¡NOSOTROS PODEMOS!

 

 Fernando Gracia

 

Si usted padece del corazón, no lea este criterio

 

¡Gracias!, en primer lugar a mi director, que finalizaba uno de sus editoriales refiriéndose a mí con la frase: "Desde aquí lo animamos a seguir, porque la independencia de Canarias llegará. Es irremediable que llegue".

Después, gracias a docenas de mensajes tan entrañables como el de Marco Gómez, que me dice: "Soy un humilde lector de EL DÍA y de sus opiniones, y pienso que usted es un colaborador valiosísimo para nuestra tierra canaria. Le agradezco y me llena de alegría que personas como usted se impliquen en la lucha?".

¿Cómo no podría implicarme en la lucha por defender algo tan simple y a la par tan grande como es la tierra que nos pertenece? Vivimos en unos momentos que ni siquiera nos van a dar los dos metros por cincuenta para enterrarnos en una tierra que nos niegan como nuestra, y les proporcionarán a los que nos aman exclusivamente un bote con las cenizas. ¡Cómo no voy a luchar por el derecho a una tierra libre! ¡Gracias, gracias mil a nuestros lectores!

Si usted ha pasado de forma consciente la advertencia del titular y se atreve a seguir leyendo, prepárese a escuchar, posiblemente por primera vez, el desprecio tan vergonzoso que se ha venido manteniendo con el Archipiélago por parte de sus reyes y sus jefes de gobierno; en definitiva, sus "amos" en el transcurso de los años.

Dos guerras químicas -lógicamente internacionalmente prohibidas- por parte de España contra Marruecos han podido eliminar a los canarios por completo, pero eso no tenía importancia. ¡Éramos los indígenas!

De la primera de ellas, la famosa Guerra del Rif (1922-1927), al gobierno de Primo de Rivera y su Borbón de turno, Alfonso XIII, les correspondió la atroz ignominia y el denigrante privilegio de haber sido el primer país en utilizar gases tóxicos y mortíferos contra la población civil mediante bombardeos aéreos que, sin la menor caridad, bombardearon poblados civiles completos, a la par que se aprovechaba la intensificación de los humildes paisanos en días y horarios de mercadillos, se quemaban sus viviendas y se rociaban de veneno químico los campos de cultivo.

Han pasado ochenta años después de aquella vil masacre y el Rif continúa siendo la zona de Marruecos con más altos índices de cáncer, y uno de cada dos niños que nacen tiene que acudir con indicios de esa enfermedad al hospital de Rabat.

Durante la contienda, Canarias -a más de mil kilómetros de distancia- no corría peligro porque las bombas químicas que llegaban de Alemania eran descargadas directamente en Melilla como base central del horror.

Pero el jefe del Gobierno, Primo de Rivera, pensó que se hacía necesario fabricar los venenosos elementos en España para masificar aún más las matanzas, y se organizó todo para que la fábrica denominada La Marañosa, instalada en las proximidades de Madrid, comenzara a trabajar en el armamento químico. -Gracias a la impericia de sus técnicos o a la Divina Providencia-, al término de la guerra aún no habían sido capaces de dar con las fórmulas y comenzar la producción en cadena. ¡Eso nos salvó! Mucho tuvo que llorar la Virgen de Candelaria para defendernos.

Un general del ejército español, en un momento anterior a un consejo de ministros, le indicó al presidente su gran preocupación, dado que los camiones que cargaban en La Marañosa de Madrid y embarcaban el terrible cargamento en los aeroplanos de aeródromos andaluces tendrían que repostar en Canarias con el consiguiente peligro para las Siete Islas.

La contestación del dictador, bajo las ordenes del Borbón, fue: "No me creen más problemas; de las colonias me importa la tierra, no los hombres".

Estamos hablando de bombas que contenían, entre otras sustancias químicas, fosgeno, difosgeno, clorociprina y, sobre todo, gas mostaza. También iperita, cuya denominación correcta es la de sulfuro de bis (2-cloroetilio).

La mayor parte de todos estos venenos -absolutamente prohibidos a nivel internacional- pueden, en el mejor de los casos, producir cegueras totales, grandes quemaduras y caídas de la presión arterial hasta la muerte después de producirse la inhalación.

Respecto al siguiente momento en que pudo producirse una atroz pandemia en todo el Archipiélago canario, nos remontamos a la Guerra de Ifni, bautizada en España como la Guerra Olvidada, que enfrentó a fuerzas españolas contra las marroquíes en una zona tan próxima a Canarias como la del Sahara, entre octubre de 1957 y abril de 1958.

Durante esta contienda, España retorna a la prohibida matanza mediante bombas químicas, las anteriormente citadas, pero con cultivos mucho más sofisticados. Un aeroplano con un cargamento de cientos de cajas de bombas sufre una avería y cae en la estrecha franja de aguas canarias que nos ligan con el mar marroquí.

