PAISAJE CANARIO
Concejal
faltón
JUAN ARANCIBIA
Hace unos días leí unas declaraciones de
un edil santacrucero en las que, además de despotricar contra los españoles,
arremetía contra una figura señera de nuestra historia. ¿Sabe este edil que nos
falta el respeto a muchos de los que pagamos su suculento sueldo? Debería ser
más cuidadoso con lo que dice. Es un concejal faltón, especialmente a la
verdad. Habla de matanzas durante la conquista de la isla por los castellanos,
con una contundencia que parece que se trata de un versado investigador, pero
me han asegurado quienes le conocen que de eso nada de nada. Pues bien, entre
los causantes de tantas muertes cita al general Weyler,
que fue capitán general de Canarias a partir de 1879. ¡Ya me dirán!
Pudo ser un error de interpretación del entrevistador, pero no creo que fueran
errores las calificaciones que dedica al general Weyler.
No tiene ni idea de lo que opina.
Le informo que Weyler ascendió a teniente general a
los cuarenta años y fue designado capitán general de Canarias. Y que fue él
quien tuvo la iniciativa de construir en muy poco tiempo el Palacio de
En Cuba hizo lo que debía: intentar ganar la guerra. No convenía así a los
yanquis y le organizaron una difamatoria campaña de prensa como pocas veces se
ha dado en el mundo. Lo cesaron y regresó a España, donde fue hasta su
fallecimiento un personaje muy respetado. Antes de insultar hay que estudiar.
Publicado en el
Diario de Avisos, 07-01-2009
Otras
opiniones y reseñas sobre Valeriano Weyler
(Juzgue
el lector por sí mismo)
* * *
WEYLER: PLAZA Y
POLÍTICA EN CUBA
Por Miguel Leal Cruz*
Es lamentable que
durante el pasado mes de enero, en bárbaro e incivil acto, unos canarios,
presuntamente "gamberros", hayan dañado en parte la fuente de mármol
de Carrara, hoy nuevamente restaurada, erigida en
homenaje al general español Valeriano Weyler en la
céntrica plaza santacrucera que lleva su nombre. Este militar fue Capitán
General de Canarias bajo cuyo mando se construyó el Palacio de Capitanía
situado junto a la citada plaza, con pocos costos por magnífica organización
laboral pero con el esfuerzo de soldados, mayoritariamente canarios, que
aportaban prestaciones de trabajo gratis a cambio de permisos para visitar sus
pueblos y así poder ayudar a la familia en las tareas agrícolas.
Posteriormente, nuestro ilustre militar, fue también el máximo responsable en
la jefatura del ejército y gobierno de
Pero, ¿conocen los
tinerfeños ( y canarios en general ) alguna de las facetas de su personalidad,
así como la actuación en la referida isla caribeña del general Valeriano Weyler y Nicolau, premiado con un marquesado que lleva el
nombre de Tenerife concedido a propuesta de un grupo social santacrucero, no el
más representativo del momento?
Que sepamos no tiene
ninguna otra plaza o calle dedicada a su memoria en ninguna otra ciudad
española incluida Barcelona, salvo, obviamente, en Palma de Mallorca donde
nació. Tampoco, por supuesto, en Cuba o Filipinas, lugares donde prestó
relevantes servicios militares.
Rememoramos cómo,
durante aquella guerra cubana, a fines del siglo XIX,
de nefasto recuerdo para muchos los canarios alistados que regaron con su
sangre los campos de la isla antillana, el general Arsenio Martínez Campos con
máximo mando del ejército español, como quiera que intuye la pérdida de la isla
dimite y termina siendo sustituido en el gobierno y jefatura del ejército por
otro general que también conocía Cuba, el mismo Weyler
quien asume las riendas del mando supremo el 12 de febrero de 1896 en breve
acto de toma de posesión en
Con táctica netamente
militar intenta cambiar, por todos los medios, el signo adverso de los
acontecimientos, aplicando nuevos métodos, considerados bárbaros, contra los
insurrectos y elementos no adictos a la causa española llegando a su punto
culminante en el bando de reconcentración firmado, pero que tiene efecto mucho
después de su toma de posesión, el 21 de octubre del mismo año, al ver clara la
concomitancia entre población civil con rebeldes y piratas yanquis.
