Mercado y Estado

 

Juan Manuel García Ramos

 

No sé si la invención, por parte del hombre, del transporte terrestre (la rueda) y del transporte marítimo (la vela) fue el origen de la transacción comercial (el Mercado, con mayúscula porque será uno de los protagonistas de esta historia), o si fue la necesidad de intercambiar productos entre los distintos pueblos de la tierra lo que inspiró el hallazgo de esas dos primeras versiones del transporte. Lo que sí parece más claro es que el Mercado fue anterior al Estado, aunque luego éste haya terminado por regular a aquél.


¿Nos organiza el Mercado o nos organiza el Estado?: ése es el gran dilema de nuestro presente confuso. Confuso precisamente por la crisis del mercado financiero, que es, al fin y al cabo, además de un capítulo del Mercado en general, un intercambio de dinero ahora atrofiado por los rufianes de turno.


El liberalismo económico, que es el sistema que descansa sobre las leyes del Mercado, fue defendido en primer lugar por el escocés Adam Smith, para quien la mano invisible del trueque mercantil despertaba la competencia entre los emprendedores, aumentaba la producción y permitía mayores posibilidades de empleo al pueblo llano.


Ese liberalismo económico ha empezado estos últimos meses a deconstruir sus estructuras de funcionamiento con el fin de averiguar dónde se sitúan los errores cometidos y dónde habrá que empezar a corregirlos. Un examen de conciencia en el sentido menos religioso del asunto.


Ya sabíamos por experiencia universal que lo que de verdad agiliza y fortalece una economía es el Mercado, no el Estado. Los fracasos de regímenes como el soviético o el cubano dejaron claro al mundo entero que la vía de la estatalización económica y el partido único como rectores de la política y de la economía era un despropósito que no conducía sino a lo que todos hemos podido contemplar.


Por otra parte, la globalización económica, la globalización del Mercado, también nos ha conducido a la deslocalización de las empresas multinacionales y a una guerra de salarios que se debaten entre la mera supervivencia y el holgado bienestar. Las empresas producen donde más barato les sale el producto, aunque sea a costa de ignorar conquistas sociales del mundo civilizado y de refugiarse en las injusticias sociales del mundo semiesclavizado. El Made in China o el Made in Corea o Taiwán es lo acostumbrado en marcas comerciales prestigiadas en el primer mundo y recolocadas en el tercer mundo para aumentar ventajosamente sus beneficios, acumular capital y facilitar la expansión en nuevos escenarios. Entre la economía comunista y la economía liberal, con sus respectivas deficiencias enumeradas, se sitúa la socialdemocracia, que estos días ha estado festejando su receta de ni chicha ni limoná, sino todo lo contrario. Es decir, más demagogia en lo económico como antes se había ensayado en lo social.


Desde que la izquierda -incluidos los viejos comunistas y los viejos y nuevos socialistas- dejó de creer en la lucha de clases como signo diferenciador de sus programas políticos, ha intentado sustituir aquella visible y significativa reivindicación social por todo lo que ha ido encontrando por delante: leyes cada vez más permisivas del aborto, fundamentalismo ecológico, antiamericanismo, antisemitismo, laicismo, cambio climático, alianza de civilizaciones, ong-ismo en general, memoria histórica a la medida (esa memoria histórica selectiva empieza y termina para la España de nuestros días en el capítulo franquista; en Canarias nadie habla de poner en su sitio las reverencias hechas en los callejeros y en las plazas públicas a un asesino como el adelantado Alonso Fernández de Lugo o a otro angelito como el general Valeriano Weyler, por poner dos ejemplos facilones); todo ello con el fin de distinguirse ¿esa izquierda?, con la nitidez que no encuentra a mano, de la temida y aborrecida derecha.


Y en esas estamos todo el día en los periódicos, las radios, las televisiones y en toda tribuna pública donde aparezcan representantes de uno u otro bando ideológico.


El siglo XX ha sido una centuria demasiado ajetreada: dos guerras mundiales, crash de 1929, holocaustos, bombas atómicas, el nacimiento del nuevo Israel como foco permanente de conflicto internacional, los campos de concentración -que, por cierto, ya los había inventado el aludido Weyler en su campaña cubana-.

El siglo XXI ha despertado asumiendo el macroterrorismo, la guerra comercial por las materias primas en fase de desaparición o mengua irreparable, y, ahora, la crisis financiera que todos conocemos y padecemos extendida a otros sectores de la economía con el consiguiente descrédito del sistema de Mercado y la por ahora relevancia del Estado como garante de que todo no se vendrá abajo, como se han venido abajo tantos bancos, constructoras y empresas de la más variada actividad.


De pronto, el Mercado ha sido alineado junto a la derecha ideológica, y el Estado junto a la izquierda. Una nueva simplificación histórica, pero que sirve a tantos ejecutantes de una política de baja densidad felices en su cinismo inocente o en su inocencia cínica; lo mismo da.


Ahora, en 2008 y 2009, ha quebrado el Mercado. ¿Qué pasará cuando quiebre el Estado? ¿A qué distancia nos encontramos de que eso ocurra en países como España, donde parece que el Ministerio de Economía y Hacienda es el hada madrina capaz de solucionarlo todo?


Seamos realistas: el Estado es imposible sin el Mercado, si no queremos terminar todos como la citada URSS y la citada Cuba, que, por mucho que enmascararon o tratan de enmascarar sus cuentas, han demostrado el colapso de sus economías y el empobrecimiento generalizado de sus poblaciones.


Tuve la suerte de visitar Rusia en el verano de 1989 y de contemplar los últimos coletazos del régimen soviético. Todo se venía abajo a pesar de los intentos gubernamentales por distraer la atención de los visitantes, pero quizá lo que me llamó más la atención fue ver a la imponente policía soviética contrabandear junto a los taxistas en el mercado negro del cambio de divisas, un espectáculo de uniformes difícil de olvidar.


Otro tanto comprobé en Cuba al final de los años noventa del pasado siglo, donde la demagogia oficial del embargo estadounidense era ya incapaz de ocultar las vergüenzas de la dictadura burocrática caribeña.


Tanto la Unión Soviética en todo el mundo, como Cuba en los países latinoamericanos, intentaron con sus recetas marxistas rentabilizar el descontento de la pobreza de muchas sociedades, pero la historia ha desposeído a rusos y cubanos de muchas de sus credibilidades: cuando no eres capaz de arreglar tu casa, ¿cómo vas a arreglar la casa del vecino?


Quizá el año 1989, con la caída del muro de Berlín, simbolizó definitivamente la derrota del Estado como benefactor político, económico y social.


¿Habrá significado el 2008 la derrota del Mercado como eje de las políticas, las economías y los ajustes sociales conocidos y prestigiados hasta ahora?


En esas estamos. Ya lo dijimos antes.