Los nuevos revolucionarios

 

Elsa López

 

María me escribe para comunicarme el triunfo de los que luchan para salvar el Puerto de Granadilla de los saqueadores de la tierra. Me pide perdón por ser una plasta y volver sobre el tema. Y yo le escribo y le digo que no, que ella no es una plasta, que me gusta que sea así de fuerte y valiente, que las cosas se deben defender cuando se cree en ellas y de cómo yo, otra plasta algo más antigua, siempre hablo y me repito al explicar cómo la juventud se está preparando para una nueva revolución que quizá no se parezca a las que hasta ahora se calificaron con ese término; que estas de ahora tienen mucho que ver con la creación de un nuevo mundo y la defensa de los peligros que acechan al que tan despreocupadamente habitamos.

 

"Ustedes son los que van a luchar por salvar la tierra y sus criaturas, sean humanas o de cualquier otra especie. Ustedes serán los que vengan a promulgar nuevas leyes contra los depredadores". Le escribo. Y así lo creo. La revolución que empieza a tomar forma lleva los nombres de esos luchadores que protestan ante una legislación perversa que pretende hacer desaparecer especies protegidas o en peligro de extinción con tal de favorecer los intereses comerciales de unos pocos. Con camisetas verdes, con antorchas en la oscuridad del mar, con pequeños frascos de cristal recogiendo animalillos que huyen asustados de los incendios y las cacerías, con batas de laboratorio, con títulos de biólogos marinos o terrestres, con categoría de inspectores que vigilan lo que comemos para impedir que muramos por culpa de las plagas, los insecticidas y demás añadidos venenosos que aumentan la producción y disminuyen nuestras vidas, ellos serán los nuevos abanderados de una batalla que está empezando a fraguarse.

 

Ellos serán los que, poco a poco, se irán extendiendo sobre la tierra como una pequeña balsa de aceite. Ellos serán la nueva generación de legisladores y mandatarios que harán de nuestro planeta un lugar diferente donde primarán los deseos de una buena tierra para ser labrada y poder alimentarnos a todos por igual; de unas buenas aguas que aplaquen la sed de todos; de unas buenas semillas para alimentarnos sin necesidad de pesticidas o productos de laboratorio que nos pervierten la sangre y nos revientan el corazón. Ellos nos liberarán de plagas y pesticidas, de alimentos transgénicos y de empresas que aumentan sus capitales a fuerza de contaminar los cultivos y los seres que de ellos se alimentan. Ellos vendrán sin ánimo de lucro y sí el de supervivencia; sin ambiciones innecesarias y sin deseos de explotar a los demás seres vivientes. Y esa será la mejor de las revoluciones.

 

 

Publicado en el periódico ‘La Opinión de Tenerife’ 24-08-2010