El Filibusterismo

de

José Rizal  

(II)  

 

Estrategia y tácticas de los independentistas

 

(Pags, 46 a 54)  

 

... y como yo, tiene usted cuentas que arreglar con la sociedad; su hermanito fue asesinado, a su madre la han vuelto loca, y la sociedad no ha perseguido ni al asesino ni al verdugo. Usted y yo pertenecemos a los sedientos de justicia, y, en vez de destruirnos, debemos ayudarnos. Simoun se detuvo ahogando un suspiro y después continuó lentamente con la mirada vaga.

- Sí, yo soy aquel que ha venido hace trece años enfermo y miserable para rendir el último tributo a un alma grande, noble que ha querido morir por mí. Víctima de un sistema viciado he vagado por el mundo, trabajando noche y día para amasar una fortuna y llevar a cabo mi plan. Ahora he vuelto para destruir ese sistema, precipitar su corrupción, empujarle al abismo al que corre insensato, aun cuando tuviese que emplear oleadas de lágrimas y sangre... Se ha condenado, lo está y no quiero morir sin verle antes hecho trizas en el fondo del precipicio!

   Y Simoun extendía ambos brazos hacia la tierra como si con aquel movimiento quisiese mantener allí los restos destrozados. Su voz había adquirido un timbre siniestro, lúgubre que hacía estremecerse al estudiante.

- Llamado por los vicios de los que las gobiernan, he vuelto a estas islas y, bajo la capa del comerciante, he recorrido los pueblos. Con mi oro me he abierto camino y donde quiera he visto a la codicia bajo las formas mas execrables, ya hipócrita, ya impúdica, ya cruel, cebarse en un organismo muerto como un buitre en un cadáver, y me he preguntado ¿por qué no fermentaba en sus entrañas la ponzoña, la ptomaína, el veneno de las tumbas, para matar a la asquerosa ave? El cadáver se dejaba destrozar, el buitre se hartaba de carne, y como no me era posible darle la vida para que se volviese contra su verdugo, y como la corrupción venía lentamente, he atizado la codicia, la he favorecido, las injusticias y los abusos se multiplicaron; he fomentado el crimen, los actos de crueldad, para que el pueblo se acostumbrase a la idea de la muerte; he mantenido la zozobra para que huyendo de ella se buscase una solución cualquiera; he puesto trabas al comercio para que empobrecido el país y reducido a la miseria ya nada pudiese temer; he instigado ambiciones para empobrecer el tesoro, y no bastándome esto para despertar un levan­tamiento popular, he herido al pueblo en su fibra mas sensible, he hecho que el buitre mismo insultase al mismo cadáver que le daba la vida y lo corrompiese... Mas, cuando iba a conseguir que de la suprema podredumbre, de la suprema basura, mezcla de tantos productos asquerosos fermente el veneno, cuando la codicia exacerbada, en su atontamiento se daba prisa por apoderarse de cuanto le venía a la mano como una vieja sorprendida por el incendio, he aquí que vosotros surgís con gritos de españolismo, con cantos de confianza en el Gobierno, en lo que no ha de venir; he aquí que una carne palpitante de calor y vida, pura, joven, lozana, vibrante en sangre, en entusiasmo, brota de repente para ofrecerse de nuevo como fresco alimento... ¡Ah, la juventud siempre inexperta y soñadora, siempre corriendo tras las mariposas y las flores! Os ligáis para con vuestros esfuerzos unir vuestra patria a la España con guirnaldas de rosas cuando en realidad forjáis cadenas más duras que el diamante! Pedís igualdad de derechos, españolización de vuestras costumbres y no veis que lo que pedís es la muerte, la destrucción de vuestra nacionalidad, la aniquilación de vuestra patria, la consa­gración de la tiranía! ¿Qué seréis en lo futuro? Pueblo sin carácter, nación sin libertad; todo en vosotros será pres­tado hasta los mismos defectos. Pedís españolización y no palidecéis de vergüenza cuando os la niegan! Y aunque os la concedieran ¿qué queréis? qué vais a ganar? Cuando mas feliz, país de pronunciamientos, país de guerras civiles, república de rapaces y descontentos como algunas repúblicas de la América de Sur! ¿A qué venís ahora con vuestra enseñanza del castel­lano, pretensión que sería ridícula si no fuese de conse­cuencias deplorables? Queréis añadir un idioma mas a los cuarenta y tantos que se hablan en las islas para entenderos cada vez menos!...

- Al contrario, repuso Basilio; si el conocimiento del castellano nos puede unir al gobierno, en cambio puede unir también a todas las islas entre sí!