Toda la documentación de este accidente, que se encontraba en su correspondiente carpeta, desapareció para siempre de forma "misteriosa".

Mi vieja formación de periodista de investigación me lleva siempre a omitir mis opiniones personales y transmitir las de documentos absolutamente probados. En este caso concreto de la guerra del Rif, he logrado dar, con un enorme esfuerzo, con dos visiones diferentes del comportamiento tenido por los mandos en la contienda; por una parte, la de militares peninsulares, y, por otra, la de militares insulares, que vivieron como auténticos protagonistas la tragedia. Les invito a seguir leyendo porque no tiene desperdicio y es pura y desconocida historia.

Para hablar de los mandos llegados a Marruecos desde la Península y conocer de esta forma cuál era su comportamiento, me remito al diario personal y manuscrito de un intelectual y político de la talla de Indalecio Prieto (1883-1962), que se trasladó a Melilla y el 22 de septiembre de 1921 escribe en su diario:

La violación de mujeres y vírgenes moras

"El grado de corrupción a que se ha llegado en Melilla, y tengo la obligación de no generalizar sobre desfalcos corrientísimos en la guarnición de Melilla de los cuales me he enterado que han dado incluso lugar a suicidios, aunque tengo que hacer esta declaración: el cuerpo de Ingenieros no ha tenido ninguno; el arma de Artillería, los muy escasos que ha tenido los ha castigado de manera inexorable, sin contemplaciones, y me atrevo a afirmar que las restantes armas y cuerpos en los cuales ha habido casos de delincuencia análoga, si bien ha habido castigos, la característica ha sido la lenidad. Y, naturalmente, este es el ejemplo corriente, y esto trasciende al campo, y a veces las tropas indígenas cobraban con excesivo retraso, para con ese dinero cubrir los vicios de la tropa en Melilla. El moro lo sabe, y el moro conoce este estado de putrefacción y esta falta de moral que suelen servir como exaltación natural del valor en los combatientes; pero lo que más suscita es el odio del moro y deja detrás de donde nosotros actuamos un torrente de ira que necesariamente tenía que estallar; eran los atropellos al derecho de gentes, y las continuas violaciones cometidas con mujeres moras de todas las edades.

En la Comandancia General de Melilla debe de estar, chorreando por todos lados sangre e inmundicia, el expediente de un capitán en cuyo haber -si haber se puede llamar a una página tan vergonzosa- hay escritas cerca de cincuenta violaciones de mujeres y jóvenes moras, muchas aún vírgenes.

Y, naturalmente, el yebala soporta esto con ira, lo sopota con odio; está sometido, pero desea vengarse. Todos sabéis lo que para el musulmán es una deuda de sangre; tras estas violaciones, para cometerlas había, como florón sangriento, algunos asesinatos, y entre los moros esas deudas de sangre no se extinguen jamás, se transmiten de padres a hijos, y a nietos y? a generaciones enteras, sin olvidar jamás el agravio, de lo cual hay todavía una tradición viviente en nuestro litoral levantino que tan magistralmente pintó el gran Blasco Ibáñez en su novela La Barraca y esa estela de odios hizo posible que cuando la sublevación se produjo estallaran esas escenas de infinita barbarie que han dejado allí su tremenda huella; yo lo he visto, cuando he pasado, con pena, por los campos moros, temiendo que mis pies se hundieran entre aquellos humanos restos, cuerpos deshechos, aplastados; piernas y brazos arrancados a hombres y mujeres; calaveras deshechas, como reguero de la venganza de un pueblo al cual no se le ha sabido llevar el emblema práctico de la paz".

Y tras la lectura de este comportamiento tenido por algunas de las fuerzas militares peninsulares, que narra Indalecio Prieto, me llené de auténtico terror el día 9 de abril pasado, al leer en EL DÍA un maravilloso texto escrito por don José Rodríguez Ramírez que finalizaba de esta forma: "Para acabar, nos preguntamos un día más si acudirá España en auxilio del Archipiélago el día que Marruecos decida invadirnos. ¿Actuará la Armada española como lo hizo la Royal Navy británica para recuperar las Malvinas, con el colonizador príncipe Andrés a la cabeza, para que Mohamed VI no nos haga magrebíes?".

Me llené de terror, porque ser magrebíes sería la mejor de las suertes, ya que, como aseguraba Prieto, el moro no olvida aunque pasen generaciones sobre generaciones.

El editorial del pasado domingo, "Estamos completamente a merced de Marruecos", me puso de nuevo a temblar, y para reafirmarme aún más me remito a esta muy curiosa anécdota: don Jacinto Benavente (1866-1954), Premio Nobel de Literatura en 1922, había tenido un impresionante éxito en el madrileño teatro Fontalba -situado en la Gran Vía- con su obra "No quiero, no quiero", y cuando años después el marqués de Fontalba decidió cerrar para siempre el coliseo, habló con Benavente y le dijo: "Quiero despedir el local con una función que se recuerde para siempre. Encargaremos los decorados a Salvador Dalí y el libreto lo escribe usted con algo divertido que ridiculice por completo a los moros".

