Latinoamérica:
la guerra que se viene. ¿Un nuevo Medio Oriente?
Marcelo
Colussi
¿Suenan tambores de guerra en
Latinoamérica? Definitivamente: sí. La amenaza es doble, y en un sentido
novedosa: el militarismo estadounidense está en su punto máximo (factor ya
conocido desde hace un siglo), a lo que se agrega una carrera armamentista en
que han entrado los países de la región, lo cual sí es nuevo, desconocido en
épocas pasadas. En relación a la presencia de la potencia del Norte, eso no es
novedad. Pero sí lo son las hipótesis de conflicto con posibilidades reales de
consumación que empiezan a desarrollarse entre algunas naciones. Lo patético es
que, en este segundo punto, ningún latinoamericano podría decir por qué sucede.
Más aún: América Latina es, desde las guerras independentistas de principios
del siglo XIX, una región relativamente libre de
conflictos armados, por lo que una guerra en estos territorios no obedece, al
menos en principio, a ninguna lógica histórica. Lo cual debería llevar a
preguntar por las causas de una eventual conflagración. No hay dudas, entonces,
que allí se juega alguna agenda oculta. Y más aún: una agenda que no se
corresponde para nada con los intereses reales de las sociedades del área. Como
dijo alguna vez el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel: “salvo
Estados Unidos, ningún país tiene un proyecto consistente para la región.
Aunque, claro está, ese proyecto no es precisamente el que necesitamos los
latinoamericanos”. Se aplica cabalmente aquí aquello de “nuestra
ignorancia fue planificada por una gran sabiduría”.
Si hay guerra,
o sería una guerra popular de defensa de intereses nacionales contra una
invasión de una potencia extra-regional (una invasión estadounidense) o,
eventualmente, una guerra entre países vecinos, que no sería en modo alguno una
guerra de los latinoamericanos. Sería, en todo caso, un enfrentamiento donde
las poblaciones y sus dirigencias actuarían como piezas de un rompecabezas
armado desde fuera. Y quien las movería no sería otra que la clase dirigente de
la gran potencia del Norte –por supuesto, a través de la administración
gubernamental de turno–, dueña y señora de lo que
considera su patio trasero: los países al sur del Río Bravo.
Felizmente para
los latinoamericanos, durante los alrededor de dos siglos de vida independiente
terminada la colonia lusitano-española, fuera de la fratricida guerra del
Paraguay que dejó sumido a este país en una miseria de la que no se pudo
recuperar hasta el día de hoy, en términos generales no ha sido una constante
la guerra entre Estados. Y los conflictos armados que se han dado –que, por
supuesto, los hubo, como la guerra del Pacífico (entre Chile y Bolivia) o la
guerra del Chaco (entre Bolivia y Paraguay)– no marcan
a fuego la historia de la región como sí sucede, por ejemplo, en el continente
africano, o en el Medio Oriente, regiones abatidas por las guerras
interestatales que responden a las lógicas de dominación de potencias
extra-regionales y donde las poblaciones locales sólo ponen muertos sobre
muertos.
¿Se encamina Latinoamérica a alguno de
estos escenarios de guerra interestatal? No está descartado.
Desde la puesta en práctica de la
Doctrina Monroe –“América para los americanos”– todo el subcontinente
latinoamericano fue el reservorio de materia prima y mano de obra barata para
la expansión económica de Washington, así como un mercado cautivo para sus
productos industriales. Eso no ha cambiado al día de hoy sino que, por el
contrario, se va intensificando. Ante el no muy lejano agotamiento de las
reservas petrolíferas propias y de otros puntos del planeta, contando además
con que su modelo de producción y consumo se centra en forma escandalosa en el
despilfarro de oro negro, a lo que se suma el también próximo agotamiento de
las fuentes de agua dulce, y ante la imperiosa necesidad de materias primas tomadas
de la biodiversidad de las selvas tropicales que alimentan las industrias
farmacéuticas y de la ingeniería genética y otros minerales cada vez más
imprescindibles para las nuevas tecnologías que el imperio desarrolla,
Latinoamérica aparece como el proveedor natural de todo esto en la lógica de
dominación de la Casa Blanca. Petróleo, agua dulce y biodiversidad son los
elementos que mueven la voracidad de la política exterior de Estados Unidos.
