La izquierda

Juan Jesús Ayala

¿Es de izquierdas Montilla, que una vez ha perdido las elecciones catalanas continuará hasta que se jubile cobrando 100.000 euros al año para no hacer nada? ¿Son de izquierdas aquellos que se han ido del gobierno y asesoran a empresas privadas, como Felipe González, por un salario de 182.000 euros al año, o cobrando de su amigo el mexicano Carlos Slim 43.880 euros al mes o 30.000 euros por cada conferencia que dicta pensando que es el oráculo de Delfos; o durante una legislatura no acudir al parlamento español, pero sin dejar de percibir los 4.000 euros reglamentarios? Lo mismo que Solbes, que cobra 12.500 euros al mes entre sus haberes de diputado y por haber sido vicepresidente del gobierno y, así mismo, desde 2007 una pensión vitalicia de la UE de 4.000 euros al mes por haber sido comisionado de Asuntos Económicos. En fin, ejemplos y muchos más que darían en tierra con una ideología que permanece secuestrada por los que así se nominan.

Y la consecuencia más lacerante y enfermiza ideológicamente es la que padecen aquellos que procuraban transformar la sociedad, y así lo gritaban, desde las altas tribunas, y lo que han conseguido es caer en manos del neoliberalismo más depredador. En fin, el descalabro es tal que la izquierda se ha visto sometida a un tremendo vaivén y pérdida de credibilidad que en Europa cuenta con apenas cuatro gobiernos y en el parlamento se ha quedado en una exigua minoría. O sea, que, recordando al pensador francés Baudrillard, podemos una vez más afirmar que la izquierda permanece en estado de divinidad y que algún día volverá a nacer y bajará a la tierra. Entretanto, a esperar.

En la década de los setenta, la izquierda era mitad revolucionaria mitad reformista. Los revolucionarios se extinguieron cuando comieron la tortilla en las márgenes del Guadalquivir y los reformistas trasvestidos de socialdemócratas tuvieron cierto esplendor que ahora agoniza en el recuerdo del pasado. En la década de los ochenta se comenzó a usar aquello de la nueva izquierda para enfrascarse en logros sociales y colectivos, hasta ir decayendo poco a poco en el tiempo. En realidad, si enarbolamos los mensajes, los iconos y las ideas, la izquierda por definición, desde que Marx irrumpe en el espacio del pensamiento, no puede ser otra que aquella ideología que luche en contra del capitalismo, así de claro. Y, sobre todo, estructurar una sociedad que se decreta no desde arriba, sino desde abajo. Y digo esto si es que en el espectro de la política se sigue hablando de izquierda, sobre todo por los que así se consideran, aunque solo sea de boca para afuera.

No sería ya solo la lucha por la igualdad -en esa posible refundación de la izquierda-, sino que lo importante, y tenerlo como panacea, sería morder, en el buen sentido de la palabra, al sistema capitalista y acabar con él. En el mundo capitalista, que es donde vivimos y donde nos nutrimos, al año mueren once millones de niños por desnutrición y por mala o nula atención médica. En la sociedad capitalista, la de la información, la del intenet y de múltiples ventajas de una vida plena de mullidez y confort, se permite que cada noche duerman con hambre más de ochocientos millones de personas. Lo mismo que hay cerca de dos mil millones que carecen de servicios básicos, pero, eso sí, tenemos miles de aviones, de misiles, de carros de combate y pretendemos llegar a Marte, y aquí, en la Tierra, existen mas de doscientos millones de personas que no tienen trabajo alguno y que se alimentan de las sobras de hambre abundante de los de siempre.

Estamos, pues, ante una sociedad donde la contradicción es alarmante, en la que muchos tienen de todo y otros muchos no tienen de nada. Anteriormente, se hablaba de la transición del socialismo al comunismo, hoy entelequia, pero sí una transición de la burguesía al socialismo, que sería lo correcto dentro del pensamiento de la izquierda, y, como se ve, otra entelequia más. La izquierda, pues, camina desmotivada, perdida, atrapada en sus palabras vacías, y lo peor, sin referencias en el espacio de la intelectualidad. La izquierda está en la academia, dormida en el amarillor de viejos papeles y lejos, muy lejos, de la calle.

Hoy la izquierda no lidera, a excepción de América latina; agoniza entre sus mismas contradicciones, que son las de la sociedad que pretende transformar, y la paradoja más evidente es que esa sociedad a la que pretende transformar es la que ha transformado y ha desdibujado a la izquierda. La izquierda bebe en las fuentes del neoliberalismo y sus políticas van por ahí. Muy lejos, pero que muy lejos, de los argumentos de aquellos marxistas y socialistas que marcaron el camino a seguir.