La nacionalidad
Juan
Jesús Ayala
Hay cuestiones en la
política, escapándonos si se quiere de su filosofía, que son determinantes y
clarificadoras. Lo que se pretende enfatizar es que, de la misma manera que
existen naciones sin Estado, es imposible se dé el caso contrario. O sea un
Estado sin nación.
Naciones hay por el
mundo unas cuantas que están definitivamente definidas porque comparten una
misma cultura, que es lo que las sustenta conceptualmente. Y otras no tanto,
sino que permanecen en el imaginario dispuestas, eso sí, cuando llegue la
ocasión, que generalmente corresponde a los que viven dentro de un determinado
territorio, a pasar al plano de su realidad.
Estas cuestiones que
se reseñan se pueden entender y no tienen vuelta de hoja. El problema y el
galimatías comienza cuando, alejándonos de estos dos conceptos socio-políticos,
nación y Estado, que es una contingencia, aparece el tibio y ambiguo de
"nacionalidad".
¿Qué es una
nacionalidad? ¿Es lo mismo que nación? El camino de la nación está enmarcado en
la incesante búsqueda de su institucionalidad como Estado. ¿Y el de la
nacionalidad hacia dónde se dirige?
Cuando los padres de
la actual Constitución [española] llevan este asunto al Parlamento español, en
el espacio que España es un Estado plurinacional y que está conformado por diversas
naciones, se armó el zipi zape y algunos de ellos,
eludiendo el compromiso, se ausentaron cuando esto se debatía porque ni creían
en ello ni les interesaba al ser reductos de viejos tufillos históricos ya que
estaban en contra de que eso fuera así: España como un Estado plurinacional. De
ahí lo de las nacionalidades.
Si la nación es un
cuerpo chiquito, aterido de frío que busca el ropaje de Estado para sobrevivir
como entidad y estructura política, ¿qué es lo que busca la nacionalidad? Habrá
que deducir que la nacionalidad se debate entre el quietismo, la inamovilidad y
la pretensión de ir arañando, cuando la dejan, competencias para sentir que
vive y respira por sí sola, pero el camino se lo marcan otros desde fuera, y si
es que interesa o no.
La nacionalidad apenas
es un cuerpo, no solo diminuto sino un mero embrión de la nada. La nacionalidad
es un concepto vacío de contenido político que se le da algo de respiro en un
momento determinado, que lo que hace es empalidecer y entretener la verdadera esencia
de los pueblos. La nacionalidad que se acepta desde la no confrontación o para
propiciar un espacio sin enjundia es un amago donde la contundencia operativa
de un territorio se encuentra encorsetada y a un muy bajo voltaje.
Las luminarias que mal
alumbran los horizontes de una nacionalidad son tenues y mortecinas aunque
desde dentro se intenten fortalecer para que la visión sea más amplia. La
nacionalidad es una atadura conceptual, y tal vez hasta mental, que
imposibilita caminar con más altivez y decisión.
Nación y nacionalidad,
que parecen sinónimos o gemelares, que da la sensación de ser lo mismo, pero no
es así.
La nación sin Estado
es una promesa, un empeño que tarde o temprano se verá realizado. La
nacionalidad, por el contrario, seguirá siendo una vaguedad en el espectro de
la política, y si se pretende su consolidación será un puro espejismo ya que
continuará como un eslabón más de una cadena cuasi perpetua que no la dejará
desarrollarse.