Lamentablemente para los latinoamericanos,
esta zona es pródiga en todo ello. Por eso es que asistimos a una presencia
militar estadounidense como nunca antes. Este nuevo reposicionamiento
estratégico de bases militares estadounidenses por toda la región
latinoamericana como no había pasado en el transcurso del siglo XX otorga a la potencia dominante una capacidad de acción
casi absoluta. A partir de este rediseño, toda la zona al sur de su frontera es
un virtual teatro de operaciones, y los diversos planes en juego –Puebla-Panamá
y Mérida (para México y Centroamérica), Patriota (antes llamado Colombia, el
principal punto de referencia en el subcontinente), Dignidad (para atender toda
la región amazónica), la renacida IV Flota
custodiando las aguas oceánicas– más la cohorte de
instalaciones militares fijas que ha desplegado por la región, evidencian que
Washington toma muy en serio a su patio trasero. Lo “toma en serio”, claro
está, desde el punto de vista de su estrategia de control; es decir: se hace
evidente que no está dispuesto a perderlo ni a tolerar molestos movimientos
contestatarios que cuestionen su hegemonía.
Es claro, también, que todos estos
dispositivos militares no son sólo parte de un mecanismo de control y
espionaje: son operativos y están listos para actuar si las circunstancias lo
requieren. Para eso necesita ir adentrándose más y más en territorios
latinoamericanos, haciendo “natural” su presencia. Y es lo que justifica la
otra faceta de la militarización: un ariete local que le permita sentirse dueño
de la región. En esa lógica, ahí está Colombia, el nuevo matón del barrio,
jugando el mismo papel que juega el Estado de Israel en el Medio Oriente. De la
mano con ello van las hipótesis de guerras locales; de ahí que no es la primera
vez que ya se dice que “comienzan a escucharse tambores de guerra”. Todo
indicaría que algo se está preparando. Pero, como dijo el citado Premio Nobel, “no
es precisamente lo que necesitamos los latinoamericanos”.
Podría decirse que el final del siglo XX y los inicios del XXI
encuentran a las clases dirigentes latinoamericanas más unidas que en otros
épocas. El proyecto del MERCOSUR aparece como la iniciativa integracionista más
seria hasta el momento –más aún que el ALBA, lamentablemente–
tras todos los años de desunión y desencuentros que signaron la historia
regional. Con el liderazgo económico y político de Brasil ya afianzado en la
zona, nada indicaría guerra en el horizonte. ¿Por qué, entonces, tantos
aprestos bélicos? ¿Por qué esta militarización inusitada para el área, además
de las bases estadounidenses propiamente dichas? ¿Por qué esta compra acelerada
de armamentos de alta tecnología que se está dando?
Hay que ver bien lo que ello significa: hoy
día ningún país de Latinoamérica deja de tener gobiernos “democráticos”, al
menos para los moldes de la ideología dominante, que entiende “democracia” como
un ejercicio puramente formal, basado casi con exclusividad en el voto cada
cierto período de tiempo. Desde esos criterios –y salvo Cuba, según los mismos esquemas– toda el área goza de “democracias” políticas,
habiéndose dejado en el pasado las dictaduras militares. Formalmente es así,
pero el balance de poderes para el campo popular no ha variado un ápice. Sin
gobiernos militares, las condiciones de vida de las grandes mayorías están peor
que algunos años atrás. Hoy por hoy no se viven climas militares en el ámbito
político; terminaron las guerras sucias contra los grupos insurgentes y las
respectivas fuerzas armadas volvieron a sus cuarteles. La militarización, en
todo caso, no viene desde dentro, con Doctrinas de Seguridad Nacional e
hipótesis de enemigo interno, como en el acmé de la Guerra Fría. Ahora la
militarización la impone el imperio en su nuevo diseño de geoestrategia
hemisférica. Si suenan tambores de guerra, son los de Washington y sus tropas.