- ¡Error craso! interrumpió Simoun; os dejáis engañar por grandes palabras y nunca vais al fondo de las cosas a examinar los efectos en sus últimas manifestaciones. El español nunca será lenguaje general en el país, el pueblo nunca lo hablara porque para las concepciones de su cerebro y los sentimientos de su corazón no tiene frases ese idioma: cada pueblo tiene el suyo, como tiene su manera de sentir. ¿Qué vais a conseguir con el castellano, los pocos que lo habéis de hablar? Matar vuestra originalidad, subordinar vuestros pensamientos a otros cerebros y en vez de haceros libres haceros verdadera­mente esclavos! Nueve por diez de los que os presumís de ilustrados, sois renegados de vuestra patria. El que de entre vosotros habla ese idioma, descuida de tal manera el suyo que ni lo escribe ni lo entiende y ¡cuantos he visto yo que afectan no saber de ello una sola palabra! Por fortuna tenéis un gobierno imbécil. Mientras la Rusia para esclavizar a la Polonia le impone el ruso, mientras la Alemania prohíbe el francés en las provincias conquistadas, vuestro gobierno pugna por conservaros el vuestro y vosotros en cambio, pueblo maravilloso bajo un gobierno increíble, vosotros os esforzáis en despojaros de vuestra nacionalidad! Uno y otro os olvidáis de que mientras un pueblo conserve su idioma, conserva la prenda de su libertad, corno el hombre su independencia mientras conserva su manera de pensar. El idioma es el pensamiento de los pueblos. Felizmente vuestra independencia esta asegu­rada: las pasiones humanas velan por ella!...

Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La luna se levantaba y enviaba su débil claridad de luna menguante al través de las ramas. Con los cabellos blancos y las facciones duras, iluminadas de abajo arriba por la luz de la lámpara, parecía el joyero el espíritu fatídico del bosque meditando algo siniestro. Basilio, silencioso ante tan duros reproches, escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó:

- Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado noches enteras de angustia porque comprendía que entre esa juven­tud había inteligencias y corazones excepcionales sacrificán­dose por una causa que creían buena, cuando en realidad trabajaban contra su país... Cuantas veces he querido dirigirme a vosotros, desenmascararme y desengañaros, pero en vista de la fama que disfruto, mis palabras se habrían interpretado mal y acaso habrían tenido efecto contraprodu­cente... Cuantas veces he querido acercarme a vuestro Makaraig, a vuestro Isagani; a veces pensé en su muerte, quise destruirlos...

Detúvose Simoun.

- He aquí la razón por qué le dejo a usted vivir, Basilio, y me expongo a que por una imprudencia cualquiera me delate un día... Usted sabe quien soy, sabe lo mucho que he debido sufrir, cree en mí; usted no es el vulgo que ve en el joyero Simoun al traficante que impulsa a las autoridades a que cometan abusos para que los agraviados le compren alhajas... Yo soy el Juez que quiero castigar a un sistema valiéndome de sus propios crímenes, hacerle la guerra hala­gándole... Necesito que usted me ayude, que use de su influencia en la juventud para combatir esos insensatos deseos de españolismo, de asimilación, de igualdad de derechos... Por ese camino se llega a lo más a ser mala copia, y el pueblo debe mirar más alto! Locura es tratar de influir en la manera de pensar de los gobernantes; tienen su plan trazado, tienen la venda puesta, y, sobre perder el tiempo inútilmente, engañáis al pueblo con vanas esperanzas y con­tribuís a doblar su cuello ante el tirano. Lo que debéis hacer es aprovecharos de sus preocupaciones para aplicarlas a vuestra utilidad. No quieren asimilaros al pueblo español? Pues, enhorabuena! distinguíos entonces delineando vuestro propio carácter, tratad de fundar los cimientos de la patria filipina. . ¿No quieren daros esperanzas? Enhorabuena! no esperéis en él, esperad en vosotros y trabajad. Os niegan la representación en sus Cortes? Tanto mejor! Aun cuando consigáis enviar diputados elegidos a vuestro gusto, ¿qué vais a hacer en ellas sino ahogaros entre tantas voces y sancionar con vuestra presencia los abusos y faltas que después se come­tan? Mientras menos derechos reconozcan en vosotros, mas tendréis después para sacudir el yugo y devolverles mal por mal. Si no quieren enseñaros su idioma, cultivad el vuestro extendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y en vez de tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nación, en vez de pensamientos subordinados, pensamientos independientes, a fin de que ni por los derechos, ni por las costumbres, ni por el lenguaje el español se considere aquí como en su casa, ni sea considerado por el pueblo como nacional, sino siempre como invasor, como extranjero, y tarde ó temprano tendréis vuestra libertad. He aquí por qué quiero que usted viva!

Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitado de encima y respondió después de una breve pausa:

— Señor, el honor que usted me hace confiándome sus planes es demasiado grande para que yo no le sea franco y le diga que lo que me exige está por encima de mis fuerzas Yo no hago política, y si he firmado la petición para la ense­ñanza del castellano ha sido porque en ello veía un bien para los estudios y nada más. Mi destino es otro, mi aspiración se reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.