Benavente se mesó su perilla y le contestó: "Los que lo recordarían para siempre serían los moros, no cuente con mi pluma, que dentro de siglos quiero seguir tranquilo en mi tumba".

El inocente comportamiento del soldado tinerfeño

Con impresionante esfuerzo de investigación he logrado encontrar la carta manuscrita de un soldado chicharrero del mismo año 1922 y en otra de las zonas del frente; su lectura no tiene tampoco desperdicio, ya que es toda una exposición de candor, ternura e inocente comportamiento en el mismo frente marroquí.

La carta está dirigida a un amigo de Santa Cruz llamado Alberto, y la firma un soldado de nombre Ricardo, perteneciente a la batería de Montaña de Tenerife en África.

La posesión de este documento estaba en manos de M. Curbelo, con imprenta en la calle San Agustín, 47, de La Laguna. Con ella y otras más confeccionó un libro que se publicó en 1923 titulado:"Cartas de un artillero". El manuscrito, bellísima carta, se encuentra fechada en el campamento de Teffer el día 4 de febrero de 1922 y dice:

"Querido Alberto:

Hoy, Domingo de Carnaval, ha sido un gran día en este pequeño campamento. Figúrate que nuestro capitán, después de llamarnos de dos en dos a su tienda, nos va haciendo entrega de una botella de vino. Pero ¿qué te crees? Vino viejo, vino legítimo de Tenerife. ¡Hurra por nuestra patria! ¡Hurra por los generosos donantes! ¡Hurra por los nobles pechos; por ésos, por los de ayer, por los de días atrás! ¡Pues no ha sido pequeña la juerguecita que nos hemos corrido! Ni sé cómo tengo la cabeza y la mano para escribir esta carta. Mas ¿qué quieres? En mis tristezas y alegrías no sé olvidarme de ti, de todos los amigos, de mi querida Santa Cruz. Y hoy tengo intensos, vehementes deseos de comunicarme contigo.

¡Sí, parece que con el vino se ha desbordado en mi corazón el amor a la patria! ¡Y cuánto hemos hoy hablado de ella! Y cuán satisfechos y cuán confortados nos hallamos al considerar que no estamos solos y aislados en tierra africana; que allá, lejos, separados por el mar, laten muchos corazones al unísono con los nuestros, que sienten nuestras fatigas, que nos siguen con el pensamiento, que desean endulzar nuestras penas y hacernos más llevaderos estos largos y tristes días! ¡Dios los bendiga!

Este vinillo ha venido a poner el sello a la larga serie de donativos que nos han hecho nuestros compatriotas santacruceros.

Te contaré, empezando por lo más gordo, aquello que más efecto causó en todos los sectores del campamento. Me refiero a aquel dichoso instante en que se vio avanzar por el camino de Teffer una pequeña caravana compuesta de quince mulos, llevando cada uno sobre el lomo dos huacales de plátanos. ¿Qué es eso?, se preguntaban los soldados peninsulares, que no conocían el sabroso fruto. ¿Qué contendrán esas cajas enrejadas?

Dejémoslos con sus cábalas y suposiciones, y nos acercamos a poner en tierra la preciosa carga. Todo se nos iba en husmear y rodear las cajas, a ver si por casualidad alcanzábamos a divisar algún bago de plátano. ¿Si estarán maduros?, nos preguntábamos con ansiedad.

¿Y qué te digo del soberbio regalo que la Cruz Roja de Santa Cruz nos ha enviado por Pascuas? Gofio, higos pasados, castañas, galletas, puros, cigarrillos, ¡qué se yo!

Pero de todos estos obsequios, que en el alma agradecimos, lo de mayor gusto y satisfacción fue el gofio. ¡El gofio! La comida que siendo sustento de pobre no es desdeñada en los blancos manteles de las más opulentas mesas.

¡Ay!, con qué tristeza le veíamos llegar a su fin. Con qué pena mirábamos el fondo reluciente de las vacías latas y aspirábamos el rico olor que de ellas se desprendía.

¿Te ríes? Aquel olor, aquel ligero tufillo era el olor a Santa Cruz, ausente, condensad en unas tenues partículas adheridas a las paredes de las vacías cajas.

Estaré romántico, tal vez. La nostalgia de la bendita Canarias, de los amigos y de algo más hondo aun que me lleva por ese camino.

Adiós a todos y un abrazo apretado como nunca a nuestro amado Tenerife.

Ricardo".

¡Nosotros podemos!

fggracia@hotmail.com

 

Fuente: El Día, 10-05-2009

 

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