Pero los tiempos cambian, y luego del
trauma de Vietnam el imperio ya no quiere desembarcar sus propios soldados. Si
lo hace, es bajo otras circunstancias como en Irak y Afganistán, donde se
libran otro tipo de guerra, basadas fundamentalmente en la capacidad técnica de
control (que, dicho sea de paso, no asegura el triunfo final, tal como estamos
viendo esta derrota en cámara lenta que va sufriendo Estados Unidos). De ahí la
nueva parafernalia tecnológica en juego: guerras inteligentes, guerras
electrónicas, mecanismos de espionaje hiper
sofisticados. En todo caso en Latinoamérica se podría repetir el modelo del
Medio Oriente: una potencia regional armada hasta los dientes (allá Israel,
aquí Colombia), que juega el papel de gendarme de los intereses del país del
Norte, evitando la masiva presencia directa de tropas estadounidenses en el
terreno. Los muertos, de más está decirlo, los ponen las sociedades locales.
Además, la antigua fórmula maquiavélica de “divide y reinarás” sigue
absolutamente vigente y operativa. Las guerras –verdad vieja como el mundo– desunen, y alguien saca provecho de eso. Para el
caso, no es otro que el proyecto de dominación imperialista el beneficiado,
quizá con alguna oligarquía local que logre acomodarse al esquema.
Ahora bien, la militarización a que
asistimos tiene características especiales, inéditas incluso: estamos ante un
crecimiento de bases estadounidenses con tecnologías de punta como nunca, que
sirven en principio para el control y el espionaje, y si fuera necesario, para
el despliegue de fuerzas de intervención directa. Pero si ello se complementa
con las nuevas hipótesis de conflicto que barren el área: hay un nuevo polo
militar que crea desbalance regional, y se llama Colombia.
La verdadera amenaza a la paz en
Latinoamérica no proviene del “militarista” y “castro-comunista” Hugo Chávez,
como las usinas mediáticas de la derecha internacional quieren fijar en tanto
matriz global de opinión. “Chávez llama a las armas”, “Tambores
de guerra desde Venezuela” y artilugios por el estilo no son sino distractores que desenfocan el verdadero problema en
ciernes. “Colombia debe tomar con toda seriedad la que constituye la más
grave amenaza a su seguridad en más de siete décadas pues esta proviene de un
Presidente que, además, es de formación militar. La razón es que cada vez son
mayores las posibilidades de una provocación que puede ir desde un incidente
fronterizo hasta un ataque contra instalaciones civiles o militares en Colombia”,
pudo leerse en el editorial del periódico “El Tiempo”, de Bogotá, el pasado 15
de noviembre. Suena tan descabellado como la comunicación del otrora presidente
estadounidense Ronald Reagan cuando aseguró que los sandinistas estaban listos
para atacar Texas. ¿Qué hay detrás de todo este clima pre-bélico?
–y sabemos que las guerras empiezan, ante todo, por la desinformación. Su
primera víctima siempre es la verdad–. La posibilidad
real y concreta de desatar guerras en la región está presente; guerras que sólo
traerán más desgracias a los latinoamericanos que pondrán el cuerpo (los
pobres, naturalmente, la población civil de a pie), guerras que hacen parte de
la estrategia de control hemisférico de Washington, el verdadero beneficiado
con estos eventuales conflictos. Guerras que, como comienzan a delinear las
usinas mediáticas formadoras de la opinión pública, ya aparecen como hipótesis.
¿Marchamos inexorablemente hacia ellas?
En este nuevo rompecabezas regional,
Colombia juega un papel clave. De ahí la necesidad para los poderes dominantes
que Álvaro Uribe siga siendo su presidente. Quizá con un nuevo mandatario en
las próximas elecciones el plan maestro no se alteraría, pero sí implicaría
nuevas recomposiciones, por lo que para la lógica del imperio está bien un
tercer período presidencial del actual jefe de Estado, con lo que se reafirma
la hipocresía en juego, porque cuando de la reelección de Hugo Chávez se trata,
la “prensa libre” del mundo pone el grito en el cielo, pero con el actual mandatario
neogranadino, no.
Colombia es vital en este nuevo esquema
militar de Washington por cuanto pasa a ser la principal avanzada de Estados
Unidos en territorio latinoamericano, vital para controlar sus intereses. Sin
dudas la oligarquía colombiana también se beneficia de esto, si no, no podría
ceder su territorio de la manera casi indigna que lo hace (no hay que olvidar
sus aspiraciones de siempre a controlar las reservas de hidrocarburos del lago
de Maracaibo y las manipuladas pretensiones independentistas del estado Zulia,
en Venezuela, en concordancia con esos intereses). ¿Qué puede esperarse de esta
remilitarización que sufre el país sudamericano?
