Las nuevas cadenas

 

Juan Jesús Ayala

 

La esclavitud, a pesar de lo que se diga, no ha desaparecido, y que el grande se come al chico tampoco queda como una historia pasada ni en mera anécdota. Las cadenas siempre han funcionado como símbolo de la opresión, de la ignominia y de la bajeza más lacerante que el mundo mal llamado civilizado ha propiciado.

La esclavitud ha seguido su camino, y no por sí misma, sino guiada por los que han comerciado desde siempre con el hombre como materia de trueque del más despreciable de los negocios y como recambio de la más execrable manera de sepultar a la dignidad humana.

El runruneo de las cadenas sigue sonando en el diapasón de la historia de la Humanidad y ya ni siquiera se diferencia la esclavitud moderna de la tradicional. No son la raza ni la indigencia y la pobreza sus fuentes de abastecimiento. La esclavitud afecta a países que permanecen engrilletados a los barrotes de cárceles ambulantes que para salir de ellas no es posible ni poniendo precio a su vida.

Los que mandan y obligan exigen silencio. Que las voces enmudezcan y que sólo sea el eco de su quejido lo que quede dentro de sí.

No toleran, desde una modernidad virtual, que se sepa que a su alrededor y propiciados por ellos mismos se diga que son favorecedores de la esclavitud.

Pero por más que se vistan con los mejores ropajes de la tolerancia y de la democracia acarrean el tufillo del desprecio por el otro. Continúan instalados en la prepotencia y en la inmediatez sin pensar más allá de sus narices. Les importa un pimiento que se pase página.

No sólo en Dinamarca se sigue oliendo a cuerno quemado. Allí y más allá lo tienen todo perfectamente sujeto con las cadenas del desahucio y de la inoperatividad para dejar en la cuneta de la historia a los de siempre.

Se propicia, y de manera descarada, que la esclavitud siga implantada en el planeta, puesto que las medidas que se toman para resarcir, para romper las cadenas, son tan simplonas y tan endebles que sólo funcionan como el mejor pretexto para que las cosas continúen igual. Se intenta lavar la cara para que, desde lejos, a los que dominan y manejan en el planeta se les considere como benefactores, aunque sea de la nada. Porque ellos van por un lado y el resto por otro, por donde los sitúen, y allí permanecen eternamente esclavizados, sujetos con las cadenas de la opresión y de la sumisión.

Se hace difícil, sobre todo desde la lejanía, precisar cuestiones que ayuden a romper las cadenas, que inciten a la reflexión, porque no se deja de comprender que las voces se pierden en el marasmo de la indiferencia o tal vez desde la relajación de la chanza, pero, cuando se observan las posturas y mensajes de siempre, la verdad es que cansa, como si se transitara por la ignorancia, como si no estuviera perfectamente claro que están instalados en el pretexto como norma de trabajo y como único punto de la discusión.

Las palmaditas en la espalda, las palabras teñidas de hipocresía que se vierten en aras a decir que sí, que efectivamente se comprende la situación, que se está en la ultramodernidad, que ya hace tiempo que se abolió la esclavitud, que el mundo moderno en nada se asemeja al medieval, es un puro camelo. Eso hay que dejarlo atrás. Son palabras huecas carentes de sentido y, dichas desde la confusión, deben secuestrarse del lenguaje porque suenan a pura tomadura de pelo.

Son discursos manidos, romos, que demuestran la bajeza del ser humano, que, amparado en el poder, se cree por encima de cualquiera y puede decir lo que le venga en gana, como si el resto fuera tonto.

Las cadenas siguen y no son virtuales. No es un espejismo. Es la realidad. La pura realidad que nos dice que todo lo que se ha hecho por abolir la esclavitud ha sido un mero disfraz, un guiño cara a la galería. Muchos pueblos continúan sometidos de diferentes maneras y formas a otros, y aunque se les diga que son libres continúan engrilletados al desprecio y a la sumisión. Las nuevas cadenas son las de siempre, quizás con algún eslabón más que el tiempo histórico ha ido añadiendo.