La otra historia de la independencia
Julián
Isaías Rodríguez Díaz *
Permítanme comenzar por el término "América Latina".
Estamos conscientes que al llamarla de esta manera estamos cayendo, una vez más,
en una forma eurocentrista de designar nuestro continente y que, al nombrarlo de
esta manera, dejamos fuera de él nuestra gran población originaria y el amplio
contingente africano que forma parte de nuestra nacionalidad.
La
independencia de nuestra América aborigen aún está incompleta. No se ha
sellado completamente. De esta independencia, de la cual este año se conmemoran
dos siglos, se ha escrito mucho, bajo enfoques e interpretaciones diversas. La
historia de esta independencia ha sido distorsionada por quienes nos colonizaron
y por quienes aún pretenden seguir colonizándonos.
Debo
empezar por afirmar, en primer lugar, que la visión de nuestros pueblos
originarios en nada se identifica con ninguna de las lecturas de la historia
oficial y, en segundo lugar, que a esa vieja historia contada y escrita por los
colonizadores le falta los capítulos que hoy están escribiendo los pueblos
americanos y los procesos sociales de nuestro continente.
Nuestra
primera manifestación de independencia no fue la del 19 de abril de 1810; esa
primera manifestación de independencia fue la resistencia de nuestros aborígenes
a la idea de "progreso" traída por Europa, durante y después de la
conquista. Esa idea de "progreso" destruyó no sólo seres humanos,
sino tierra y agua; clima y bosques. La barbarie contra nuestros aborígenes
produjo uno de los más grandes holocaustos de la era moderna.
Algunos
ubican el contacto de España con nosotros como "un encuentro de dos
culturas". ¡Qué encuentro de dos culturas! Ese encuentro no es otra cosa
que el genocidio más grande cometido por España; la destrucción de alguna de
las civilizaciones milenarias más importantes del mundo y uno de los saqueos más
aberrantes y despiadados de toda la historia de la Humanidad.
En
la historia oficial, "la resistencia" de nuestros aborígenes fue
borrada totalmente. La conquista y la colonización fueron para Europa actos pacíficos,
donde supuestamente se respetaron todos los derechos humanos y presuntamente fue
aceptada pacíficamente.
Es
imprescindible hacer notar esta resistencia porque es de innegable utilidad para
entender los actuales procesos sociales que se desarrollan en Bolivia, Ecuador,
Venezuela y Cuba, para referirnos sólo a cuatro países. Esos procesos no son más
que la continuación de la resistencia aborigen por otros medios y en otro
tiempo.
Las
revoluciones americanas tienen hoy como propósito rescatar esa parte de la
historia silenciada. En este sentido, la idea es ir más allá de la
independencia política, que se logró contra España durante el siglo XVII.
Contemos
la historia real
Europa
competía por encontrar las vías más expeditas para llegar al Asia. Así
encontró, primero, a África y, luego, a América. Para Europa, América era un
continente desconocido, un planeta desconocido, que estaba más allá de donde
el mundo se acaba.
En
ese planeta desconocido encontraron oro, plata, estaño y toda clase de
minerales. Encontraron tierras fértiles y vírgenes que decidieron cultivar.
Para ello buscaron mano de obra barata, muy barata, esclava.
Inicialmente,
utilizaron a los indígenas americanos como esclavos pero éstos huyeron. Por lo
demás, esta población fue diezmada por las enfermedades traídas por los
europeos. Luego del fracaso con los aborígenes, recurrieron a europeos
procedentes de las clases más bajas, trabajadores y campesinos, con quienes
celebraron contratos de servidumbre. También, estos esclavos blancos huyeron y
se rebelaron contra los conquistadores. Finalmente los españoles y los
portugueses trajeron a los africanos.
Como
pueden ver, no fueron los africanos los primeros esclavos. La historia oficial
miente o no relata con objetividad los hechos. En efecto, no hay una verdadera
correlación entre "esclavitud" y "negritud". El término
esclavo viene de «eslavo", de las primeras poblaciones blancas que,
durante los siglos VI y VII, fueron reducidas por los mismos europeos.