El joyero se sonrió.

— ¿Qué son las dolencias físicas comparadas con las dolen­cias morales? preguntó; ¿qué es la muerte de un hombre ante la muerte de una sociedad? Un día usted será tal vez un gran médico si le dejan curar en paz; pero más grande será todavía aquel que infunda nueva vida en este pueblo anémico! Usted ¿qué hace por el país que le dio el ser, que le da la vida y le procura los conocimientos? No sabe usted que es inútil la vida que no se consagra á una idea grande? Es un pedruzco per­dido en el campo sin formar parte de ningún edificio.

— No, no señor, contestó Basilio modestamente; yo no me cruzo de brazos, yo trabajo como todos trabajan para levantar de las ruinas del pasado un pueblo cuyos individuos sean solidarios y cada uno de los cuales sienta en sí mismo la conciencia y la vida de la totalidad. Pero, por entusiasta que nuestra generación sea comprendemos que en la gran fábrica social debe existir la subdivisión del trabajo; he escogida mi tarea y me dedico á la ciencia.

— La ciencia no es el fin del hombre, observó Simoun.

— A ella tienden las naciones más cultas.

— Sí, pero como un medio para buscar su felicidad.

— La ciencia es más eterna, es más humana, más universal! replicó el joven en un trasporte de entusiasmo Dentro de algunos siglos cuando la humanidad esté ilustrada y redimida, cuanda ya no haya razas, cuando todos los pueblos sean libres, cuando no haya tiranos ni esclavos, colonias ni metró­polis, cuando rija una justicia y el hombre sea ciudadano del mundo, solo quedará el culto de la ciencia, la palabra patrio­tismo sonará á fanatismo, y al que alardea entonces de virtudes patrióticas le encerrarán sin duda como aun enfermo peligroso, á un perturbador de la armonía social.

Simoun se sonrió tristemente.

— Sí, sí, dijo sacudiendo la cabeza, mas, para que llegue ese estado es menester que no haya pueblos tiranos ni pueblos esclavos, es menester que el nombre sea á donde vaya libre, sepa respetar en el derecho de cualquiera el de  su   propia individualidad, y para esto hay que verter primero mucha sangre, se impone la lucha como necesaria... Para vencer al antiguo fanatismo que oprimía las conciencias fue menester que muchos pereciesen en las hogueras para que, horrorizada la conciencia social, declarase libre á la conciencia individual. Es menester también que todos respondan á la pregunta que cada día les dirige la patria cuando les tiende las manos enca­denadas! El patriotismo solo puede ser crimen en los pueblos opresores porque entonces será la rapiña bautizada con un hermoso nombre, pero por perfecta que pueda ser la humanidad el patriotismo será siempre virtud en los pueblos oprimidos porque significará en todo tiempo amor á la justicia, á la liber­tad, á la dignidad misma. Nada pues de sueños quiméricos, nada de idilios mujeriles! La grandeza del hombre no está en anticiparse á su siglo, cosa imposible por demás, sino en adivi­nar sus deseos, responder á sus necesidades y guiarle á marchar adelante. Los genios que el vulgo cree se han adelantado al suyo, solo aparecen así porque el que los juzga los ve desde muy lejos, ó toma por siglo la cola en que marchan los reza­gados!

Simoun se calló. Viendo que no conseguía despertar el entusiasmo en aquella alma fría, acudió á otro argumento, y preguntó cambiando de tono:

— Y por la memoria de su madre y de su hermano, qué hace usted? Basta venir aquí cada año y llorar como una mujer sobre una tumba?

Y se rió burlonamente.

El tiró dio en el blanco; Basilio se inmutó y avanzó un paso.

— ¿Qué quiere usted que haga? preguntó con ira. Sin medios, sin posición social ¿he de obtener justicia contra sus verdugos? Sería otra víctima y me estrellaría como un pedazo de vidrio lanzado contra una roca. ¡Ah, hace usted mal en recor­dármelo porque es tocar inútilmente una llaga!

— Y si yo le ofrezco á usted mi apoyo?

Basilio sacudió la cabeza y se quedó pensativo.

—. ¡Todas las reivindicaciones de la justicia, todas las ven­ganzas déla tierra no harán revivir un solo cabello de mi madre, refrescar una sonrisa en los labios de mi hermano! Que duer­man en paz... Qué he de sacar aun cuando me vengase?

