Michael Jackson

 

Luis Ortega

 

La vida del muerto, escribió Cicerón, está en la memoria de los vivos y, en la madrugada del primer jueves del verano, se cumplió, otra vez, el aforismo. Las agencias y emisoras de radio y televisión de los cinco continentes pararon su programación y la imagen del cantante y bailarín refrescó los recuerdos de quienes crecieron con The Jackson Five y los que, hace más de cuarenta años, descubrieron su grandeza y capacidad de innovación.

 

Explotados por un padre que encontró una vía para escapar de la miseria en las aptitudes musicales de sus hijos, el benjamín voló solo en cuanto pudo, con trabajos desiguales en los que nunca faltó su talento y rebeldía; una década después, con Thriller (1982) rompió todas las marcas -cuarenta y ocho millones de copias vendidas en todo el mundo- y con la aparición del primer videoclip, realizado por John Landis, abrió un género que hoy, y posiblemente mañana, es el mejor instrumento de la promoción discográfica. Convertido en el rey del pop -el título se debe a su amiga y protectora Elizabeth Taylor- y adorado por las masas y las minorías norteamericanas, Michael Jackson (1958-2009) conquistó a todos los públicos y amasó una inmensa fortuna con la que efectuó inversiones inteligentes -la adquisición de los derechos de The Beatles- y sonadas excentricidades, como la pretensión de comprar el esqueleto del más famoso mutante de la historia -el infeliz Joseph Merrick, el Hombre Elefante- cuyos restos siguen en el Royal Hospital de Londres desde su muerte en 1890.

 

Acosado por las deudas y los escándalos, procesado por abuso de menores, resueltos con acuerdos extrajudiciales, fue hasta el final de sus días “un pobre niño rico” que pagó cuanto le pidieron para cumplir sus sueños aplazados, su derecho a transformar su identidad física -otro color, otras facciones- y a mantener, más allá de las reglas y convenciones, la ilusión de una infancia perdida; dos matrimonios, con Elsa Marie Presley, la hija del gran Elvis, y con una oscura enfermera, padre de tres hijos por medio de la fecundación in vitro, cuando se desbroce la hojarasca de la leyenda (la causa de la muerte, oficiosamente un fallo cardíaco, el estado de sus finanzas y el destino de su herencia) quedarán sus canciones y coreografías, su inventiva artística y la genialidad insuperada de hacer de la música una explicación y una verdadera filosofía de una época donde brilló como el astro más rutilante y solitario. Siempre vivirá en Neverland.