Siguiendo al
periodista norteamericano Philips Foner, quien para
aquellas fechas nos dice que: "... del millón seis cientos mil habitantes
que aproximadamente había en Cuba cuando empezó esta guerra, unos doscientas
mil eran españoles, quinientos mil negros o mulatos, unos ochocientos mil
blancos cubanos o criollos mestizos y un número no determinado de chinos,
jamaicanos, haitianos y otros. Los españoles, con alguna notable excepción en
especial dentro del clero, se mantenían fieles a España y en contra de la
revolución de los cubanos. Los negros, con excepciones puntuales, estaban
unidos con entusiasmo para apoyar a los rebeldes bajo promesa de abolición de
la esclavitud, y por que intuían que al final triunfaría la rebelión contra
España... Esperaban que bajo el nuevo régimen tendrían condiciones muy
similares a las de la vecina república de Haití... soñaban con una Cuba
libre".
En cuanto a los
cubanos considerados blancos, los menos, se hallaban divididos, si bien la
mayoría más pobre apoyaba la revolución junto con los negros". Sin
embargo, los que tenían propiedades, posición y riqueza de algún tipo, se
opusieron más claramente a la revolución. Temían por el futuro de Cuba y de su
"status" económico, considerando que sólo estarían a salvo bajo el
dominio español a pesar de controversias y signos de tibieza producto de la
discriminación llevada a cabo por la administración colonial a lo largo de los
últimos años.
Todo este cúmulo de
circunstancias motiva medida de aislamiento y reconcentración de la población
civil rural en los poblados, sin la cual era imposible su control.
Evidentemente su aplicación exhaustiva suscitó la crítica desde el mismo campo
rebelde y sobre todo de la prensa yanqui-norteamericana, sesgada, parcial e interesada
en el asunto.
Estas crueles órdenes,
a decir del propio nieto del general, Weyler y Puga,
extraídos de documentación inédita, "fueron necesario poner en práctica
debido a la actuación terrorista de los insurrectos, que arrasaban los campos y
sus cultivos sin importarles la subsistencia de la población civil con mayoría
de ancianos, mujeres y niños, ya inmersos en la miseria de la guerra".
Esta medida despertó
contra Weyler odio y sobre todo
"intranquilidad" para los insurrectos que tenían más dificultades
para recibir informes, abastecimiento y ayuda del interior y también del
exterior, toda vez que los buques contrabandistas no tenían los puntos de apoyo
a que estaban acostumbrados. Weyler fue achacado de
cruel y despiadado, pero esta táctica surtió efecto en el curso de la guerra a
pesar de la injusticia que representaba. El mismo general, en sus
desplazamientos, conocía "in situ" el inevitable mal causado ..., dice su nieto: ..."tenía ocasión de ver a
los viejos, mujeres y niños desolados ... se le encogía el alma, pero sabía que
sus disposiciones eran necesarias para acortar la guerra y sus inherentes
miserias. Cuántas veces, entristecido, se le oía musitar entre dientes, es
lamentable, es terrible, pero es necesario(.
Al principio las zonas
de confinamiento guardaban un eficaz funcionamiento en base a la sanidad,
vivienda, agua y otros requerimientos necesarios, siempre que las condiciones
lo permitieran. Había parcelas de terreno próximas a las áreas protegidas con
el fin de que fueran cultivadas por los concentrados para su propia
subsistencia. Más tarde, teniendo en cuenta que Weyler
puso poco interés en que sus órdenes se cumplieran, según apunta Foner, no había suficientes facilidades para los pobres
campesinos y sus familias que eran, en cada vez mayor número, conducidos a las
superpobladas ciudades, donde eran eficientemente controlados.
