Las manifestaciones populares en el norte de África
hacen temblar a la
metrópoli
En el caso concreto de la colonia Canarias, hoy en día
hay más canarios/as en la diáspora que en las Islas Canarias (tan sólo en
Venezuela hay unos 800.000). Canarias es uno de los países del mundo que,
proporcionalmente, más emigrantes ha dado, y encima los colonialistas
españolistas tienen el descaro de decir que "Madrid mantiene a los
canarios". Por si esta situación colonial no es un verdadero escándalo, el
desempleo en las Islas Canarias -en algunos casos- es peor que en algunos
países del norte de África. La metrópoli sabe que en la "España
Tropical" hace agua por todos lados y por eso ahora modifica la Ley
Electoral Colonial para no permitir el voto de los canarios/as en la diáspora.
Cuando la policía de
Túnez destruyó el pequeño puesto de vegetales de un vendedor ambulante, por no
poseer la licencia impuesta por el Gobierno, nadie pudo imaginar las
consecuencias que ese pequeño acto tendría. La sucesión de hechos que a
continuación se desencadenaron provocaron la caída del dictador Ben Alí en
Túnez y hacen temblar a varios gobiernos europeos: Madrid, París, Roma, etc.
Mohamed Bouazizi, el joven vendedor ambulante en
cuestión, no pudo superar la pérdida de su puesto de trabajo y se inmoló a lo
bonzo, prendiéndose fuego. Esta forma de protesta, que le costó la vida, tuvo
una gran repercusión en un amplio sector de la sociedad tunecina, sobre todo en
los jóvenes. Su muerte se transformó en el motor que dio origen a las protestas
y disturbios que provocaron la huida del dictador Ben Alí, quien luego de 23
años en el poder, huyó en avión a Arabia Saudita junto a su familia y 1,5
toneladas de oro. En su escape dejó atrás una nación con profundos problemas
sociales y económicos.
En medio del caos
reinante en el país, el mandatario provisional, Fuad Mebaza, ex presidente del parlamento tunecino, se hizo
cargo de un gobierno de transición. Desde su llegada al poder la administración
interina afronta los continuos cuestionamientos de una sociedad convulsionada,
que amenaza continuamente con volver a la calle y que lucha por erradicar los
últimos vestigios del antiguo régimen dictatorial.
La denominada
"revolución de los jazmines", bautizada así por los manifestantes,
causó una insondable impresión en los pueblos africanos y se transformó en un
ejemplo tangible de la posibilidad de cambio. Inmediatamente comenzaron a
generarse manifestaciones de profundo cuestionamiento contra varios de los
regímenes gobernantes del norte de África y Cercano Oriente.
El segundo país en
estallar socialmente fue Egipto, dónde se organizaron protestas para exigir la
dimisión del dictador Hosni Mubarak. Estas manifestaciones, integradas en su
mayoría por jóvenes, fueron violentamente combatidas por efectivos policiales, quienes
dispersaron a la multitud con gases lacrimógenos, bastones y balas de goma. A
pesar de los intentos por disuadir a los sublevados y de las promesas de más
represión, la dictadura no logró hasta el momento impedir que miles de personas
expresaran su descontento por la situación económica y política que atraviesa
Egipto.
El accionar del
Gobierno egipcio, que ya dejó muchos muertos, centenares de heridos y más de un
millar de detenidos, obligó a la comunidad internacional a fijar una postura,
al menos discursiva, frente a la situación. La Organización de Naciones Unidas
(ONU) solicitó evitar la violencia. Según un comunicado de su secretario
general, Ban Ki-Moon, el gobierno del dictador
Mubarak debería comprender lo que el pueblo "de manera legítima expresa
como una preocupación". La organización multilateral aseguró que
continuará observando de cerca la situación y enfatizó que se encuentra
preparada para intervenir en el conflicto.
El presidente Obama le reclamó al dictador Mubarak, uno de los principales
aliados de USA en la región, que respete el derecho de la población a gozar de
"la libertad de reunión y de expresión". La Secretaria de Estado
norteamericana, Hillary Clinton, manifestó al respecto: "Apoyamos los
derechos universales del pueblo egipcio, incluyendo el derecho a la libertad de
expresión y de reunión, y urgimos a las autoridades a no impedir protestas
pacíficas ni las comunicaciones, incluyendo sitios web".
La inclusión, en sus
declaraciones, de la comunicación a través de internet
estuvo relacionada al boicot realizado por el Gobierno dictatorial egipcio, que
bloqueó los mensajes de texto y el acceso a la web,
en un intento por desarmar la acción organizativa de las marchas populares. La
decisión fue tomada a partir de que se comprobó que el éxito de las
manifestaciones estuvo dado, en gran medida, por la comunicación realizada por
esos medios. Este fenómeno hace posible inferir que un gran número de los
participantes de las protestas tenían cierto estatus socioeconómico y no
pertenecían a las clases más pobres.
