Así fue la muerte de Jesucristo
José
M. Clar Fernández *
¿Quién no se ha
estremecido al contemplar en un cuadro, escultura o en un crucifijo la imagen
inerte de Jesús muerto en la cruz? Pero ¿conocemos realmente los sufrimientos
que tuvo que experimentar este hombre en su pasión y muerte?
Veamos. Desde su
apresamiento en el huerto de Getsemaní hasta su
muerte en el Gólgota, Jesús fue sometido a diversas vejaciones, maltratos y
torturas que culminaron con su muerte en la cruz.
Jesús murió clavado en
una cruz porque la crucifixión era una pena de muerte que los romanos aplicaban
a esclavos y sediciosos. Tenía un carácter infamante, por lo que no se aplicaba
a un ciudadano romano, sino sólo a los extranjeros. El suplicio que sufría el
reo era tal que Cicerón calificaba la crucifixión como "el más cruel y
terrible suplicio". Sin embargo, para acercarse a la realidad de lo que
supuso la pasión y muerte de Jesús no basta con quedarse en los dolorosos
detalles de la crucifixión, sino que es preciso conocer lo mucho que este hombre
tuvo que sufrir antes de su muerte.
Tras su detención en
el huerto de Getsemaní, Jesús sufrió diversos
castigos, entre ellos la flagelación que se caracterizaba por ser terriblemente
brutal y el preliminar legal para toda ejecución romana. Generalmente consistía
en treinta y nueve latigazos practicados con un látigo hecho con tiras de cuero
trenzado entre las que se entrelazaban bolas de metal y pedazos de huesos
afilados. Era tan cruel el castigo que los latigazos rasgaban los músculos
produciendo jirones de carne sangrante y desgarrada. Su finalidad era debilitar
a la víctima a un estado próximo al colapso o la muerte. Para la flagelación el
hombre era desnudado y sus manos atadas a un poste. Los latigazos se
practicaban sobre los hombros, la espalda, las nalgas y las piernas.
A este hombre
debilitado que reclamaba ser rey los soldados le colocaron una túnica sobre sus
hombros, una corona de espinas sobre su cabeza y un palo como cetro en su mano
derecha, mientras se burlaban de él.
La flagelación severa,
con su intenso dolor, el abuso físico y mental descargado por los judíos y los
romanos, así como la falta de alimentos, agua, descanso, etc,. contribuyeron también a su
estado general de debilidad.
Para la crucifixión se
acostumbraba a obligar al hombre condenado a cargar su propia cruz hasta el
lugar establecido. Dado que la cruz era muy pesada, sólo se llevaba el madero
horizontal (patíbulum), que se colocaba sobre
la nuca de la víctima y se balanceaba sobre sus hombros. En el trayecto, debido
al debilitamiento físico, Jesús cayó tres veces al suelo, por lo que Simón de
Cirene fue obligado a cargar con el madero.
Llegado al lugar de la
ejecución, a las afueras de la ciudad, la ley establecía que al reo se le diera
un trago de vino amargo mezclado con hiel como leve analgésico, pero Jesús,
tras probarlo, lo rechazó. Luego, fue tirado al suelo sobre su sangrante
espalda, con los brazos extendidos a lo largo del patíbulum.
A Jesús le atravesaron las muñecas con clavos de hierro de unos quince
centímetros de longitud. Fue clavado por las muñecas porque los ligamentos y
huesos de esta parte de los antebrazos pueden soportar el peso de un cuerpo
colgando de ellos. Luego de clavar los brazos al travesaño, la víctima era
izada hasta el madero vertical que ya estaba introducido en el terreno,
fijándose ambos. Seguidamente eran clavados los pies a la cruz por el lado
frontal, uno sobre el otro.
El tiempo de
supervivencia del reo en la cruz fluctuaba de tres a cuatro horas. En ese
lapso, Cristo, con gran esfuerzo y dolor, pronunció siete frases cortas. Una
vez muerto, un soldado romano, para cerciorarse de ello, clavó una lanza al
corazón a través del lado derecho del pecho.
El efecto principal de
la crucifixión, aparte del tremendo dolor, era la marcada interferencia con la
respiración normal, particularmente con la exhalación. El peso del cuerpo,
tirando hacia abajo por los brazos y hombros extendidos, tendía a fijar los
músculos intercostales dificultando la respiración, facilitando la asfixia y la
muerte por paro cardíaco.
Fueron tres
interminables horas en las que se consumó el sacrificio realizado por amor y
obediencia para escribir la historia del más grande de los heroísmos,
protagonizada por un hombre excepcional: Jesús.
Publicado en el periódico El Día, 1-04-2010