Desde sus inicios esta
medida tenía por sí que ocasionar problemas y así leemos en el artículo de
"El País", periódico de Sancti Spíritus, 5 de abril de 1896, cuando comenzaba a ponerse en
práctica ..."en los últimos pocos días se han sucedido a intervalos de
segundos cuadros de desesperación presentados por las gentes que entra en las
ciudades...La situación de esta gente va a ser siempre difícil desde todos los
puntos de vista y más en este distrito militar a causa de una medida que
obedece a una orden superior, que prohíbe plantar maíz y plantaina y que
también atañerá al azúcar de caña, que tiene una doble utilidad, las hojas como
pienso para el ganado y el tronco para fabricar azúcar... limitación que si se
tiene en cuenta que el más alejado fuerte está justo a las afueras de la ciudad
y que el número de gente de campo confinada en ella es grande".
Incluso la propia
prensa cubana y pro-española avisaban que estas
disposiciones eran demasiado imprecisas y difíciles de llevar a cabo con cierto
orden, y que la tragedia de los campesinos se veía venir. Pero este aviso fue
ignorado tanto por los funcionarios españoles como por las autoridades de las
ciudades donde habrían de reconcentrarse estas masas. El resultado pronto se
hizo evidente, por la falta de subsistencias, precaria desde antes de la
llegada de estos contingentes humanos. Los más pudientes, llenos de humanidad
unos, se dispusieron a auxiliar a los concentrados, pero hubo otros que los
culpaban y por tanto eran merecedores de su propia suerte, ya que con la ayuda
a los rebeldes habían prolongado el conflicto armado.
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WEYLER: SU
MONUMENTO, PLAZA Y POLÍTICA EN CUBA (2)
La situación, para el
general Weyler, se complicaba a medida que avanzaba
la guerra cubana. Los sufrimientos y calamidades de la población civil
reconcentrada aumentaban en la irregular forma de vida hacinados en barracones,
almacenes o refugios abandonados, durmiendo a veces en patios o resquicios de
puertas y accesos, sin la más ligera protección contra los elementos,
especialmente grave para ancianos, mujeres y niños, que morían continuamente.
Entre mayo y junio de
1897, momento en que teóricamente el curso de la guerra en lo militar lo
controlaba Weyler, Willian
J. Calhoun, efectuó un estudio "in situ", en varias ciudades de la
zona central de Cuba. El día 22 de junio escribió, refiriéndose a las
concentraciones en las afueras de Matanzas: "...entré en las chozas, hablé
con las gentes y vi pruebas de privaciones y
sufrimientos que hicieron sangrar mi corazón por las pobres criaturas...Vi niños con miembros hinchados y aspecto hidrópico que se
debía al hambre... Es poco práctico detenerse ante el triste cuadro. En mi
opinión si la actual política continúa dará por resultado la extinción gradual,
pero cierta, de estas gentes. He hablado con muchos desinteresados y sin
prejuicios de diferentes partes de la isla y todos han contado la misma
historia de sufrimiento y muerte por parte de los desvalidos
reconcentrados..."
El ocho de noviembre
de 1897, ya cesado Weyler, tras los acontecimientos
de carácter político que siguen al asesinato de Cánovas
del Castillo un mes antes, el director de
Reiteramos que la
prensa y opinión norteamericanos eran parte interesada en estas
acontecimientos, y cuyos resultados fueron la destitución de Weyler, la concesión de una autonomía, que no sirvió de
nada, y por último la declaración de guerra y ocupación efectiva de la isla por
fuerzas de ese país.
