantástico.
Se calcula que si
leemos un libro a la semana desde los 10 hasta los 80 años habremos leído 3.600
libros. Si esto es así habrá que decir que leemos más bien poco. Si es que nos
atenemos a la cantidad. Pero si es la calidad lo que nos seduce, no tendremos
que llegar a esa meta porque hay que pensar que muchas de las cuestiones que
nos tropezamos en la lectura ya estaban escritas, vienen de viejo, de los
clásicos, que prácticamente han dicho todo. Se darán vueltas y más vueltas a
esto o aquello, pero desde la visión de aquellos que observaron los fenómenos
naturales y los vericuetos del pensamiento poco se ha
avanzado. Pero hay que leer, no cabe duda.
Si durante nuestra
vida somos capaces de leer esos 3.600 libros seguramente habremos dado un paso
de gigante hacia el encuentro de nosotros mismos. Y ello marca y determina.
Pero si nuestro tiempo de ocio y que podemos dedicar a lectura lo ocupamos con
la televisión y las banalidades seguramente estaremos en el camino del fracaso
como seres que debemos desplegar y desentumecer el pensamiento.
¿Leer para qué?
Seguramente eso se preguntarán algunos. Pues para eso,
para diferenciarnos, para establecer una marca y con esos 3.600 libros podremos
llegar a convencernos de que lo más dignificante que tiene el ser humano, si es
que presumimos de ello, es la reflexión y el pensamiento, y si es a través de
la lectura, mejor.
Leer es importante y
con el libro en las manos habremos descubierto los vericuetos del inconsciente,
que capacita para comprender al de al lado que, absorto en las memeces del momento, no se entera sino de lo que oye, de lo
que se le dice y que, de continuar así, de espaldas al libro puede ser moneda
de cambio en cualquier momento.