NACIONALISMO CANARIO EN MADRID
Juan Manuel García Ramos
Todo está a la sombra de las nueve medidas
adoptadas esta semana por el Gobierno de Rodríguez Zapatero (o Zetaparo, como alguien lo ha rebautizado). Todo está a la
sombra de este debate sobre las soluciones a una crisis que tanto tardó ese
mismo ejecutivo en reconocer y tanto nos va a costar remontar. Pero habrá que
seguir pensando sobre otros asuntos, y he de confesarles que llevo un tiempo
algo desconcertado con el comportamiento de los representantes del nacionalismo
canario en el Congreso de los Diputados y en el Senado madrileños.
Leo las críticas que se le formulan a Ana Oramas,
como portavoz más visible y lamento que se menoscabe su imagen de mujer
luchadora y comprometida con su tierra, aunque, al mismo tiempo, no llego a
entender algunas de sus posturas desde que emitió su voto para apoyar los
Presupuestos Generales del Estado para este 2010. Y, al calor, de esa
confusión, me pregunto cuál debería de ser el papel de los parlamentarios
nacionalistas canarios en la capital de España.
Todos tenemos todavía en nuestra memoria la figura de Fernando Sagaseta, elegido diputado en la legislatura 1979-1983 por
Unión del Pueblo Canario; tanto su beligerancia con los dirigentes de la UCD de
la época como su soledad de corredor de fondo en un hemiciclo dado a la
componenda y al ejercicio ilimitado del cinismo y la hipocresía. Fernando hacía
política con el corazón más que con la cabeza. Quizá su personalidad albergaba
demasiada rabia contenida contra una historia que combatió con una valentía que
nadie le puede negar.
Casi veinticinco años después, toda la rudeza del comportamiento de Fernando Sagaseta en la Carrera de San Jerónimo se convirtió en
maquiavelismo de terciopelo en el caso de José Carlos Mauricio, dueño este de
un discurso nacionalista producto de nuevas circunstancias vividas, y no tanto
resultado de su pasado ideológico, por lo general escorado hacia los viejos
internacionalismos marxistas.
José Carlos Mauricio coincidió con las legislaturas de los dos mandatos de
Aznar y supo combinar con sabiduría, así se lo reconocieron periodistas
independientes en años sucesivos, la representación de un nacionalismo canario
emergente, con sus posiciones ideológicas fundamentadas, y la consecución de
acuerdos muy ventajosos para las islas con los gobiernos centrales de aquellos
años.
Algo parecido sucedió con Paulino Rivero cuando heredó la portavocía
de Coalición Canaria en el Congreso y vio catapultada su imagen política como
presidente de la Comisión Parlamentaria sobre los atentados del 11 de marzo de
2004 en Madrid. El nacionalismo canario seguía robusteciéndose en la Villa y
Corte y, aunque no terminaba de perfilar del todo su fisonomía ideológica,
contaba con el respeto de los nacionalismos históricos del Estado, tan dados,
por otra parte, a todo tipo de camuflajes y chalaneos con los poderes
centrales, lo que los ha debilitado ante nuestros ojos a lo largo de estos
últimos años. Lo decimos para que nadie piense que los tenemos como modelos de
ejecutorias ejemplares, pero es lo que hay.
El bipartidismo de la política española deja poco espacio a esos nacionalismos
periféricos, en ocasiones los vuelve enemigos de sí mismos al convertirse en
serviles colaboradores de los ejercicios presupuestarios de los PSOES o los PPS
en el poder.
Se diría que su tarea consiste en soplar y morder, como proceden ciertos
roedores que evito nombrar aquí, para no hacer comparaciones demasiado
groseras.
Esos nacionalismos periféricos siempre están al borde de que sea fácil
prescindir de ellos a la hora de gobernar el Estado cualquiera de las fuerzas
mayoritarias, o de que sea fácil contar con unos y dejar a otros fuera. Esa
desigual virtualidad los transforma poco a poco en simples teloneros de la gran
representación de la que participan. Un papel muy difícil de interpretar si
encima esos nacionalismos han de satisfacer a su electorado correspondiente,
siempre atento a rapiñar para su territorio lo que sea menester.
Por todas estas razones, es tan frecuente
en esos parlamentarios nacionalistas sufrir una suerte de síndrome de Estocolmo
con respecto a los grupos mayoritarios de las Cortes, con respecto a los
gobiernos monclovitas, con respecto a todo lo que
representa el poder efectivo madrileño en cada legislatura.
¿Les puede estar ocurriendo algo de esto a nuestros parlamentarios
nacionalistas actuales? ¿Es lógico estar apoyando a un gobierno socialista más
muerto que vivo en algunas de sus iniciativas más erráticas? Quizá todo lo
explique una estrategia malabar que nosotros no llegamos a comprender, la
política a veces se convierte en un arte esotérico no apto para cualquiera.
En Alemania, el Bundesrat o Consejo federal es una pieza clave del singular
federalismo germano y para conocerlo a fondo es necesario irnos hacia atrás en
la historia y fijarnos en las reformas que Otto von
Bismarck hizo en 1871 y los ajustes de ese órgano como garantía de vinculación
de los soberanos de los Estados alemanes de entonces -entre ellos, reyes,
grandes duques, príncipes y demás jerarquía- a su proyecto unificador.
Bajo el manto de la Constitución de Bismarck, el Bundesrat se convirtió en un
segundo órgano de mando en plaza que colaboraba en la legislación aprobada por
el Parlamento (Bundestag) y, al mismo tiempo, participaba en las tareas y
responsabilidades del gobierno federal.
Una suerte de Senado a la española, pero con representación territorial
efectiva y con competencias ejecutivas; nada menos.
Los nacionalismos periféricos del Estado español están perdidos entre las macromayorías del Congreso y la desidentidad
del Senado. Simplemente navegan entre dos aguas desventajosas.
Si seguimos perteneciendo a España, los nacionalistas canarios estamos en la
obligación de defender ante el resto de los territorios del Estado nuestra
particular situación en este Atlántico del que geológicamente un buen día
surgimos.
No se trata ya de arañar más o menos partidas presupuestarias para nuestro
archipiélago, ni de caerles más simpáticos o más antipáticos a los gobernantes
centrales de turno. Se trataría de plantear, en el marco de convivencia del
Estado, la personalidad de un pueblo diferenciado que quiere seguir dialogando
con otros pueblos desde su dignidad, su respeto por los demás y su mayoría de
edad para decidir por sí mismos sus asuntos.
Quizá obligados por la historia y no alejándonos de nuestro sentido común,
mantenemos un contrato político con España y con Europa, pero nuestras
especificidades nos obligan a afinar nuestros reflejos. Sin entreguismos
equívocos, poniendo siempre por delante nuestras capacidades para analizar lo
que pasa y decidir lo más conveniente para nuestro pueblo. Eso es nacionalismo
y eso hay que hacerlo saber en todos los foros donde hablemos en nombre de
nuestra ciudadanía. O de buena parte de nuestra ciudadanía.