Manuel Zelaya
Luis Ortega
Refugiado en la embajada brasileña y
vigilado por los militares, al presidente depuesto sólo le queda el apoyo de
sus leales y el recurso del pataleo. La comunidad internacional -que le apoyó tras
el golpe de junio- le dio la espalda y mira “con vivo interés la nueva
situación”, tras unas elecciones “efectuadas con normalidad” y ganadas de calle
por el candidato conservador, y el rechazo del Congreso hondureño a la vuelta
de Manuel Zelaya para acabar su interrumpido mandato hasta la investidura de
Porfirio Lobo el próximo enero.
La diplomacia estadounidense dio el primer
paso “en la normalización de la crisis hondureña” en una paradójica declaración
en la que lamentó la decisión de los congresistas -otra falta de respeto a la
legalidad- pero elogió “la forma transparente y abierta” en la que ésta se
produjo, y animan a todos a seguir los mandatos del Acuerdo de San
José-Tegucigalpa. A los organismos internacionales que tanto hablaron antes no
se les oye y la Unión Europea que, últimamente, bajó el listón de las críticas,
estudia condiciones para la vuelta de los embajadores.
Nadie recuerda ya cómo empezó este negro
episodio, cómo una violación de la legalidad vigente enterró la aventura de la izquierda
en Honduras, un país modesto y con una insultante distribución de la riqueza.
Los terratenientes e industriales que llevaron la política en el último medio
siglo no consintieron el gobierno de Zelaya, que subió el salario base en un
sesenta por ciento y avanzó reformas contra los privilegios de la élite a la
que él, como propietario agrícola, pertenecía; su talante y sus amistades
peligrosas -Chávez y Evo Morales- le animaron en una fallida reforma
constitucional para repetir mandato, que fue el motivo formal para el
derrocamiento.
El miedo al modelo venezolano fue el
pretexto golpista y avaló, hasta hoy, las actuaciones -explicaciones,
insatisfactorias, negociaciones estériles, elecciones en circunstancias
anómalas- viciadas en su origen; el miedo a la expansión del chavismo, la excusa de quienes criticaron el arranque -más
por la forma que por el fondo- y asintieron a la chapuza final.