El líder supremo
Agapito de
Cruz Franco
Recuerdo
alguna que otra revista de humor de la década de los 70, en la que aparecían defecando
en el WC personajes ilustres, desde el Papa a variados Monarcas, pasando por magnates
de la Banca o el dictador Franco, éste incluso bajo palio.
Era una
manera de protesta y desmitificación del poder ante la falta de libertad y la deificación
de la autoridad, que sobreponía estos seres alados sobre los mortales, y por
tanto fuera de las fronteras del aparato digestivo.
Estos autoritarios
sobrenaturales procedían de antiguas revoluciones y contrarrevoluciones,
fenecidas o no. Y es que siempre se ha dicho que el peor día de una revolución
es el segundo. Algo obvio, por otro lado. Demoler una casa es más fácil que
levantar otra nueva. Y la revolución termina transformándose en
contrarrevolución, si la empresa constructora se empeña en hacer su voluntad y
no la del dueño del solar, el pueblo.
Por eso,
pienso que, los revolucionarios, una vez conquistado el poder, debieran abandonarlo
de inmediato. No a la francesa, cortando cabezas por las plazas y dejándolas al
rojo vivo, o de un impactante azul según la sangre derramada. Me refiero a que una
revolución se supone que se hace para que la sociedad se dirija a sí misma y no
por los que, sin preguntarle, dicen representarle. Todo para el pueblo pero sin
el pueblo. De hecho una sociedad entra en peligro de extinción, cuando sobre
ella emerge, cual eucalipto que seca todo lo que crece a su alrededor, el líder supremo.
En ese
sentido, las revoluciones dejan de serlo cuando conquistan el poder. Porque
éste es por sí mismo contrarrevolucionario. Dura menos en las manos del pueblo
que un caramelo a la puerta de un colegio. Y es por eso, porque siempre aparece
el líder supremo a decir que él es el elegido de los dioses, que Yahvé habla
por su boca, que Mahoma es su Profeta, que el socialismo del pueblo es
innegociable o que el Estado soy yo. El fascismo -en todas estas variantes- ha
demostrado ser una religión suicida. Y los suicidas, se han autoinmolado siempre
llevándose por delante al pueblo.
El poder, indisolublemente
unido al líder supremo, forma así parte de su régimen escatológico mucho más
allá de una viñeta de humor. La conquista del poder por la fuerza es, en ese
sentido, el alma mater del Dictador. Por
cierto, no recuerdo nombres de Dictadoras en la historia. La femineidad tiene
otros ritmos vitales. Hay que precisar, que hay también mucho de dictadura y de
residuos del ancient regime en la lucha
democrática por el poder. De farsa en quienes argumentan para conseguirlo los valores
democráticos, pero ignorando su origen, en donde -y aún con todos los defectos
primitivos- la democracia era eso, el gobierno de los barrios (demos), donde
había un Presidente cada día y, además, elegido por sorteo.
Los noticiarios suelen exhibir ejemplos paradigmáticos
de todos estos salvapatrias: Irán con Alí Jamenei como Líder Supremo de la Revolución; Korea del Norte y la paranoia de Kim Jong II primer sucesor
en línea dinástica de su padre Kim II Sung, quien
fuera nombrado a su muerte Presidente Eterno, lo que le ha convertido, además, en
Líder de Ultratumba; Honduras y Micheletti, con su revolución
de pijamas nocturnos; Cuba y su anacrónica monarquía militar (¡Ni patria ni
muerte, democracia y que gane el mejor!); la Crisis, ha descubierto cuántos
líderes supremos había agazapados dentro del FMI y las cajas fuertes de las
grandes finanzas. Podríamos recordar al Trío de las Azores cambiando vidas por
petróleo, o al Papa de Roma como digno sucesor de los líderes de aquella secta
cristiana, que, en nombre de dios, acabó hace 1.600 años con la vida de Hipatia de Alejandría y milenios de ciencia y de saber,
mientras llenaba el mundo de fanatismo y oscuridad. Una colonoscopia
a tiempo a todos ellos, hubiera significado, sin duda alguna, una victoria para
la sociedad…