PRESENTACIÓN
DE
LARGO
OSCURO ORIGEN
De
VÍCTOR RAMÍREZ
Por Juan Manuel García Ramos

…En Largo
oscuro
origen, Víctor Ramírez nos demuestra una vez más que el habla
canaria tiene unas potencialidades expresivas que no hemos llegado a descubrir aún
en toda su riqueza. En el retorcimiento de las estructuras lingüísticas: la
conjugación de los tiempos verbales a capricho del hablante, la adjetivación
de adverbios y la adjetivación y verbalización de sustantivos, una exploración
constante y desinhibida de las muchas posibilidades fónicas, gramaticales y léxicas
de nuestra modalidad idiomática…
La
primera lectura que hice de Largo oscuro origen fue en mi condición de miembro del Comité
Asesor de
En mi informe al respecto consigné: «En Largo oscuro
origen se cuenta el asesinato del Tunicio desde distintas versiones de los
habitantes de Sietesitios entre
los que sobresalen el reverendo Rubián (¿por Rufián?)
Elizondo, el capitán Chirino Flores, Fatimito del Carmen…, un
barrio marginal que podemos situar en las zonas altas de Las Palmas de Gran
Canaria por las referencias que se hacen a lugares próximos como
La insólita y bárbara historia de las páginas de Largo
oscuro origen, plagada de
miserias miles, zoofilias, pedofilias, incestos y hasta de canibalismo, queda,
en las páginas finales de la novela, puesta más que en duda merced al
testimonio del supuesto personaje central, el Tunicio, que no resulta ser el
mismo que da pie a todo el relato imaginario.
El lenguaje es un ejercicio permanente de libertad creadora, gramatical y
léxica, habla popular hechizante el
mejor Víctor Ramírez de Cada cual
arrastra su sombra y desbordada.
Una obra merecedora de ser publicada por esta Colección aunque
necesitada también de una corrección pormenorizada de sus páginas sin atentar
contra las valientes construcciones lingüística que se ensayan en todas ellas».
La segunda lectura de Largo oscuro origen la hice en mi condición de presentador
hoy de la
obra ya impresa, y he de advertirles que desde el principio de una y de otra
lectura fui apresado por la fuerza y la magia de una fábula que parece el
producto de una sola exhalación verbal, de un vómito feliz de vocablos,
entresijos sintácticos, giros fresquísimos del idioma; por la presencia y
abocetamiento de más de ciento setenta criaturas sorprendentes, con sus
caracteres a cuestas, haciéndolas hablar en sus jergas impredecibles, amarse y
odiarse entre ellas, dirigirse a nosotros sin complejos, burlarnos, mentirnos,
torearnos como lectores crédulos, excitados, víctimas complacientes de sus
sortilegios: una corte de los milagros insular, un fangal de conciencias, un
murmullo de brujas de Macbeth, los
seres abigarrados de Sierra Maestra de El
manuscrito encontrado en Zaragoza, los hombres-insectos de Kafka, los pobres
y las prostitutas de Charles Dickens, los marginados y timadores del patio de
Monipodio, un excepcional despliegue de ardides picarescos. La literatura en
estado puro de tan impuro que es todo en virtud de la hechicería de la lengua,
que con tanto desparpajo como maestría maneja Víctor Ramírez desde que leímos
por primera vez Cada cual arrastra su
sombra, título ya de por sí avisador de lo que se nos venía encima en la
literatura narrativa de las Islas Canarias.
La gran literatura es la hecha por grandes desobedientes y, en esa
deriva, nadie como Víctor Ramírez en el género al que se ha entregado durante
tantos años.
Una obra como Largo oscuro origen exigiría de nosotros, sus críticos
circunstanciales, un esfuerzo de imaginación y de escritura parecido al
original, o, por lo menos, a su altura. Un esfuerzo de libertad creadora
semejante. Pero presentar una obra tiene sus servidumbres hermenéuticas,
aclaratorias, y no vamos a rehuirlas.
La primera imagen que viene a mi mente, tras la última lectura de Largo
oscuro origen, es la de la piedra que lanzamos al estanque y produce unas
ondas expansivas que se alejan con regularidad concéntrica del punto donde se
produjo el impacto.
