Un país de rehenes

 

Juan Manuel García Ramos

 

Con respecto a la crisis que todos tratamos de sortear, yo no veo sino estupefacción generalizada. Una gran decepción porque las cosas empiezan a no parecerse a lo que conocíamos antes. Hay que pensar en otras direcciones. Los sistemas de pensamiento y de acción política han quedado en entredicho y todo el mundo se pregunta de dónde vendrán los nuevos modelos ideológicos para frenar el desbarajuste en el que nos ha metido la fontanería financiera en un primer capítulo de esta historia truculenta que se nos ha venido encima

 

El columnismo semanal es una terapia para todos aquellos que lo practican lejos de las ajetreadas redacciones del día a día periodístico. Pero siempre queda la duda sobre los virtuales lectores que esas reflexiones llegan a merecer. Cuando los tiempos se vuelven extraños, como es el caso de este principio de 2009, uno se esfuerza por compartir con esos lectores las incertidumbres correspondientes, uno intenta gestionar lo mejor posible las palabras para que éstas no se queden en la pura verbalidad y adquieran todo el peso de los argumentos a defender.


Podemos pasar del mayor de los pesimismos lanzado en un libro reciente por el centenario antropólogo Claude Lévi-Strauss: "Estoy firmemente convencido de que la vida no tiene ningún sentido... Nada tiene ningún sentido", a albergar la mayor de las esperanzas y no acobardarnos ante lo que sucede a nuestro alrededor.


Pero lo que sucede, sucede, y es imposible alejar la vista de algunas cifras terribles: los doscientos mil parados canarios y los tres millones de parados españoles. Cuando decimos que España se está convirtiendo en un país de rehenes, lo hacemos pensando en que estos momentos críticos están convirtiendo al Estado en la tabla de salvación a la que todos quieren aferrarse: no sólo los desempleados que dependen de sus limitadas prestaciones, también los funcionarios, los prejubilados, los pensionistas, los dependientes, los jóvenes que aspiran a su primer empleo y se acogen al calor de los escalafones de la burocracia pública, los empresarios que reclaman subvenciones para seguir adelante, los banqueros, con sus impagados. La gama no parece tener fin, pero todo el dinero para paliar la precariedad procede del mismo saco, de la misma tesorería.


Los miembros del Partido Revolucionario Institucional mexicano, que retuvo el poder exclusivo en ese país centroamericano desde 1929 hasta 1997, pusieron de moda una consigna: "Vivir fuera del presupuesto [nacional, añadimos nosotros] es vivir en el error". En ese México emergente, todo el mundo quería el calorcito de las cuentas públicas y sentirse lejos de ellas equivalía a ser un don nadie, un ninguneado; fuera en la profesión que fuera. No obstante, esa consigna priísta tenía una vuelta de tuerca todavía más irónica y rufianesca. La invocaba Cantinflas en su película Sube y baja (1958): "Nunca pidas que te den, mejor que te pongan donde agarres".


Hasta hace muy poco tiempo, todos pensábamos que el mercado era capaz de regular por sí solo el sistema económico en el que nos movíamos, y ahora ese sistema ha saltado hecho pedazos hasta límites que todavía no avistamos de verdad.


Yo no quiero dudar de las intenciones bondadosas del presidente Rodríguez Zapatero a la hora de garantizar la subida de las pensiones, los subsidios de desempleo, los apoyos a la banca, a las pequeñas y medianas empresas, a sectores de población desprotegidos socialmente. Pero uno llega a preguntarse de dónde saldrán los recursos económicos para ese inmenso padrinazgo, cuándo ese Estado entrará en quiebra y se verá incapacitado para hacer frente a sus obligaciones contraídas con tantos ciudadanos.


A nuestro alrededor vemos a los jóvenes, que han pasado de una situación laboral precaria a un mercado laboral inexistente; a las personas, las familias, las empresas, los gobiernos, preguntándose de dónde pueden ahorrar; a los patrones en la urgencia de deshacerse de sus mejores colaboradores, de hombres y mujeres que los han acompañado a lo largo de los años en su lucha por sacar adelante sus empresas; a muchos trabajadores nativos, desplazados de sus puestos por inmigrantes que hacen las mismas labores por salarios más bajos, echándole la culpa a esos "otros", cuando la culpa, si la hay, es de un sistema que nada ha previsto a la hora de llamar gente de fuera sin capacidad de integrarla de verdad y con la dignidad que merece todo ser humano.

 

Estamos en un momento en el que nos falta inspiración política y nos sobra desconcierto paralizante, que es el mal que aqueja a Rodríguez Zapatero, por no salirme del Estado al que pertenecemos, aunque igual estupefacción padecen gobiernos tan poderosos como el de Estados Unidos o Alemania.


En cada situación que se nos presenta, ya sea un problema o hasta una victoria, siempre hay más de una perspectiva a la hora de enfrentarla. Y la manera de encarar esa situación puede ayudarnos a resolverla o a destruir nuestras fuerzas.


Con respecto a la crisis que todos tratamos de sortear, yo no veo sino estupefacción generalizada. Una gran decepción porque las cosas empiezan a no parecerse a lo que conocíamos antes. Hay que pensar en otras direcciones. Los sistemas de pensamiento y de acción política han quedado en entredicho y todo el mundo se pregunta de dónde vendrán los nuevos modelos ideológicos para frenar el desbarajuste en el que nos ha metido la fontanería financiera en un primer capítulo de esta historia truculenta que se nos ha venido encima.


Los seres humanos necesitan sentirse útiles dentro de sus sociedades; ese estímulo laboral los anima a seguir adelante con sus vidas y a fortalecer su coraje. ¿Qué pasa cuando los expulsamos del mercado laboral y les fijamos un subsidio de desempleo con plazo de caducidad?


¿Qué pasa cuando cualquiera de esos ciudadanos en tal situación acude a la sagrada Constitución y lee el sacrosanto artículo 35.1: "Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo"... y bla, bla, bla.


La nueva realidad está exigiendo un rápido cambio de legalidad. Si el mercado no regula ni genera alternativas, alguien ha de tomar ese relevo, porque las recomendaciones de los Estados tradicionales pasan por indicaciones a sus ciudadanías cada vez más contradictorias: hay que trabajar más y ahorrar más, dicen algunos; hay que consumir más, dicen otros. ¿Cuál es la receta?, nos preguntamos todos.


Ante la desorientación generalizada la gente acude a los presupuestos generales para no vivir en el error. Todos nos convertimos en rehenes de un Estado que está en el más puro k.o. técnico. Yo no sé cómo otras generaciones anteriores han vivido traspiés económicos como el actual, pero a medida que se agigantan las dificultades uno se ve colonizado por todos los temores que ese comportamiento anárquico del aparato económico infunde en la mayoría de la población. Una población cautiva de los favores otorgados por su Estado es una población amorfa, sin rumbo. De ella poco se puede esperar.


Ya nos habían advertido sobre los peligros de la anarquía financiera en una economía globalizada donde la velocidad y la magnitud de los capitales movilizados instantáneamente de país a país, a través de teclados digitales anónimos, escapaban a toda posibilidad de control de los gobiernos y de los bancos centrales más poderosos.


Nos habían advertido: ya lo estamos sufriendo con toda su crudeza. Hasta nuestra libertad creativa se ha vuelto un rehén de todo este escenario.