Odio
a Chávez: motor de la oposición
José
Vicente Rangel
Quizá lo que mejor caracteriza a un sector
de la oposición -por no decir que a toda- es un sentimiento de odio, espeso,
fétido, contra Chávez y el chavismo. Odio irrefrenable
que salta a cada instante como un resorte y contamina el ambiente político. Ha
habido intentos por analizar lo que ocurre. Trabajos de investigadores serios
que asumen el tema con preocupación y tratan de ubicar su origen.
La explicación, lo reconozco, no es fácil. Todo cuanto se refiere al tema es
polémico. Pero creo que vale la pena decir algo a las puertas de un nuevo
evento electoral, cuando los ánimos se tensan al máximo y el fenómeno del odio
aflora con la intensidad de un huracán.
El origen. Lo que ocurre tiene que ver con el desplazamiento del poder, del
control sobre el Estado, de una clase política y económica, insensible y voraz,
que lo ejercía con absoluta impunidad. Ésta no es una respuesta de manual. Hay
que pasearse por los factores que controlaron el poder en el país, por la
relación entre dirigentes políticos y económicos. Me refiero a las cuatro
décadas de
Los estímulos. Desde 1999 existe una tenaz y agresiva resistencia del bloque políticoeconómico que perdió el control del país a los
cambios que comenzaron a darse en materia social, económica, política e
institucional. Los grupos económicos que perdieron su acceso al poder y los políticos
que fueron relegados, decretaron la guerra a muerte a quienes asumieron la
conducción nacional. Esa conducción se identifica con el liderazgo de Hugo
Chávez y contra él, por tanto, se vuelca el odio visceral de aquellos que
dejaron de ser protagonistas. De quienes se acostumbraron a ejercer el mando a
plenitud y lo perdieron. Algo imperdonable en política. Los que fueron
desalojados de las posiciones de dominio que ejercían nunca han asimilado,
democráticamente, el cambio operado. En vez de aceptar la nueva realidad e
insertarse en ella -respetando la nueva institucionalidad-, con el fin de
constituirse en alternativa, pretenden subvertirla de variadas maneras. En
algunos casos lo lograron a medias, hostigando y generando daño a la economía;
y, en otros, materializando su propósito durante el 11A, el sabotaje de la industria petrolera e incontables acciones terroristas.
La pérdida de la racionalidad. La reacción de la oposición al proceso
bolivariano está plagada de irracionalidad.
De absurdas actitudes, como el empleo de recursos que nunca antes se utilizaron
en el país, por ejemplo, recurrir descaradamente a la ayuda extranjera.
O bien mediante la utilización de innobles argumentos para combatir al
adversario, con lo cual la oposición perdió calidad democrática. Incluso los
partidos delegaron la conducción en factores sin data cívica. En poderes
fácticos que son la negación de las aspiraciones populares, como es el caso de
algunos medios de comunicación y de grupos económicos monopólicos.
El odio como inspiración. Es por eso que la oposición no está en capacidad de
actuar de manera distinta, es decir, con arreglo al estado de derecho.
Todo cuanto hace -o deja de hacer- está fatalmente guiado por el odio. Odio
consistente en rechazar a priori a una persona, a Chávez. A quien aparentemente
se le odia por la sin razón de su origen social, su color, su verbo y sus
planteamientos. Mas en el fondo no es por eso: es porque les arrebató el poder
limpiamente, con las reglas de juego que ellos mismos crearon. Se le odia
ciegamente, sin ideología, sin principios ni proyecto de país. Sólo porque
necesitan de ese odio para sobrevivir a la desolación en que se debaten. Así
Chávez no los haya despojado de nada; no los haya silenciado, y ahora se puedan
expresar con más libertad; no los haya reprimido ni coartado sus derechos, como
sucedía en el pasado. Definitivamente Chávez representa algo que ellos no
tragan, sin importarles para nada que millones lo sigan. La polarización, de la
que tanto se habla, no es otra cosa que la obsesiva raya de odio trazada frente
a una persona, más que ante una política o una revolución.
Es el desahogo desesperado de quienes se sienten perdidos y se refugian en ese
turbio sentimiento que busca la muerte física o política del ser odiado,
equivalente para ellos a la resurrección.
El signo. Bajo este oprobioso signo del odio, los venezolanos votaremos el
próximo 15 de febrero. A eso se reduce, para muchos opositores, el ejercicio
del sufragio en el referendo, cuando en verdad se trata de un acto de elevada
calidad cívica. Para ellos es otra oportunidad de materializar el desprecio
hacia un ser humano. O bien, como viene ocurriendo en estos días precedentes al
evento del
Ya se verá quiénes se impondrán: si aquellos que apuestan a la racionalidad o
los que apuestan al odio.
Así de sencillo.