En Largo oscuro origen, las
palabras fluyen y crean historias que parten de un eje y se alejan y se acercan
a él. Ese eje es la historia del desrisque de «morituro fuereño Tunícico»,
el joven magrebí, suponemos, hermoso y bien dotado sexualmente que llega a
Sietesitios, el Macondo particular de Víctor Ramírez que ya había sido
visitado en una obra anterior; la historia del desrisque del joven que enamora y
enloquece a hombres y mujeres por igual.
El asesinato del Tunícico una suerte de rito imbunche en clave
insular: se le mata por su belleza y por el mal que puede generar ésta, como
los indios mapuches chilenos mataban a los niños que nacían excesivamente
bellos y destacaban demasiado sobre los demás cosiéndoles todos los orificios
de sus cuerpos hasta que degeneraran en monstruos que luego de morir eran
reverenciados; el asesinato del Tunícico se extiende por toda la novela
y, en buena parte, subordina los otros acontecimientos de los que vamos a tener
noticia mediante un narrador-cómplice de todo lo sucedido y de lo no sucedido,
pero imaginado, un narrador que se da a conocer en algunas ocasiones: «No se te
ocurra contar esto por ahí, Mamelo. Se interpretan torcidamente algunas
caridades» era lo que me
recomendaba el sacristán con su nerviosismo acentuado» (p. 120), un narrador
que se desdobla con frecuencia en otras voces vecinas y que, en las dos últimas
páginas, es desmentido de modo implacable por el protagonista de casi toda la
narración anterior: el aludido Tunícico, que aparece en su versión verdadera,
en posesión de su albedrío, para anular todo lo que hemos oído hasta ese
momento con afirmaciones como ésta: «… todas las historias se sustentan en
la mentira mitologizada».
Así hemos de tomarnos la novela a partir del concurso de uno de sus
personajes, del principal de los personajes. Mentiras serán, por tanto, la
historia del reverendo Rubián Elizondo, blanco de todo el anticlericalismo
divertido de Largo oscuro origen, líder
de los parranderos que dan imaginaria muerte al Tunícico, y amante solemne del
efebo Fatimito del Carmen, que llegó al lugar de la mano de Josefo Abad, «samaritano
converso y judío [montado] a lomos de una yegua alazana [y] seguido de sus
quince últimas esposas sobre asnillos rucios y pardos y pintados de negro sobre
blanco lindamente enjaezados con cintajos gualdos y rojos y azul celeste»; o la
historia del hacendado Sabino del Matorral, ese ricacho que habla con acento
peninsular y se viste de pobre para paladear mejor su fortuna, que compra una y
otra vez a la niña Lupita Donata, para devolverla en otras tantas ocasiones a
su familia, que sufre insaciabilidad sexual y se desahoga con chiquillos con
carita y nalgas de niña, y termina sus días suicidándose y «enropado cabal
de Obispo», o la historia de la madre de Sabino, doña Sabina de
Largo
oscuro origen es un magma verbal que trenza historias descabelladas y finalmente
desmentidas. Un contrato entre un narrador enardecido y unos lectores entregados
para mentir y dejarse engañar, respectivamente, mientras las palabras fluyan
creando mundos posibles. El narrador, en otra de sus apariciones, no tiene
recato en reconocer que está «hablando de una época en que todas las mentiras
solían ser verdad y en que todas las verdades solían ser puras mentiras».
Dijo
alguien que en cierta forma el incesto es un problema gramatical. Si una
comunidad no ha tenido la previsión de dar de alta en su lengua ciertos grados
de parentesco, la falta a la ley moral básica que significa la relación entre
familiares no existe en esos casos. El incesto en todas sus modalidades, una de
las historias contenidas en Largo oscuro
origen, es la del viudo que duda entre casarse con su suegra o con su madre;
la pedofilia, la zoofilia, el bestialismo y hasta el canibalismo, pasean ante
nuestros ojos de lectores de lo que acontece en Sietesitios desprovistos de la
inmoralidad que esas desviaciones producirían en cualquier ciudadano de bien,
porque el relato ha adquirido tal autonomía, tal proceso de desrealización de
la realidad, tal capacidad de legislarse a sí mismo, que lo que acontece en el
mundo de todos los días, lo que solemos penalizar en la vida cotidiana, aquí
deja de tener sentido, aquí tiene un sentido independiente: el poder de la fábula
termina por arrastrarnos hacia su propia lógica interna y disparatada. El mundo
puede ser contado de muchas maneras: la pesadilla es una de tantas. Y la
literatura está para esos cometidos.
