LOS INDIANOS

 

Luis Ortega

 

Cuando estas líneas vean la luz, una nube blanca y, en principio, leve, sobrevolará la ciudad por la estrecha franja costera y bajará, como el terral, de los riscos y los barrios altos, se fugará por los callejones y las encrucijadas para blanquear las caras de chicos y grandes, de hombres y mujeres que se disponen para una jornada larga de recuerdo y regocijo, un lunes único que eclipsa al día grande, el Martes de Carnaval, allá donde se celebre.

 

Parrandas espontáneas y grupos organizados confluyen en el corazón urbano, bajo los soportales del ayuntamiento renacentista y en la plaza irregular, que se llamó de la Constitución y luego de España, para sumarse a un desfile sin reglas ni destino final, sin plazo ni broncas, que permite la participación general bajo elementales condiciones de vestuario y disposición de ánimo y que, nacido como número ocasional en la década de los sesenta, se consolidó como tradición y figura entre las más atractivas convocatorias festeras de Canarias.

 

En esta acción colectiva donde no existen espectadores -ahí está la clave de su potencia- reside un gesto capital del imaginario palmero, la fascinación caribeña que enriqueció a muchos y dejó en los emigrantes -y en todos los que no pudieron emigrar- la afición por un modo de vida distinto, por una música que prendió en el gusto del común y que, en su estricta pureza o adaptada a las circunstancias isleñas pervive como una de las manifestaciones culturales más ricas y sinceras.


Desde la distancia breve de media hora de avión, el Lunes de Indianos se dibuja con los trazos ingenuos del documentalista Juan Bautista Fierro -notario visual de la ciudad de su nacimiento- y con la actualizada sátira y fastuosidad que le imprimió Pepe Dámaso, ganado para esa celebración reciente e irresistible. Y entre la multitud que corporizó la alegría y el sentimiento desde las primeras horas y el protagonismo anónimo que la engrandece, extraemos los nombres pioneros de Gabriel Duque Acosta (1930-1986), el sabio alcalde que, con las oportunas sugerencias de un grupo de amigos -es insoslayable el papel de los hermanos Manolo, Gonzalo y Yolanda Cabrera Santos- dio luz verde y sentido a un regocijo inolvidable que se mantiene y crece pese a las imitaciones interesadas que, con indudable picardía, aparecieron en otros lugares, porque, sin petulancia, los indianos ricos y pobres, blancos, negros y mulatos, en estas fechas sólo arriban a la isla de La Palma.