Cualquier cosa. Por supuesto, lo que menos puede esperarse es un real combate a
la producción de estupefacientes y a su tráfico; esa es una de las patas en que
se asienta todo el complejo mecanismo del capitalismo mafioso que domina la
escena a nivel mundial, con paraísos fiscales intocables y capital financiero
transnacional marcando el ritmo. Pero en todo caso, amparándose en un discurso
que pretendidamente combate al narcotráfico, la militarización en marcha puede
disparar nuevas guerras locales, favorables en definitiva a la estrategia
global de Washington y a sus aliados locales. Lo que el citado editorial dice
puede ser un probable escenario en el mediano plazo.
Por lo pronto, y para hacer evidente lo
antipopular y peligroso de la nueva situación que se va configurando en el
continente, debe destacarse que el reciente acuerdo militar entre los gobiernos
de Estados Unidos y Colombia –denominado en forma pomposa como “Acuerdo para la
Cooperación y Asistencia Técnica en Defensa y Seguridad”, pero que en realidad
no es sino una base de operaciones estadounidense con absoluta impunidad y
fuera de todo control colombiano– se suscribió en un
marco de gran secretividad, a espaldas de toda
formalidad democrática. De hecho, se firmó en un acto a puerta cerrada en la
sede de la cancillería en Bogotá a las 7 de la mañana.
Si se prefirió eso y no la masividad de un acto público con amplia presencia de
la prensa, ello ya indica una actitud: se cede alegremente la soberanía
nacional para una fuerza extranjera, pero se hace a escondidas.
Como dijera
el ex canciller argentino Guido Di Tella: “relaciones
carnales” con el big brother (eufemismo por decir en buen criollo: “bajada
de pantalones”, con todo lo que conlleva la sexista metáfora en juego). Para
muestra, véanse cualquiera de los artículos del acuerdo, por ejemplo, el número
IV: “Acceso, uso y propiedad de las instalaciones y
ubicaciones convenidas”: “Las autoridades de Colombia, sin cobro de alquiler ni
costos parecidos, permitirán a Estados Unidos el acceso y uso de las
instalaciones y ubicaciones convenidas y a las servidumbres y derechos de paso
sobre bienes de propiedad de Colombia que sean necesarios para llevar a cabo
las actividades dentro del marco del presente Acuerdo, incluida la construcción
convenida”. O el número VI: “Pago de tarifas y otros cargos”:
“Las aeronaves de Estado de Estados Unidos, cuando se encuentren en el
territorio de Colombia, no estarán sujetas al pago de derechos, incluidos los
de navegación aérea, sobrevuelo, aterrizaje y parqueo en rampa. Los buques de
Estado de Estados Unidos recibirán el mismo tratamiento y privilegios que los
buques de guerra, y en consecuencia no estarán sujetos al pago de tasas de
señalización marítima y fondeo. Estados Unidos pagará las tarifas establecidas
en los puertos concesionados por los servicios solicitados y recibidos de las
empresas comerciales. […]… de conformidad con el
derecho consuetudinario internacional y la práctica, las aeronaves y buques de
Estado de Estados Unidos no se someterán a abordaje e inspección”.
De acuerdo a ese convenio, la ahora nada
soberana República de Colombia cede a las fuerzas estadounidenses el uso de
siete puntos estratégicos de operaciones dentro de su territorio: Malambo, sede
del Comando Aéreo N° 3, Cartagena, con su base naval,
Tolemaida, del ejército, Bahía Málaga, base naval en
el Pacífico, Larandia, también perteneciente al
ejército, Palanquero, del Comando Aéreo N°1 y Apiay, sede del Comando Aéreo N°
2. El equipo
extranjero será altamente
sofisticado: aviones C-17 y Orión C-3, especiales para el espionaje electrónico
y considerados poco funcionales para combatir a la guerrilla o al narcotráfico, ideales, en todo
caso, para operaciones quirúrgicas como la desarrollada en enero del 2008
contra el segundo comandante de las FARC colombianas, que fuera detectado y
bombardeado en territorio ecuatoriano, en plena selva.
