Novelar la Historia
José A. Infante Burgos
En todas las
recomposiciones de la historia antigua de los pueblos y para antes de los
primeros documentos testimoniales incuestionables, se utiliza la argamasa de la
lógica de los hechos y sucesos demostrados científicamente. Claro, ahí es donde
se establece una pugna entre lo que para unos lo son y para otros no lo son. En
cualquier caso, en el de los antiguos pobladores hay muchas verdades ya
demostradas:
Los habitantes de
Canarias, antes de la conquista, poblaban las siete islas. Su cultura era
relativamente uniforme, a pesar del obligatorio aislacionismo de sus
territorios rodeados de mar. No se encuentra en ninguna de las siete islas
elementos tangenciales que puedan sugerir una sucesión de culturas o capas de
colonización diferenciadas. Su idioma era una variante o dialecto de las
lenguas amaziges que se hablan en toda la zona, en
pueblos pastores blancos que antes de la colonización árabe se anclaban en el
África Occidental. El emparentamiento de estas ramas,
llamadas líbico-bereberes, con el antiguo Egipto (antes del 3.000 antes de
Cristo), indican una extensión humana desde el Este en corrientes que seguro
cruzaron de alguna manera el Estrecho de Gibraltar, en tribus que fueron
después conocidas por iberas e incluso hacia Italia, unas docenas de milenios
antes de la era cristiana. Quizás ya en ese tiempo con una historia aún más
desconocida algunos grupos alcanzaron estas islas. Los guanches no navegaban
sistemáticamente; no hay ningún resto por minúsculo que fuera de posibilidades
de este tipo, y su cultura pastoril o de agricultura de supervivencia, sin
metales y basada en la piedra, no permite duda. Ocasionalmente entre Achinet-Gomera, Mahot-Titerogakaet? pudieron atreverse en gestas desconocidas.
Sólo cuando recalaban navíos del norte podían saltar con solvencia.
Está demostrado que
los fenicios, étnicamente semíticos -cuando los guanches de pómulos y fisonomía
más Cromagnon (para entendernos)-, a los que se atribuye una fecha de
antigüedad como tales de 1.200 años a.C., componían y
manejaban las tecnologías de la alta navegación desde mucho antes y
probablemente, según se desprende de testimonios faraónicos, ya canalizaban las
flotas de los pueblos levantinos. Llamados a sí mismos cana-ani,
fundaron Cartago en el siglo IX o VIII
y, como se ha demostrado, pulularon por Canarias desde, como mínimo, mil años
antes de Cristo.
Novelar un poco
tampoco es descabellado: En el verano del año 873 antes de Cristo, superando
los seis días de navegación desde Gades y tras sortear el Cabo de Juby, que en aquel tiempo se conocía entre los marinos por
el cabo del Fin del Mundo, las cinco naves fenicias echaron anclas en la bahía
de los vientos. Extenuados pero sin novedad, gracias a los dioses, habían
llegado sanos y salvos. En el viaje anterior de la nave de Sidón,
dirigida por su capitán Berdussor, habían pactado el
trueque de veinte medidas de oro atesorado por los jefes de las tribus
empujadas por el calor a los límites del desierto y un cargamento de grano,
ovejas y cabras que venderían a la vuelta en Gades, Malaca y Cartago portando
en este trabajo a los dos hijos y familias del Mencey Ihairommi
y a cada uno de ellos a una de las grandes islas que los cana-ani habían explorado y descrito, conduciendo también con
anterioridad a otros grupos de una tribu del norte según relatos de los abuelos
vivos del clan. El trato incluía la permanencia de Berdussor
en el refugio, y la hospitalidad de los nativos del litoral africano era conocida
y épica. Cuando se produjera el regreso de los dos hombres de confianza de sus
hijos, narrando el feliz desembarco, se cerraría la otra mitad del trato.
La nave de Berdussor y su tripulación, ahondando en los lazos de
amistad y con alguna consecuencia amorosa, permanecería varada entre veinte y
treinta soles con los oportunos reconocimientos que hasta el regreso emprendían
en viaje las restantes cuatro embarcaciones. En formación de a cuatro, con
centena y media de pasajeros más ganado, emprendieron la ruta decidiendo
separarse adelantadas las dos primeras líneas de tierra en el horizonte. En
parejas los navíos surcaron las olas hasta detenerse en las imponentes
catedrales de vegetación que se abrían ante sus ojos. Uno de los tripulantes
había desembarcado anteriormente en el lugar dictaminando que en las costas del
norte era imposible el acercamiento y que había aún que rodear algo el litoral
hacia el sur.