El efecto contagio de
las rebeliones contra los regímenes africanos se extendió a Yemen, gobernada desde hace 30 años por el dictador Alí Abdullah Saleh. La nación musulmana de Oriente Próximo, aliada de
Estados Unidos contra el terrorismo, atraviesa una difícil situación económica:
un tercio de su población, más de 7 millones de personas, sobreviven
cotidianamente en circunstancias de hambre.
Los manifestantes, en
su mayoría jóvenes estudiantes, exigieron la renuncia del Presidente y un
cambio en el rumbo económico del país. En sus marchas por las calles de la
capital yemení se escucharon consignas como "El pueblo quiere cambiar al
presidente. No a la extensión presidencial. Treinta años es suficiente. Ben Alí
se fue a los 20". A pesar de las protestas el Gobierno, a diferencia de
los casos de Túnez y Egipto, decidió no reprimir las marchas. Su estrategia
está orientada a tomar medidas políticas y económicas para apaciguar los
reclamos sociales. A su intención, ya declarada, de reformar la constitución
para limitar el mandato presidencial a dos períodos se cree que sumará, por
estos días, el anuncio de un aumento salarial para empleados estatales y
personal militar.
El actual clima de
inestabilidad política de los países del norte africano obligó también a otras
naciones a fijar su postura. En tal contexto, el presidente ruso, Dimitri Medvedev, afirmó que lo sucedido en Túnez es "una
lección sustancial a retener para todas las autoridades, sea cual sea el país
del que se habla". Las palabras que pronunció Medvedev
estuvieron en sintonía con lo expresado previamente por otros sectores de la
comunidad internacional y deja entrever que no habrá un apoyo público a los
gobiernos dictatoriales y coloniales.
A pesar de que las
revueltas populares se presentaron de forma inesperada, el hecho de que el
sistema político africano tiemble desde sus cimientos tiene una explicación
lógica. La mayoría de los países se encuentran gobernados desde hace varias
décadas por regímenes arraigados al poder mediantes
diferentes formas, incluida la violencia y el fraude. Como ejemplos podemos
citar al derrocado dictador de Túnez, Ben Alí, quien gobernó por 23 años, al
líder libio Muamar Kadhafi,
con 40 años en el poder y al mandatario argelino Abdelaziz Buteflika,
electo en 1999, pero que ya ocupaba el cargo de canciller desde la década del
60. También encontramos al dictador de Egipto, Mubarak quien cumplió 30 años en
la presidencia. Cabe aclarar que muchos de estos "jefes de Estado"
(dictadores) se han mantenido en el poder gracias al apoyo de los gobiernos
"democráticos" de Madrid, París, Roma, etc. A la irregular situación
política se suma que la región se caracteriza por soportar graves
inconvenientes socioeconómicos, muchos de ellos ya crónicos, caracterizados por
altos niveles de pobreza, analfabetismo, corrupción y desempleo. Existen
además, en algunos países, importantes problemas sociales de tipo religioso y
étnico que devienen en conflictos armados civiles y generan acciones
independentistas como es el caso de la región sur de Sudán.
El futuro de los
regímenes políticos de los países en cuestión plantea un interrogante. A la
caída del Gobierno de Túnez y los duros cuestionamientos sufridos por los
dictadores de Egipto y Yemen se suman el descontento en otras naciones de la
región como Libia, Jordania, Argelia y Marruecos.
Las posibilidades de
un cambio regional están determinadas por una serie de factores que varían de
país en país y van desde el nivel de descontento popular y la magnitud de
expresión del sentimiento de rebeldía, hasta el poder coercitivo o de
negociación que los gobiernos puedan desplegar para diluir cualquier intento de
reforma o derrocamiento. A los factores internos se deben sumar los intereses
externos. A pesar de las declaraciones realizadas, todavía resta ver qué papel
desenvolverá Estados Unidos. Para USA, Egipto y Yemen siguen siendo dos de los
principales aliados de la región, al menos por ahora. La diplomacia
norteamericana deberá evaluar si los cambios potenciales en los gobiernos podrían
generar el ascenso de sectores religiosos musulmanes antiamericanos, que
eventualmente se unieran a los países que luchan contra Israel.
Más allá de cualquier
análisis, la situación concreta es que África del Norte ha dejado el lugar de
penumbra al que fue relegado por el colonialismo y neocolonialismo. La difícil
realidad que hoy se hace visible debe servir para que la comunidad
internacional ponga un mayor énfasis en colaborar para hacer del continente
africano, un lugar mejor para sus ya maltrechos pobladores. En el siglo XXI no
se puede seguir considerando que el mundo puede tener continentes y habitantes
de primera y segunda categoría.
COMUNIDAD
CANARIA EN LONDRES, CCL