De acuerdo a un documento del Departamento de la Fuerza Aérea del
Departamento de Defensa de Estados Unidos, “la intención es utilizar la
infraestructura existente […] mejorar la capacidad de Estados Unidos
para responder rápidamente a una crisis y asegurar el acceso regional y la
presencia estadounidense [con lo que se] garantiza el acceso a todo el
continente de Suramérica con la excepción de Cabo de Hornos. [Esto] nos
da una oportunidad única para las operaciones de espectro completo en una sub-región crítica en nuestro hemisferio, donde la
seguridad y estabilidad están bajo amenaza constante de las insurgencias
terroristas financiadas por el narcotráfico, los gobiernos anti-estadounidenses,
la pobreza endémica y los frecuentes desastres naturales”.
Si bien es cierto que Estados Unidos no es
ya la super potencia hegemónica con supremacía global
como lo fue apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, pues su situación
económica comienza a resquebrajarse, muy lejos está aún de perder su lugar y
desbarrancarse como imperio. En todo caso, esta militarización que ahora impone
en Latinoamérica puede ser señal de una debilidad a largo plazo, porque trata
de demarcar su territorio “natural” (eso son los países al sur de su frontera)
para mantenerlo a toda costa como reserva estratégica. Ahora bien: si
históricamente eso es una señal de debilidad para el mediano plazo, en el
momento actual lo único que trae a la región son más problemas y sufrimientos a
las poblaciones. ¿Más guerras? Sí, pareciera que de eso se trata. El recurso a
la guerra es siempre un buen expediente para los poderes dominantes, porque
sirve para dar salida a las crisis.
En términos estratégicos, Washington
comienza a tener ante sí un escenario que le cuestiona su absoluta hegemonía de
décadas atrás. En lo económico, siendo aún la primer potencia, hace tiempo que
viene perdiendo dinamismo, y nuevos actores internacionales van camino a cuestionarlo.
El dólar está dejando de ser la moneda universal intocable. En la región
sudamericana, dentro de esa lógica de pérdida de presencia, Brasil es una nueva
fuerza económica que puede quitarle protagonismo. Y de hecho la mayor parte de
la Amazonia –vital para la estrategia de la Casa Blanca– se encuentra en su territorio. Por tanto, como
apuesta por el mantenimiento de esa supremacía en el mediano plazo, la
estrategia imperial apunta a contener a Brasil. Pero este país, décima economía
mundial, con una oligarquía nacional que ya se comienza a sentir envalentonada
y reclama una silla en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lidera un
bloque como el MERCOSUR que, indefectiblemente, pasa a ser también un grupo de
incidencia política. Lo cual se complementa, también, con pretensiones de
hegemonía militar. La carrera armamentista en que ha entrado el país carioca
con la modernización de sus arsenales compite con la delegación estadounidense
en la zona: Colombia. Las fuerzas armadas que crecen y las armas que se
acumulan en los arsenales –esto es una “ley” largamente demostrada en la historia– tarde o temprano entran en acción. La única
guerra en que no se dispararon tiros directamente los contendientes fue la
Guerra Fría; pero ahí, los misiles que no se lanzaban las potencias tenían como
correlato las guerras locales que desangraron el mundo luego de terminada la
Segunda Guerra Mundial en representación de los respectivos bloques de poder.
Hoy no hay Guerra Fría, y el petróleo y el agua dulce se agotan (dicho sea de
paso, un ciudadano estadounidense medio consume
El curiosamente
Premio Nobel de la Paz (¿serán esquizofrénicos los que otorgan estos
galardones?) Barak Obama ha continuado sin
modificaciones la política militarista de su antecesor, el presidente George
Bush; incluso mantuvo en el cargo al mismo secretario
de Defensa, Robert Gates, un connotado halcón. Está claro el mensaje en juego:
más allá de declamaciones, ninguna base militar estadounidense en el área
latinoamericana han sido cerrada. Por el contrario, se expanden. Y el contrato
de “cooperación” militar con Colombia da la pauta: el “arco de inestabilidad
global”, como denominó el Pentágono a la zona de América Latina que contiene
reservas petrolíferas, acuíferas y de biodiversidad, sigue siendo su preciado
botín. Eso lo considera de su propiedad, y si alguien osara ponerlo en duda,
ahí está la parafernalia militarista para recordarlo, en la que Colombia juega
un papel clave. Si existe alguna amenaza de tambores de guerra en la región, no
es la compra de armamentos por parte del gobierno venezolano.