— Evitar que otros sufran lo que usted ha sufrido, que en lo futuro haya hijos asesinados y madres forzadas á la locura. La resignación no siempre es virtud, es crimen cuando alienta tiranías: no hay déspotas donde no hay esclavos. Ay! el hombre es de suyo tan malo que siempre abusa cuando en­cuentra complacientes. Como usted pensaba yo también y sabe cual fue mi suerte. Los que han causado su desgracia le vigilan día y noche; sospechan que usted acecha un mo­mento oportuno; interpretan su afán de saber, su amor al estudio, su tranquilidad misma por ardientes deseos de ven­ganza... El día en que puedan deshacerse de usted lo harán como lo hicieron conmigo y no le dejarán crecer porque le temen y le odian!

— ¿Odiarme á mí? odiarme todavía después del mal que me han hecho? preguntó el joven sorprendido. Simoun soltó una carcajada.

— Es natural en el hombre odiar á aquellos á quienes ha agraviado, decía Tácito confirmando el qttos laserunt et oderuni de Séneca. Cuando usted quiera medir los agravios ó los bienes que un pueblo hace á otro, no tiene más que ver si le odia o le ama. Y así se explica el por qué algunos que aquí se han enriquecido desde los altos puestos que desempeñaron, vueltos á la Península se deshacen en injurias y en insultos contra los que fueron sus víctimas. Propriwn humani ingenii est odisse quem Iceseris!

Pero si el mundo es grande, si uno les deja gozar tranqui­lamente del poder... si no pido más que trabajar, que me dejen vivir...

— ¡Y criar hijos pacíficos para irlos después á someter al yugo, continuó Simoun remedando cruelmente la voz de Basilio. ¡Valiente porvenir les prepara usted, y le han de agra­decer una vida de humillaciones y sufrimientos! ¡Enhorabuena, joven! Cuando un cuerpo está inerte, inútil es galvanizarlo. Veinte años de esclavitud continua, de humillación sistemática, de postración constante llegan á crear en el alma una joroba que no lo ha de enderezar el trabajo de un día. Los sentimientos buenos ó malos se heredan y se trasmiten de padres á hijos. Vivan pues sus ideas idílicas, vivan los sueños del esclavo que solo pide un poco de estopa con que envolver la cadena para que suene menos y no le ulcere la piel! Usted aspira á un pequeño hogar con alguna comodidad; una mujer y un puñado de arroz: he ahí el hombre ideal en Filipinas! Bien; si se lo dan, considérese afortunado.

Basilio, acostumbrado á obedecer y á sufrir los caprichos y el mal humor de Cpn. Tiago y subyugado por Simoun que se le aparecía terrible y siniestro destacándose de un fondo teñido en lágrimas y sangre, trataba de explicarse diciendo que no se consideraba con aptitudes para mezclarse en la política, que no tenía opinión alguna porque no había estudiado la cuestión pero que siempre estaba dispuesto á prestar sus ser­vicios el día en que se los exigiesen, que por el momento solo veía una necesidad, la ilustración del pueblo etc., etc. Simoun le cortó la palabra con un gesto y como pronto iba á amanecer, dijo:

— Joven, no le recomiendo á usted que guarde mi secreto porque sé que la discreción es una de sus buenas cualidades, y aunque usted me quisiere vender, el joyero Simoun, el amigo de las autoridades y de las corporaciones religiosas merecerá siempre más crédito que el estudiante Basilio sos­pechoso ya de filibusterismo por lo mismo que siendo indígena se señala y se distingue, y porque en la carrera que sigue se encontrará con poderosos rivales. Con todo aunque usted no ha respondido á mis esperanzas, el día en que cambie de opinión, búsqueme en mi casa de la Escolta y le serviré de buena voluntad.

Basilio dio brevemente las gracias y se alejó.

— ¿Me habré equivocado de clave? murmuró Simoun al encontrarse solo; es que duda de mí ó medita tan en secreto el plan de su venganza que teme confiarlo á la misma soledad de la noche? O será que los años de servidumbre han apagado en su corazón todo sentimiento humano y solo quedan las ten­dencias animales de vivir y reproducirse? En este caso el molde estaría deforme y hay que volverlo á fundir... La hecatombe se impone pues; perezcan los ineptos y sobrevivan los más fuertes!

Y añadió lúgubremente como si se dirigiese á alguien:

— Tened paciencia, vosotros que me habéis legado un nombre y un hogar, tened paciencia! Uno y otro los he perdido, patria, porvenir, bienestar, vuestras mismas tumbas... pero tened paciencia! Y tú, espíritu noble, alma grandiosa, cora­zón magnánimo que has vivido para un solo pensamiento y has sacrificado tu vida sin contar con la gratitud ni la admira­ción de nadie, ten paciencia, ten paciencia! Los medios de que me valgo no serán tal vez los tuyos, pero son los mas breves.... El día se acerca y cuando brille iré yo mismo á anunciároslo á vosotros. ¡Tened paciencia!

 

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Continuará...