En
todo caso, fue de esta manera como se implantó en América un régimen feudal
que no encajó ni en la historia, ni en la realidad americana. Mucho menos aún
con este lastre vergonzoso de la esclavitud.
Es
ese feudalismo, y su clase dominante, una de las causas, tal vez la principal,
para explicar el actual atraso social y económico de América. En efecto, los
intereses de esa clase feudal dominante sobrevivió a nuestros procesos de
independencia y continuó ejerciendo sus privilegios, no sabemos hasta cuándo.
Es
de esa clase y de los que con ella, nacional e internacionalmente, han
concertado, de la que ahora nos estamos liberando en la América aborigen.
Los
colonizadores venían de una época plagada de contradicciones donde el
feudalismo se batía a duelo con el comercio internacional, especialmente con la
apertura de ese mismo comercio.
Lo
más grave, sin embargo, es que este duelo se daba en una sociedad que no quería
desarticularse de las relaciones de servidumbre; el feudalismo se defendía de
un mercantilismo que lo arrinconaba.
El
llamado "descubrimiento de las Indias Occidentales" fue la salvación
de esos restos de feudalismo que quedaban en Europa. La mejor apuesta para
tratar de evitar que desapareciera, como modo de producción, fue este
"descubrimiento", que pasó a ser el santo grial de esa atrasada
sociedad española de aquel momento. América vino a cumplir entonces esa misión,
mejor dicho, una doble misión. Sirvió a la idea de progreso mercantil
pre-capitalista y, al mismo tiempo, a punta de espadas y de cruz, sirvió para
impedir que las relaciones de servidumbre desaparecieran totalmente de la
historia de Europa.
Esto
no lo cuenta la historia oficial
Mientras
tanto, ¿qué sucedía en la América aborigen? Tres grandes civilizaciones habían
construido un mosaico de naciones avanzadas con otra idea de progreso y de
civilización. Algunas de sus ciudades eran más grandes y más espectaculares
que las europeas. Los aztecas, los mayas y los incas, su manera de vivir y su sólida
organización ciudadana, mostraban a la Europa invasora notables adelantos de
justicia social, de justa política y de justicia económica.
El
común denominador de estas tres civilizaciones era una sociedad equitativa,
donde se podía diferenciar el "vivir bien" de esto que ahora se
conoce como "vivir mejor". La pureza de sus tradiciones y su vida,
arraigadamente comunitaria, no les llevaba a competir individualmente.
Para
nuestros aborígenes "vivir bien" era actuar en comunidad y, en
consecuencia, vivir con lo que se cree, vivir con lo que se siente; vivir en
armonía con la naturaleza y ser recíprocos con ella.
Esta
filosofía se contrapone al way of life capitalista de "vivir mejor".
"Vivir mejor" es una concepción lineal del "progreso
capitalista" que transcurre entre la producción y la acumulación
ilimitada de riquezas, obligándonos todo el tiempo a competir; a tener más, a
compararnos unos con los otros, a tratar de ser mejores que nuestro prójimo y a
colocarnos en una constante situación de tener que pasar eternamente por encima
de los demás seres humanos, sin ética de ninguna clase.
Los
primeros europeos que arribaron a América vieron maravillados esa sociedad y
observaron el reparto equitativo de las tierras. Precisamente por ello y por no
ajustarse ese reparto a la cultura europea de la explotación, decidieron
desmantelarla. Los españoles y los portugueses impusieron sus relaciones de
producción con la tierra y trataron de reproducirla, encajarla en nuestro
continente.
De
allí que la estructura feudal europea fundamentara el despojo de las tierras de
nuestros aborígenes, primero de hecho y luego con una bula de la Iglesia, en la
cual participó directamente el propio Papa. Así de fácil lograron transferir
jurídicamente las tierras aborígenes al Rey de España.
El
argumento: el nuevo continente había sido descubierto y no pertenecía a nadie.