En el estado de guerra
que se mantenía en Cuba, es obvio reconocer que las condiciones de los
concentrados eran pésimas y su supervivencia dependía principalmente de ellos
mismos. Poco podían esperar del gobierno o mandos españoles. La comida se
suministraba irregularmente y consistía en los sobrantes de las guarniciones
militares o lo que los mismos reconcentrados pudieran recopilar. Miles de
personas extenuadas, enfermas y muriendo se movían como fantasmas por las calles
de las ciudades y pueblos donde se hallaban, por cumplimiento de las medidas, a
la búsqueda de limosnas y recogiendo migajas de españoles y extranjeros y
muriendo con frecuencia en las aceras. Siguiendo a Foner,
las chicas jóvenes se vendían a los soldados españoles y a los civiles por un
trozo de pan, alguna medicina o ropa, por otra parte común a cualquier guerra o
catástrofe. Es de suponer que los concentrados conseguirían salvoconductos que
les permitieran legalmente desplazarse por las zonas agrícolas a la búsqueda de
comida, organizados en brigadas, y sorteando los lugares más conflictivos de la
guerra. El soborno jugaba un importante papel en el tratamiento de aquellos que
dispusieran de algún "bien" considerado de utilidad, y los funcionarios
españoles, oficiales de baja graduación y comerciantes del mercado negro,
harían negocios abasteciendo a los reconcentrados con más solvencia, a cambio
de los objetos de valor u otros servicios.
Es difícil determinar
con certeza la cantidad de personas reagrupadas como consecuencia de las
órdenes dictadas por Weyler. Stephen Bonsal, agudo observador norteamericano a decir de Foner y al que también alude el historiador cubano José
Manuel Cabrera, nos aporta datos difícilmente cuantificables, por carecerse de
fuentes fidedignas. Estimaba para diciembre de 1896 unos cuatrocientos mil
cubanos no combatientes que catalogaba como reconcentrados en lugares escogidos
o no con ese objetivo, pero en todo caso considerados como destino para
"servir a una política de exterminación". Otras fuentes yanquis
sitúan el número de concentrados entre 500 mil y 600 mil cubanos.
Igualmente son
diversas las estimaciones sobre el número de fallecidos en estas
concentraciones, difícil de cuantificar toda vez que no se llevaban registros
de los muertos y sus causas. Carlos M Trelles y Govín,
historiador cubano, afirma que por estas causas murieron " no menos de
Es evidente que una
política bélica seguida por nuestro general en jefe, nunca constituye una
solución ideal, al menos en el momento avanzado de la guerra en la que fue
dispuesta. No hizo más que exacerbar los ánimos de aquellos que combatían con
el ideal de
Valeriano Weyler, una vez regresado de Cuba, volvió a desempeñar
importantes cargos militares, actuando contundentemente en el levantamiento
civil que tuvo lugar en Barcelona en 1909, la conocida Semana Trágica, contra
la guerra de África, y murió en Madrid a una edad próxima al siglo de
existencia, que explica la excelente salud de que siempre hizo gala, habiendo
llegado por ascenso escalafonal al máximo grado de
Capitán General. Escribió "Mi mando en Cuba", tratando de justificar
su actuación militar en aquella Isla, al tiempo que acallar la crítica a su
gestión durante su mando.
* Lic. En Historia y en Periodismo.
[Periódico digital El Guanche]
* * *
De
En 1878, a la edad de 40
años es nombrado Teniente General por sus servicios a la corona
durante la última de las Guerras
Carlistas. Estuvo al frente de las capitanías generales de Canarias, Cataluña, Vascongadas
y Baleares.
En 1883 obtiene el
nombramiento de Capitán General de Filipinas,
permaneciendo en el cargo hasta 1891.
Nombrado por Real Orden de 15 de Marzo de
1888, acude a un territorio extenso y de difíciles comunicaciones, con régimen
de monopolio. Hasta la década de 1830, la única comunicación era el galeón
de Acapulco.[2]
La presencia española en tan lejanas tierras fue
siempre escasa. Apenas unas pocas de sus más de siete mil islas fueron ocupadas
efectivamente.[3] Los
recursos de la administración civil y militar no superaron en ningún momento,
en circunstancias normales, la cifra de unos cuantos cientos de funcionarios y
soldados y unas ridículas dotaciones presupuestarias.
