No te jubiles

 

Juan Manuel García Ramos

 

Al margen de las teorías al uso sobre las clases sociales, para nosotros existen dos fundamentales: la de los que disfrutan haciendo su trabajo y la de los que sufren realizando sus tareas.


Esta nueva estratificación de los individuos de una sociedad poco tiene que ver con las viejas concepciones de Carlos Marx o del liberal Max Weber ni con la relación que estos pensadores establecían con los estatus económicos disfrutados o padecidos por las personas pertenecientes a una clase o a otra.


A nuestro entender, poco se ha hablado del grado de felicidad o de infelicidad que puede depararnos el desempeño de una actividad profesional, y menos se ha dicho del apego o desapego que podamos establecer con un puesto de trabajo.


Me viene todo esto a la cabeza después de releer, por indicación oportuna de una amiga seguidora de estos artículos semanales, una vieja entrevista realizada a la neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini, donde esta científica centenaria reconoce con una contundencia desconcertante que no se jubilará jamás, porque la jubilación destruye los cerebros y enferma a los individuos.


Levi-Montalcini, no es cualquiera a la hora de hablar de neuronas, pues desde 1942 descubrió que aunque algunas células de nuestro sistema nervioso mueran con el tiempo, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones. Su recomendación es taxativa: "Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar, y nunca se degenerará".


¿Trabajaban Adán y Eva en el Paraíso? La mitología cristiana nos dice que no, que sólo después de ser expulsados del Edén se les condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente. El trabajo como castigo está en el Génesis, y algunos han seguido entendiéndolo así.


No obstante los libros sagrados, sabemos que la Humanidad siempre ha luchado por la consecución de algunos objetivos básicos: el amar y ser amado y el sentirse respetado por sus quehaceres. El trabajo dignifica al hombre y a la mujer, los convierte en seres "realizados", para decirlo con el código del lenguaje coloquial.


No todos los trabajos son de la misma naturaleza, la propia legislación vigente habla de aquellos que implican tareas penosas, tóxicas, insalubres. Que le pregunten, si no, a los treinta y tres mineros chilenos recién rescatados del infierno. Esas actividades no dignifican a nadie, pero alguien las tiene que desempeñar, y para los que se ocupan de ellas durante un periodo de su vida, siempre limitado, no cabe hablar de la inoportunidad de una jubilación. Se reirían de quien lo hiciera.


Pero hay otra mayoría de labores que no cuentan con esa peligrosidad para la salud humana.


La sociedad de nuestros días se debate entre muchas contradicciones. Se ve impotente a la hora de solventar los paros estructurales de sus poblaciones jóvenes y no tan jóvenes. Se impacienta por establecer edades de jubilación que permitan asegurar la contabilidad de sus pensionados.


Hace apenas unos lustros que en España se mandaba a las casas a ejecutivos y trabajadores en general con cincuenta y pico años de edad. Todos nos acordamos de amigos que, supuestamente, disfrutaron de esas medidas.


Y digo supuestamente porque tengo ejemplos a mano que me dicen que más que una ventaja para sus trayectorias vitales y laborales, esa salida de sus empresas significó lo que Levi-Montalcini nos advertía: el abandono, la destrucción de sus cerebros, la incapacidad de mantener curiosidades, empeños, pasiones


Podríamos hacer un retrato robot imaginario -repito: imaginario? de algunos jubilados sin su consentimiento: primera decisión, comprarse un chándal y comenzar a hacer el ejercicio que nunca acostumbraba; segunda decisión, abandonar la primera idea después del primer pinchazo en el gemelo; tercera decisión, frecuentar algún bar de los alrededores de su domicilio; cuarta decisión, empezar las mañanas con un cortado en sus distintas modalidades; quinta decisión, irle añadiendo un poquito de coñac u otro tipo de aguardiente al cortado mañanero; sexta decisión, sustituir el cortado por un coñac; séptima decisión, tomarse más de un coñac antes de ir a comer; octava decisión, comenzar a leer el periódico por las esquelas; novena decisión, saberse todos los nombres, los apellidos, la marca del coche que conducen, los amores y desamores, etc., de los jugadores del equipo de su comunidad, luego de los de la selección, luego los de su equipo extranjero favorito; décima decisión, comprobar que el dómino y el ajedrez sólo desarrollan la inteligencia para jugar al dómino y el ajedrez; undécima y dramática decisión, empezar a ducharse días alternos


Las burocracias estatales se creen dueñas de la existencia de todos sus ciudadanos y legitimadas para decirles cuándo y cómo han de cesar en sus actividades de toda la vida.


Está claro que unas personas se encuentran preparadas para ese paso y otras no, pero nos han de preocupar estas últimas, porque cuando creemos premiarlas, las estamos perjudicando gravemente.


Vuelvo al principio de estas reflexiones: a la hora de jubilar a la ciudadanía se hace necesario distinguir entre los que disfrutan haciendo su trabajo y los que sufren realizando sus tareas. Se trataría, quizá, de ir recortando jornadas laborales a medida que se cumple edad, de ir acomodando tareas, y de no prescindir de pronto de personas que no desean irse a su casa.


He conocido zapateros, agricultores por cuenta propia, hoteleros, con setenta y pico, ochenta años, en perfecto estado de revista, llenos de esas curiosidades, iniciativas y pasiones de las que hablaba Levi-Montalcini.


La lista de profesiones y oficios podría ser mucho más extensa. Gente con sus arrugas a cuestas, pero también con sus cerebros lúcidos como jóvenes recién llegados a la vida. Y no he podido menos que hacer comparaciones con muchos conocidos ex bancarios, ex ejecutivos, ex policías, ex funcionarios, todos jubilados a la fuerza, sin convicción, tristes, desmotivados, con la libido por los suelos, gordos, rencorosos con la sociedad que los ha expulsado de su seno.


No se puede cortar con las mismas tijeras a toda la población laboral a pesar de que las maquinarias estatales manejen nuestros destinos con tanta autoridad como desprecio.


Acaso si no mediaran esas burocracias estatales entre trabajadores y empresas el acuerdo entre unos y otras, en cuanto a la edad de abandonar una plantilla laboral, sería menos traumático y más esperanzador, para aquellos y aquellas que tuvieron la suerte en este mundo de elegir una profesión que les deparara el placer que no encontrarán nunca en el exilio de una jubilación indeseada. ¿Indeseable?


El trabajo, para muchas personas, no es sólo un medio de vida, es una manera de estar en la vida y de sentirse vivo. Por todo esto que defiendo, siento mucho más que le estemos robando a una generación joven la posibilidad de descubrir que el trabajo no es la maldición divina de la que hablan los textos bíblicos.