Mendicidad de importación

José Luis Martín Meyerhans

Espero que no tengan la tentación de pensar que mi intención es la de declararles la guerra a los emigrantes, a aquellos que, ahogados por la situación económica, han tenido que buscar alguna fuente de ingresos que, en ocasiones, pueda bordear los límites de lo que se considera absoluta legalidad, sin que por ello piense calificarlos de ilegales.

Quiero referirme a estos personajes que han venido a quedarse a vivir entre nosotros y que en su currículum no hay una preparación especial para nada. Estas gentes ignoro por quién han sido animadas a movilizarse desde el centro de Europa a un archipiélago que se encuentra situado a más de 1.500 km de la tierra firme peninsular (ojito con el efecto llamada). Tenemos todo el derecho para considerar que estos elementos debieron informarse antes de dejar su casa de cuál era su destino, a dónde se iban a desplazar y, por ende, si tal vez esta era su tierra prometida.

Cuando durante el primer cuarto de siglo pasado los canarios emigraron a Cuba, luego siguió Venezuela, es seguro que no estaban empapados de la historia y cultura de la Perla del Caribe, pero no ignoraban que podían encontrar trabajo en el campo o en el comercio, para lo que tampoco se precisaba título académico alguno. Con absoluta seguridad, ninguna canaria, o canario, se apalancó en una acera de La Habana con un vasito de cinc -todavía no existían los de plástico made in USA- pidiendo para mantenerse a flote.

Ignoro si han tenido oportunidad de, aproximadamente a las diez de la mañana, ver desembarcar del tranvía en la plaza de Weyler a un grupo de cuatro o seis señoras, con su negro pañuelo liado a la cabeza, sus faldas largas también oscuras, que son más sufridas, y sus pies debidamente calzados. Luego, al ir a tomar posesión de su asentamiento, sobre el suelo, ocupando en ocasiones más de la mitad de la acera correspondiente, donde más estorben y más a la vista estén, prescinden de los zapatos y, si hace calor, de sus multicolores calcetines. Los pinrreles desnudos dan más penita pena y de eso es de lo que se trata. Los letreros, que comunican la situación familiar, no suelen ser importante reclamo, pues el posible donante no se toma el tiempo suficiente para leerlo al completo.

Nosotros ya teníamos nuestros mendigos en plantilla desde hace años, y en muchas ocasiones debidamente reconocidos y ubicados. También habíamos incorporado algún ejemplar exótico, como es el caso de ese negro de considerable altura, casi dos pisos, que luce en una de sus piernas un complejo aparato para ayudar a reducir y consolidar una fractura compleja de tibia y peroné. Aparato de valor considerable que, con toda seguridad, ha entrado a formar parte de la anatomía del en su momento polifracturado.

De la misma nacionalidad que las mencionadas inicialmente son esas muchachitas que, aparentando ser sordomudas, recorren las calles principales de la ciudad haciendo un paripé y pidiendo firmas a los viandantes para vaya Vd. a saber qué fines y que se solicita que vayan acompañadas de un donativo que apoye la movida.

No voy a pensar que estas gentes puedan recibir en cada donativo un par de euros -claro que no, el personal es generoso-, pero es que los que no notarían la falta de dos euros en su bolsillo son los que jamás están dispuestos a rascárselo. Pero si, por ejemplo, les dan una moneda de veinte céntimos de euro, les están dando dos céntimos más de lo que Metrotenerife le abona al propietario de un quiosco por la venta de cada bono-metrobús, o lo mismo que dicho quiosquero recibe por la venta de cada ejemplar de un diario. Estos vendedores, siempre obligados a pagar una serie de impuestos por ocupar las aceras con sus negocios, amén de tener que darse de alta como autónomos con los consiguientes gastos que todo esto lleva aparejado.

No me gustaría hacerme merecedor a sufrir algún disgusto por parte de los maromos que con cierta puntualidad pasan, haciendo arqueo de caja por los diferentes asentamientos, tal vez tratando de evitar que intenten robar a las pedigüeñas. Aunque no lo tengo muy claro.