Litoral destrozado
Enrique
Martín Braun *
Si César Manrique
levantase la cabeza y tropezara con el Parque Marítimo que lleva su nombre en
la capital tinerfeña, cerraría de nuevo los ojos y volvería al descanso en su reposo
de lava en Haría. En el ayuntamiento del Chicharro han perdido la vergüenza.
Nadie es capaz de encontrarla, ni siquiera volviendo la mirada atrás y
recordando qué demonios era aquello que, rodeado por las olorosas instalaciones
de la Refinería,
de aquel hospital de aislamiento y del montículo de gases peligrosos que se
llamó Lazareto, se transformó, gracias al inolvidable conejero internacional,
en un complejo que pretendía proporcionar a Santa Cruz un gran espacio para el
ocio del que carecía.
César Manrique
ignoraba entonces que en 2009 la
Casa de los Dragos iba a estar ocupada por una serie de
intereses que desdibujarían todo su ambicioso y hermoso proyecto. Así, de
pensar en una obra pública, es decir, para uso y disfrute de los ciudadanos, se
ha terminado en unos extraños negocios que, a pesar de que en un principio la
gestión del Parque estaba encomendada al Ayuntamiento y a la Autoridad Portuaria
de Santa Cruz de Tenerife, han desembocado (los negocios) en una situación
intolerable, permitida por los dos máximos responsables de las citadas
instituciones (Luis Suárez Trenor era un santo), que,
como ya viene siendo normal en las decisiones que afectan a los que no bailan
al son municipal y portuario, ha repercutido en los usuarios. Al margen de la infinidad
de tejemanejes que han visto la luz pública, nosotros, los legos en esta
materia, entendemos que un espacio público se ha transformado, gracias a esas
piruetas que nos regalan nuestros bienamados políticos, simplemente en un
negocio privado. Y esto nadie lo asimila. El perjuicio es evidente y grave. Y
lo peor es que el alcalde (Zerolo perderá un montón
de votos) ha declarado que será muy difícil abrir el Parque en el verano que ya
ha comenzado. Y el empresario, por otra parte, convencido, manifestó que si van
contra él tirará de la manta. Y el chicharrero en medio. Y el deterioro de las
instalaciones continúa.
Una vez que el
infortunado bañista asiste, estupefacto, a la imposibilidad de acceder al
complejo creado por César Manrique para él, se dirige, bañador y toalla en
mano, hacia Valleseco, único lugar donde tal vez
pueda darse un chapuzón. Otra sorpresa le aguarda. La Autoridad (autoritaria)
Portuaria no ha movido un dedo para solucionar los vertidos que, parece, la
petrolífera pierde junto al Castillo Negro y en la misma playa del barrio de
Santa Cruz, donde se ha limitado a instalar una barrera flotante para que no se
inunde de caca todo el Atlántico.
Después se encuentra
con las ruinas del añorado Balneario, para, unos metros más allá, pasar por
encima de una de las reivindicaciones de María Jiménez: la playa de La Maretita, por supuesto
ignorada por las autoridades citadas. Por fin decide acercarse a Las Teresitas,
junto a un mar de coches que se encontraban perfectamente parados con conductores
educadamente cabreados. La
Policía había cerrado el acceso a San Andrés porque no cabía
ni un alfiler más. La orden consistía en que dieran la vuelta y volviesen por
donde habían venido.
Y es aquí donde la
desidia y la inepcia del Ayuntamiento y Autoridad Portuaria cobran su más
grandioso esplendor y rozan la denuncia oficial. Porque, además de tener el
deber de respetar al ciudadano que paga sus impuestos para poder disfrutar de
algún esparcimiento en el destrozado litoral chicharrero (desde el Palmétum hasta la misma playa estigmatizada), el pueblo no
puede seguir permitiendo que estos ilustres ineptos hagan lo que les venga en
gana con las obligaciones que comportan los cargos públicos.
Ahí están todos esos
miles de millones de pesetas invertidos en una anormalidad: la charca sucia de
lo que otrora fue la bella plaza de España, ideada por unos técnicos foráneos
(los arquitectos también se equivocan). Aquí no hacen falta este tipo de
disparates porque la mar la tenemos, la teníamos, al alcance de la mano. Sobra,
asimismo, que en Las Teresitas se realicen grandes obras. Sólo adecentar los
servicios públicos y convertirla en un ejemplo de salubridad. Esos dineros que
están brincando por ahí pueden destinarse a aparcamientos gratuitos y entradas
y salidas de la playa. Ponerla bonita y apta posiblemente cueste unos pocos
miles de euros... que pueden escudriñarse en Urbanismo y Fiestas. Seguro.
Fuente: El Día, 1-07-2009