Noticias de África
Juan Manuel García Ramos
Qué difícil se nos hace desde Canarias
entender a Marruecos en sus empecinados afanes anexionistas del Sahara
Occidental.
Aparentemente, sin que nadie se ponga de acuerdo, el mercado internacional de
la información impone una tregua en los meses de agosto de todos los años, pero
los viejos conflictos fronterizos del planeta rebrotan sin respetar las paces
del estío.
Dedico algunas de estas tardes últimas a contemplar la evolución de un naranjo
cercano, a aprovecharme del poco aire que azota las palmeras que tengo a la
vista y a ver corretear a los mirlos comunes entre los muros del jardincillo,
hasta que alcanzan un recipiente con agua donde se dan baños tan simpáticos
como impacientes. Pero el despacho queda cerca y la información no cesa de
fluir pese a la calma del mes. Y la información llega del reino de Marruecos,
tiene que ver con el reino de Marruecos.
"Rabat convoca al embajador de España para protestar por el apaleamiento
de un estudiante marroquí" que intentaba introducir en Melilla -el
ministro de Asuntos Exteriores habla en su comunicado oficial de la
"ciudad ocupada de Melilla"-, un saco de kilo y medio de sardinas
frescas que según las autoridades españolas no cumplían las condiciones de
higiene requeridas.
El incidente parece menor, pero es la gota que no cesa en los contenciosos hispanomarroquíes sobre las ciudades de Ceuta y Melilla,
tan apetecidas por la monarquía alauí. Marruecos necesita crecer al norte y al
sur de su territorio actual, necesita mantener esos fuegos expansionistas
encendidos para distraer la atención de una población interna empobrecida y
liderada por una corte fastuosa.
La otra noticia que me llega procede del sur aludido, donde la policía marroquí
ha arremetido brutalmente contra grupos de trabajadores saharauis, concentrados
en la calle Smara de El Aaiún,
que se manifestaban convocados por la Confederación Sindical de Trabajadores
Saharauis contra la política de discriminación sufrida por sus compatriotas,
por el saqueo permanente de los recursos naturales de esa zona por parte de
Marruecos y por la no celebración del referéndum de autodeterminación del
Sahara Occidental, como tantas y tantas resoluciones de Naciones Unidas han
recomendado desde hace más de treinta y cinco años.
Esas informaciones provienen de la vecina África y tienen que ver con
ciudadanos saharauis que hasta ayer estaban en posesión del mismo Documento
Nacional de Identidad que a nosotros nos sigue sirviendo para ir por España y
por el mundo.
Lo hemos escrito en otro lugar, pero vale
la pena recordarlo.
Marruecos lleva más de un cuarto de siglo sin responder ante la comunidad
internacional por su ocupación ilegal del Sahara. Desde que el Tribunal
Internacional de Justicia de La Haya, en dictamen de 16 de octubre de 1975,
dejó claro que no había ningún tipo de soberanía marroquí ni mauritana sobre el
Sahara español descolonizado tras la Marcha Verde del 20 de octubre de ese
mismo año de 1975.
Dictámenes del Tribunal de La Haya e
innumerables resoluciones de Naciones Unidas han sido sistemáticamente desoídos
por las autoridades marroquíes.
No son fáciles las relaciones con un país como Marruecos. Ni por parte marroquí
ni por parte española se ha dado en los últimos tres decenios largos el
necesario entendimiento diplomático y eso es algo que desde este Archipiélago
nos debe preocupar especialmente.
En el entretanto, los canarios hemos perdido nuestros derechos históricos sobre
el banco pesquero canario-sahariano, lo que nos ha obligado a amarrar nuestra
flota; han desaparecido nuestras relaciones comerciales con el Sahara, nuestra
vieja zona de influencia en el continente; no terminamos de establecer la
mediana oceánica con Marruecos para saber a qué atenernos en lo que se refiere
a la explotación de nuestros suelos marinos, y durante años sufrimos una
inmigración irregular proveniente de las costas marroquíes que tuvo en buena
parte el visto bueno de sus autoridades.
La descolonización de las colonias africanas tras la finalización de la Segunda
Guerra Mundial fue una chapuza histórica que hasta hoy acarrea consecuencias
difíciles de evaluar. Pero quizá la mayor de esas chapuzas diplomáticas fue la cointerpretada en 1975 por la España franquista agonizante,
por un Marruecos belicoso y oportunista y por una Mauritania que nunca supo muy
bien de qué iba la cosa y lo mismo que se apuntó a un reparto territorial que
la beneficiaba, se desligó del negocio desde que empezaron las primeras
escaramuzas bélicas.
El problema lo tenemos los canarios ahí enfrente y pasan los días, los meses y
los años y los partidos estatales españoles no mueven un dedo a favor de su
resolución.
El intercambio de cromos coloniales protagonizado por aquel franquismo en
decadencia y por un rey Hassan prepotente y embaucador no terminó de fraguar
nunca. El Sahara Occidental no perteneció jamás a Marruecos, según todos los
tribunales internacionales que intervinieron y siguen interviniendo en el
arbitraje de la situación creada por la entrega de la provincia española del
Sahara. Una provincia, así declarada a partir de un decreto de la Presidencia
del Gobierno español de 10 de enero de 1958, con una extensión de unos
A pesar de que Franco había auspiciado desde hacía tiempo aplicar al Sahara el
principio de autodeterminación, siguiendo la resolución 2.072 (XX) de la
Asamblea General de las Naciones Unidas, las nuevas riquezas del subsuelo
sahariano ralentizaron las decisiones que correspondían para iniciar ese
proceso descolonizador. Mientras tanto, Marruecos, como un ave de cetrería,
acechaba a su presa del sur y presionaba con todas sus fuerzas por quedarse con
un territorio del tamaño de Noruega y lleno de expectativas económicas.
Ese fue el escenario de la rapiña del Acuerdo Tripartito de Madrid. Desde ese
momento, los saharauis quedaron a merced de la neocolonización marroquí y
encontraron en Argelia la comprensión a la causa que vienen defendiendo desde
1975. Dicen los antisaharahuis que Argelia, con su
apoyo al Frente Polisario, sólo busca una salida estratégica al Atlántico, y
quizá no dejen de tener parte de razón. Pero los setenta mil, cien mil,
doscientos mil saharauis que vieron de un día para otro que eran ciudadanos
españoles y que de pronto dejaban de serlo y se convertían en súbditos
marroquíes de segunda categoría, reclaman con todos los argumentos a su favor
un lugar en el mundo independiente y soberano. Y los canarios hemos de defender
esos derechos sin medias tintas. Agosto también nos sirve para reflexionar al
respecto.