Casi podrían haber dicho que se encontraron América en una calle. Nuestra
civilización aborigen, para ellos, no existió nunca y nuestras ideas de
progreso debían someterse, por obra y gracia de la dominación, al "otro
progreso", al de los supuestamente civilizados.
El
continente "descubierto" fue considerado "tierra de nadie",
lo cual significaba que las poblaciones indígenas carecían de derecho a la
tierra y a la autodeterminación.
Los
fundamentos de esta actitud se encontraban en los sistemas de valores elaborados
durante la Edad Media, en relación con la raza y la religión. La Europa
cristiana representaba no sólo un área religiosa sino un ámbito cultural. La
palabra cristianismo representaba, más que una religión, una cultura, una
filosofía que por lo demás adquirió su mayor rigor en España.
Las
poblaciones indígenas americanas fueron equiparadas a los turcos porque podían
llegar a comprometer la cultura de signo cristiano. La conquista fue, en
consecuencia, una guerra de culturas; una guerra en la que la victoria
significaba el aniquilamiento del contrario o al menos su sumisión
incondicional de "sometidos sin derecho", lo que obligaba al
continente conquistado a transformarse forzosamente en una mala copia de Europa,
sin elementos culturales propios.
Consumado
el despojo, el rey pasa a ser el único que concede derechos sobre la tierra.
Pero no sólo sobre la tierra, sino sobre todo lo que existiera sobre ella:
bestias, bosques, ciudades, culturas, arte, belleza, naturaleza y, por supuesto,
los seres humanos que se encontraran encima de ella. La propiedad pasó a ser
una gracia, una merced del rey.
Fue
así como aparecieron las encomiendas, las reducciones y las mitas. ¿Era en
verdad esto el feudalismo europeo o un engendro de pataleo feudal con prácticas
esclavistas, que incursionó en los inicios de un naciente y primitivo
capitalismo?
Reprimidos
y casi liquidados, nuestros aborígenes se refugiaron en sus comunidades y, en
silencio, elaboraron "su extraordinaria cultura de resistencia". Es
allí donde aparecen, entre otros ingeniosos artilugios, el sincretismo y la
cultura mariana, destinados a ocultar artificiosamente en las iglesias su
derecho a la resistencia y a la rebelión. Es esa cultura de la resistencia la
que hizo a ratos que en muchas oportunidades el criollo americano blanco o
mestizo, y hasta algunas élites continentales, no se sintieron totalmente españoles,
ni españoles ni portugueses.
Es
por ello que, hace doscientos años, para referirnos directamente al
Bicentenario, nuestros pueblos continentales se sublevaran contra el régimen
colonial y contra las metrópolis europeas, convertidas ya para este momento en
apéndices de un capitalismo incipiente y primitivo.
No
fue, sin embargo, esta decisión libertadora la solución a nuestras crisis políticas,
sociales y económicas, ni a nuestra crisis estructural. Es una independencia
extraña, que se presenta como "la victoria del progreso", pero
entendido éste como el progreso al estilo europeo.
En
efecto, no fue una independencia para liquidar el régimen feudal y la
esclavitud, ni para introducir unas nuevas relaciones de producción en el
campo, ni para construir una revolución industrial. No, no fue esto lo que
arrojó nuestra emancipación. Todavía más, los inmensos grupos humanos de América
tampoco fueron los grandes beneficiarios del proceso independentista.
Sus
luchas, sus muertes, sus combates no los hicieron beneficiarios de la gesta
emancipadora. Los grandes beneficiarios de la liberación de España y Portugal
fueron las élites orgánicamente vinculadas a la visión eurocéntrica. En
otras palabras, salimos de "guatemala" para entrar en
"guatepeor".
Por
lo demás, nuestros libertadores, en su gran mayoría, se habían formado en
Europa, bebieron en la Ilustración y no en el Popol-Vuh. De la matriz ideológica
de ese orden no totalmente americano brotaron las imitaciones y las limitaciones
de esa emancipación política de la cual ahora conmemoramos doscientos años.