Todas esas criaturas anormales inventariadas y gestionadas por Víctor
Ramírez, todos esos humillados y ofendidos, para decirlo con el título de
Dostoievski, desprecian la lógica existencial convencional, viven al margen de
cualquier código moral, y se entienden en un lenguaje del que ha sido despedida
la gramática.
Quizá sea esta simbiosis de vida y lenguaje uno de los aciertos mayores
de la literatura de Víctor Ramírez: vidas rotas y palabras rotas, vidas sin énfasis
y palabras sin énfasis, la libertad dejando hacer en todos los casos.
En Largo oscuro origen, Víctor
Ramírez nos demuestra una vez más que el habla canaria tiene unas
potencialidades expresivas que no hemos llegado a descubrir aún en toda su
riqueza. En el retorcimiento de las estructuras lingüísticas: la conjugación
de los tiempos verbales a capricho del hablante, la adjetivación de
adverbios y la adjetivación y verbalización de sustantivos, una
exploración constante y desinhibida de las muchas posibilidades fónicas,
gramaticales y léxicas de nuestra modalidad idiomática; en el retorcimiento de
esas estructuras, Ramírez descubre una música especial para el instrumento del
que se vale para allegarnos sus historias. No es la música del español caribe,
ni la del español italianizado de Argentina, es el hallazgo de un discurso
hecho trizas y vuelto a armar, es el descabello de la norma y su
redescubrimiento particular y ya liberada de todo prejuicio canónico, como
podemos comprobar en algunos ejemplos: «Pronunciará nuestro párroco con
inevitable fruición sus latines incomprensibles y casi siempre inventados. Se
recreaba en el silabeo, especialmente en las erres y las zetas: sin dejar de
rociar con el ron bendecido ¿o
ginebra? al fuereño morituro Tunícico de sueño melancólico nostálgico
de beodez impuesta y con su cafetuno miembro viril flácido a la vista
intemperie de todos».
O:
«Usted debe saber que los cochinos verracos cuando coyundan se quedan
amartelados. Incluso acaban quedándose dormidos. Tiene la cuca el verraco como
barrenita de carpintero, en hélice. Tarda mucho en eyacular: yo he sido testigo
de eso y de mucho más».
O:
«Pero se levantó por los ruidos del portón abriéndose ferrugiento».
O:
«¿Pues no van y nos murmuran a lengua descubierta sin tapujos que suicidamos
al Tunícico fuereño de la pinga bíblica y que yo lo descuarticé y negocié
sus carnes y huesos y vísceras a buen precio con los principales de la
localidad…?».
Víctor Ramírez no sirve a la lengua, se sirve de la lengua para
desplegar toda su capacidad de invención sin trabas de ninguna índole,
fundando la expresión y no siendo vasallo de ella, una categoría creadora que
hace muchos años otros pusieron en práctica dentro de la literatura narrativa
occidental, desde Joyce a Celine, desde Guillermo Cabrera Infante a Roberto Bolaño,
por poner algunos casos significativos de nuestra lengua española común.
Siempre se ha dicho que José Jorge Oramas rescató para la historia del
arte la belleza oculta de los riscos capitalinos de Gran Canaria; todavía no se
ha dicho que Víctor Ramírez los ha convertido en literatura excepcional.
Las espátulas, pinceles y cromatismos de Oramas se convierten, dentro la
narrativa de Víctor Ramírez, en
centelleos verbales capaces de apresar los mínimos y máximos estados del alma
humana. Me he llevado una sorpresa leyendo ahora Largo
oscuro origen, como me la llevé en su día leyendo Cada cual arrastra su sombra o Cuentos
cobardes.
Dentro de la literatura canaria no hay un desobediente más original que
Víctor Ramírez; él sigue redactando sus novelas y sus relatos a su aire, al
margen de toda clase de modas y academicismos, algo que hay que agradecerle en
este tiempo de tanta confusión comercial y de tanta poesía de la nada. La
colección de
5/3/09