Emilio de Diego, pág. 144
Nombrado capitán general de Cuba en febrero de 1896 por Cánovas del
Castillo, sustituyó al general Martínez-Campos, con órdenes de zanjar
los intentos independentistas por la fuerza de las armas. En el breve período
de tiempo que ocupó esta capitanía general no consiguió frenar el avance de los
independentistas, y por el contrario le granjeó a España la
enemistad de la opinión pública de los Estados
Unidos, ya que ordenó el encierro forzoso a la población rural del
occidente cubano en campos de reconcentración, hecho conocido en la historia
como
La proclama que daba
inicio a la reconcentración decía:
1. Todos los habitantes de las zonas rurales o de las
áreas exteriores a la línea de ciudades fortificadas, serán concentrados dentro
de las ciudades ocupadas por las tropas en el plazo de ocho días. Todo aquel
que desobedezca esta orden o que sea encontrado fuera de las zonas prescritas,
será considerado rebelde y juzgado como tal.
2. Queda absolutamente prohibido, sin permiso de la
autoridad militar del punto de partida, sacar productos alimenticios de las
ciudades y trasladarlos a otras, por mar o por tierra. Los violadores de estas
normas serán juzgados y condenados en calidad de colaboradores de los rebeldes.
3. Se ordena a los propietarios de cabezas de ganado
que las conduzcan a las ciudades o sus alrededores, donde pueden recibir la
protección adecuada.
El plan de Weyler, al alejar a los campesinos de sus tierras, resultó
en la pérdida de las cosechas, provocando una hambruna generalizada, que unida
a las enfermedades provocadas por las pésimas condiciones de salubridad en los
campos, terminaron diezmando a la población. La situación se complicaba a
medida que avanzaba la guerra. Los sufrimientos y calamidades aumentaban por la
irregular forma de vida en barracones, almacenes o refugios abandonados,
durmiendo en patios o a la intemperie, en condiciones higiénicas deplorables, y
sin acceso suficiente a alimentos.
Es difícil determinar
con certeza la cantidad de personas reagrupadas como consecuencia de las
órdenes dictadas por Weyler. Se estima que para
diciembre de 1896 unos cuatrocientos mil cubanos no combatientes se catalogaban
como reconcentrados en lugares escogidos o no con ese objetivo. Más difícil aún
es establecer las cifras exactas de fallecidos, pero se estima que entre 750.000
y 1.000.000 de cubanos murieron en los campos de concentración creados por
Valeriano Weyler, aunque algunas fuentes más
conservadoras establecen la cifra en algo más de 300.000. Aún antes de
terminada la guerra cubana, los muertos caídos en el campo de batalla, por las
enfermedades y la reconcentración decretada por Weyler,
ascendían aproximadamente a la tercera parte de la población rural de Cuba.
La reconcentración
acabó hacia marzo de 1898, en pro de la nueva
política pacifista propiciada por el general Ramón Blanco y Erenas
e impuesta por las circunstancias.
Sobre Cuba pesaba la enorme fatiga de casi cuatro años
de lucha y el cansancio acumulado de
Moreno Fraginals, págs. 338–339
Fue retirado de Cuba
en octubre de 1897,
cuando Sagasta sustituyó al asesinado Cánovas. Pero el mal ya estaba hecho, y la prensa
norteamericana de Hearst y Pulitzer
reclamaban a gritos la intervención americana en Cuba, presuntamente para
acabar con la «matanza de civiles».Con el pretexto de que el Maine habia sido hundido por una mina Española, Estados Unidos
declaro la guerra a España,la guerra terminó con una
victoria estadounidense que llevó a la perdida de Cuba
En 1909, siendo capitán
general de Cataluña,
reprimió con dureza las protestas y altercados durante la Semana
Trágica de Barcelona.
Ministro de Guerra en
tres ocasiones, simultaneado en una de ellas con el Ministerio de Marina, fue Senador vitalicio por designación real. Se opuso a
La concentración de
poblaciones en lugares determinados, las trochas y otras innovaciones;
inicialmente aplicadas durante
[Wilipedia]