Encontramos
hechos como estos:
a)
El Estado Nacional conquistado fue esencialmente europeo e inacabado.
b)
El modelo dominador impuesto representó más a las oligarquías que a las
clases populares.
c)
No se resolvieron con la independencia las contradicciones existentes entre la
idea americana de "progreso" y la idea de progreso eurocéntrico.
d)
Quedó intacta la cultura de resistencia.
e)
La emancipación satisfizo pocas reivindicaciones populares y colocó muchos
privilegios en las élites criollas.
f)
Quedaron sin tocar las prácticas "nacionalistas" que tanto daño le
han hecho a la integración de América, planteada ésta última inicialmente
por Miranda y por Bolívar.
g)
La concepción racista europea no desapareció y no se tomaron en cuenta ni el
mestizaje ni la pluriculturalidad.
Por
todas estas caracterizaciones, aunque los historiadores no se hagan estas
preguntas, quienes no lo somos y actuamos sólo como simples actores de un
tiempo establecido para construir los espacios para una sociedad alternativa,
nos formulamos interrogantes como ésta: ¿qué hubiera sucedido si la
independencia hubiera seguido su propia lógica cultural, natural, americana?
Es
más, actualizando el proceso de nuestras reflexiones bien pudiéramos
preguntarnos en este instante: ¿qué pasaría si al fin nos permiten
desarrollar nuestro propio modelo de sociedad, con sus errores y sus aciertos
con su originalidad? Con el "inventamos o erramos" de Simón Rodríguez.
Sin golpes de Estado, sin campañas desestabilizadoras, sin guerras de cuarta
generación, sin el acoso imperialista o proimperialista ¿Qué pasaría? ¿Qué
creen ustedes que podría pasar?
¿Qué
pudiera ocurrir si nos dejan desahogar la resistencia de nuestros aborígenes
-esa que está allí desde hace quinientos años- con su trayectoria vital,
confrontando los sometimientos, el racismo y el imperialismo?
¿No
creen ustedes que al fin podría brotar con medio siglo de retraso la auténtica
América Nuestra de la que hablara Martí? ¿Es que no podemos construir nuestro
propio socialismo? ¿Es que estamos condenados a un capitalismo al que, aún
estando en crisis, le sobra neoliberalismo para devolvernos a la época
colonial? ¿Es que pretenden condenarnos a la manipulación perpetua sin tener
nunca derecho a la libertad y a la soberanía?
Pero,
esa es otra historia. No puedo concluir esta exposición sin decirles, en nombre
de lo americano, que estamos dispuestos -con el consentimiento o no del
imperialismo- a construir nuestro proyecto social solidario, complementario,
justo, equitativo, sin excluidos, en paz, con libertad y con soberanía. No
vamos a pedir permiso esta vez. Lo vamos a construir? Y ya empezamos.
Para
continuar con estos pasos haremos de nuestros Estados la patria de todas
nuestras culturas. Le daremos asiento a la pluriculturalidad o crearemos una
nueva cultura. La historia oficial, la historia tradicional de América, pasó
por alto los antecedentes "no blancos" de nuestros estallidos
revolucionarios y su profundo y trascendente significado cultural, ¡ya basta!
La
independencia, vista por nuestros aborígenes, no consistió en la mera expulsión
del conquistador. Querían y aún quieren defender la visión del mundo que los
creó. Querían y aún quieren dilucidar no sólo los conflictos de hoy, sino
también aquellos que tenían antes de la llegada de los españoles, agravados
ahora por la bendita cruz y la maldita espada del imperialismo.
*
Embajador de Venezuela en España
Discurso
sobre el Bicentenario de la independencia de Venezuela pronunciado por el
embajador en España, Isaías Rodríguez, en la Feria de Turismo, Arte y Cultura
de América Latina y Europa, EUROAL, celebrada el 4 de junio en Torremolinos (Málaga).
Publicado
en el periódico El Día, de fecha 20-06-2010