La Palma, ¿isla decadente?

 

Luis León Barreto

 

La Palma funciona como isla subsidiada, funcionarizada y envejecida. A pesar de la fertilidad de su suelo y la relativa abundancia de agua se mostró incapaz para acoger una excesiva población, por eso la emigración fue la salida endémica. Un lugar periférico donde los jóvenes no quieren echar raíces. Me decía el consejero insular de Cultura, Primitivo Jerónimo, que si no fuera por el patrocinio del Cabildo la isla no tendría cines, pues los multicines de Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane tienen muy baja asistencia de espectadores y sobreviven a base de los ciclos patrocinados por la corporación insular. Una isla que no sobrepasa los 85.000 habitantes, igual que hace veinticinco años. El plátano con abundantes subvenciones, el vino con la tristeza de que ahora resulta difícil sacarlo dadas las restricciones por la seguridad en los aeropuertos. El parón y el envejecimiento demográfico, el abandono de la agricultura tradicional que incrementa la dependencia exterior, el elevado coste de la cesta de la compra. Teníamos excelentes frutales en las zonas de secano y ahora hemos de importar fruta. Siempre tuvimos una dieta basada en productos naturales y ahora la obesidad hace estragos. Recogíamos la almendra para elaborar dulces tradicionales, y ahora observamos que la almendra que se emplea para almendrados viene de Chipre.

 
Cierto que el conservacionismo medioambiental a ultranza es un imposible. Podría ser incluso una apuesta suicida, si se le toma al pie de la letra. Pero también es cierto que se nota un inmovilismo empresarial, una falta de reflexión sobre los modelos de desarrollo que la isla necesita, ya. Hemos de fijarnos en referentes válidos. Por ejemplo Madeira, que ha apostado por un turismo de capacidad económica media-alta, no un turismo masivo ni con excesivos campos de golf. Allí hay un Museo de Arte de Flandes que podría tener réplica en Santa Cruz de La Palma. Y ojo con el cemento. Pero, dada la estructura de la industria turística regional, ¿será posible revertir el modelo cuando hay áreas turísticas tan obsoletas como Playa del Inglés, donde habría que dinamitar centros comerciales y hoteles obsoletos?


Llama la atención que en buena parte son los extranjeros residentes en la isla los que están imprimiéndole características innovadoras. Fueron ellos quienes se fijaron en las casas abandonadas para reconstruirlas respetando con frecuencia la arquitectura tradicional, fueron ellos los que se dieron cuenta de las posibilidades del turismo residencial, del turismo rural. Han sido ellos quienes han impulsado el Valle de Aridane, abriendo negocios.


Hay que mejorar en equipamientos. Algunas carreteras podrían desdoblarse en ciertos tramos, deberían construirse hoteles y complejos hoteleros en determinadas áreas y tendríamos que poseer mayor oferta cultural y de ocio. El futuro pasa por elevar el nivel de la conciencia de sus habitantes, los únicos que tienen en su poder la llave para corregir errores y para encaminar el rumbo adecuado. No a un conservacionismo a ultranza, pero ojo también con modelos desarrollistas cuyos errores se han evidenciado en otras islas. En este sentido, hay que alentar la aparición de organizaciones ciudadanas, de movimientos de base, que hagan reflexionar a nuestras autoridades.